¿Quién es nuestro Craso?

Frontispicio de una miniatura del Bellum Catilinae de Bartolomeo San Vito. Bernardo Bembo (1471-1484) conservado en la Biblioteca Vaticana. Roma.

Frontispicio de una miniatura del Bellum Catilinae de Bartolomeo San Vito. Bernardo Bembo (1471-1484) conservado en la Biblioteca Vaticana. Roma.

     Decía Pemán en su Meditación Española que el poder no reside nunca en el que lo tiene de nombre, sino en el que “puede” de veras. Sentimos el poder pero no sabemos con exactitud quién lo ejerce. Nuestro oído no es capaz de distinguir en la ingente masa del orfeón humano quién manda, de dónde sale la voz de tenor. Lo que cabe sin duda afirmar es el siguiente principio: que generalmente no manda el que parece que manda. Así, todos vimos hace ya casi dos meses que cuando Pedro Sánchez estuvo a punto de hacer con gozo y alegría un gobierno de coalición con la extrema izquierda, los que de veras mandan lo impidieron de forma tajante, contra la inclinación harto notoria del que aparentemente gobierna. Y Sánchez, sin auctoritas ni vera potentia, tuvo que renunciar a sus más vivos deseos volviendo abruptamente grupas en total desorden táctico y con total descortesía hacia Podemos, cuyo líder pudo mantener y salvar en el último momento la dignidad de la organización comunista. Los desconocidos que mandan pusieron firmes y recortaron las alas a los conocidos que gobiernan. Y es que la meditación de Pemán es casi un principio histórico que funciona en todas las épocas.

    Hoy sabemos que la Conjuración de Catilina fue una conspiración urdida desde atrás por el incorregible intrigante Marco Licinio Craso, el hombre más rico de Roma, que como acreedor de miles de deudores, entre ellos el propio César y las grandes familias de la República, tenía una corruptora influencia casi infinita en la sociedad romana, y sus inmensas riquezas le ofrecían posibilidades ilimitadas para que en los medios directivos contase con gente totalmente adicta a su persona, como César. Compró a parte del Senado para que el malvado y criminal Pisón fuera nombrado propretor en España, asesinado al poco tiempo por los propios españoles a causa de su brutalidad, aunque había quienes atribuían su muerte a una emboscada tendida por los hombres de Pompeyo, el único protector sincero de la Constitución y del régimen republicano. Y es que en los momentos de crisis política y corrupción sistémica, el propio régimen tiende a autoprotegerse con medidas extremas que nadie honesto quiere investigar. En el año 65 a. C. el acusador Publio Clodio se dejó sobornar también por el oro de Craso y facilitó así la absolución del múltiple asesino Lucio Sergio Catilina, que además de haber asesinado a un hermano, a un cuñado, a un hijo, y de haber violado a una vestal, también había cometido desmanes sin cuento en su gobierno de África. Craso quería convertir a este malhechor sin ningún escrúpulo en su marioneta, como al propio César, en sus vastos planes de poder personal absoluto y plutocrático en Roma. Lo malo es que la locura catilinaria escapó de su control como un alocado verso suelto, y tuvo que abandonarlo a su merecida suerte, por haberse pasado de frenada, como hubiese sido abandonado por el Poder Verdadero Pedro Sánchez de no haber desistido de su propósito de gobierno de coalición con Podemos.

     Tras los sangrientos motines anticatólicos de Gordon, en el célebre “Miércoles Negro”, ¿por qué no se decapitó a Lord Gordon de acuerdo a la propuesta de Burke y el discurso de Fox, asegurando que la sola existencia de un individuo como Gordon constituía una desgracia para su familia y para el país? ¿Qué poder estaba detrás de la vida de Gordon para impedir que fuera decapitado, de acuerdo a las leyes de Inglaterra, como antes lo habían sido Lord Kilmarnock y Lord Balmerino? Quizás el poder auténtico pensó que ya era suficiente con no haber cedido ante el populacho anticatólico, mantener los derechos otorgados en el bill de Burke a los ciudadanos católicos, pero que no convenía provocar a la plebe con la decapitación del líder popular.

    ¿Quién era el verdadero poder que orquestó y permitió el Golpe fallido del 23 de Febrero? Ya todo el mundo lo sabe, aunque preferimos ser discretos. Casi siempre la Historia oficial, sobre todo si es contemporánea – que es la única historia – deja en la sombra el nombre del verdadero poder. Y esto tampoco quiere decir necesariamente que el verdadero poder actúe mal por el hecho mismo de actuar en la sombra, en el secreto. En absoluto. En muchas ocasiones históricas ha impuesto el triunfo del sentido común y ha supuesto la salvación a la postre de todos. Y en otras muchas los intereses económicos de las familias dominantes. Siempre ha sido muy corriente que el que parece que manda no mande en absoluto. Así, un Presidente de Gobierno es el hombre que escribe al cabo del día veinte cartas diciendo: “He sentido mucho no haber podido complacerle a usted en su deseo de…” ¿Qué poder es ése que confiesa veinte veces al día que “no ha podido”? Por muy importante que sea la amable jerigonza de la buena educación oficial, tantas veces decir “no he podido” tiene que significar algo más allá de la mentira piadosa y el estilo administrativo. En ello se esconde una verdad sin duda.

    El verdadero poder no siempre es el mismo, obviamente, y se mueve y cambia y actualiza en función de las modificaciones que en él se producen en los camerinos siempre de la Historia. Así, ese diario omnipotente, con más poder que el B.O.E. en cuanto que ha sostenido la intención ideológica de las leyes, que se convirtió en la mismísima piedra angular del régimen iniciado por el Rey Juan Carlos I, ahora se equivoca monstruosamente afirmando la muerte del Rey fundador con una redacción previamente preparada, como todas las alabanzas fúnebres. Ya todos sabemos muy bien qué decía Freud sobre los errores como deseos incumplidos…Y es que el verdadero poder hodierno ya no coincide exactamente con el hesterno. Y es que ese diario ya no es vocero del poder real.  

La muerte de Craso, una lección contra la avaricia.

La muerte de Craso, una lección contra la avaricia.

    ¿Quién es, en fin, el nuevo Craso que, muy alarmado, advierte al nuevo y codicioso Catilina que si pacta con el rapaz independentismo y los millonarios antisistema lo abandonará y lo dejará solo para que se lo coman los leones? La verdad es que ya lo sabemos. Mientras, la gente del pueblo dice: “Éste tonto no puede ser porque está en La Moncloa”. En el momento en que se rompan los hilos de dinero que sostienen y mueven a la marioneta nos parecerá a todos lo que realmente es. Y quizás entonces haga su entrada un nuevo Cicerón, también movido por otros hilos desde el choragium, con los poderes de un senatus consultum ultimum. Esto no significa para nada que el nuevo Catilina no tenga responsabilidad de sus actos. Al contrario, la responsabilidad personal es el precio que tiene que pagar el mediocre por el papel estelar que le han asignado en el gran teatro de la política.