EL NUEVO INTERNET EUROPEO (III)

"La torre de Babel" (1563) Pieter Brueghel el Viejo (1525-1569) Renacentista. Museo de Historia del Arte de Viena.

"La torre de Babel" (1563) Pieter Brueghel el Viejo (1525-1569) Renacentista. Museo de Historia del Arte de Viena.

El título IV de la Directiva aprobada recientemente por el Parlamento europeo sobre “derechos de autor en el mercado único digital” se titula “MEDIDAS PARA GARANTIZAR EL CORRECTO FUNCIONAMIENTO DEL MERCADO DE DERECHOS DE AUTOR”, algo que a quien les escribe le hace pensar… ¿correcto funcionamiento para quién? ¡Y aún más! Que el legislador se refiera abiertamente a un “mercado de derechos de autor” habla bien a las claras acerca de la naturaleza de lo legislado. Por ese motivo, y para evitar eufemismos innecesarios, por “mercado de derechos de autor” quizá deberíamos entender “mercado de activos”, y ya de paso, substituyamos “derechos de autor” por “derechos a cobro”. Y es que negar la realidad que nos señalan los hechos no es más que una ingenuidad “peterpanesca” que nos aleja de la verdad, por dura y áspera que esta sea.

La parte más polémica de esta controvertida Directiva se encuentra, precisamente, en el mencionado Título IV, donde podemos leer los artículos 11 y 13, que son el auténtico Caballo de Troya donde se encuentra lo más sustancial del texto. En el artículo 11, titulado “Protección de las publicaciones de prensa en lo relativo a los usos digitales”, se otorga a los editores el derecho de autorizar o prohibir la agregación o indexación de los contenidos. El artículo 13, que es la parte más polémica de la Directiva, se titula “Uso de contenidos protegidos por parte de proveedores de servicios de la sociedad de la información que almacenen y faciliten acceso a grandes cantidades de obras y otras prestaciones cargadas por sus usuarios”; en él se establece la vigilancia de “contenidos protegidos” por parte de las plataformas, requiriéndoles monitorizar lo que los usuarios suben a sus servidores.

Los proveedores de servicios de la sociedad de la información que almacenen y faciliten acceso público a grandes cantidades de obras u otras prestaciones cargadas por sus usuarios adoptarán, en cooperación con los titulares de derechos, las medidas pertinentes para asegurar el correcto funcionamiento de los acuerdos celebrados con los titulares de derechos para el uso de sus obras u otras prestaciones o para impedir que estén disponibles en sus servicios obras u otras prestaciones identificadas por los titulares de los derechos en cooperación con los proveedores de servicios. Esas medidas, como el uso de técnicas efectivas de reconocimiento de contenidos, serán adecuadas y proporcionadas. Los proveedores de servicios proporcionarán a los titulares de derechos información adecuada sobre el funcionamiento y el despliegue de las medidas, así como, en su caso, información adecuada sobre el reconocimiento y uso de las obras y otras prestaciones.”

art. 13.1, título IV, capítulo 2

Quienes defienden estas medidas, lo hacen argumentando que con ellas se homologa, en cierta medida, el mundo “virtual” con el mundo “real”, y que gracias a ellas, el territorio “incorpóreo” de los megabytes se hace un poco más “terrenal”. Los críticos con estas medidas creen que se trata de un auténtico disparate el pretender equiparar el mundo online con el offline, y que quienes las defienden, en el fondo, no comprenden la verdadera naturaleza de la red, a la que pretenden imponer por ley -y de un modo artificial- las mismas limitaciones que tiene el mundo analógico.

Se acusan mutuamente de interpretar de forma errónea lo dispuesto en el texto, argumentando que lo que figura en él no es lo que los otros “dicen que dice”. Se tildan de “agoreros” a quienes afirman, de un modo “tendencioso”, que “internet se va a acabar tal y como lo conocemos”… ya que “internet se acabó hace muchos años tal y como lo conocíamos”. Y se recuerda que la última Directiva europea sobre Propiedad Intelectual era de 2001 ¡hace ya 18 años! lo que en el mundo actual es mucho tiempo, por lo que era lógica una actualización de la normativa. Sin embargo, y en vista del revuelo causado, parece que esta Directiva no ha dejado contento a nadie, y ha provocado una alarma que muchos consideramos justificada.

Con respecto a los “filtros de subida” o “censura previa”, hay quien dice, como es el caso de Borja Adsuara (borja.adsuara.es), que “la Directiva no habla en ningún lugar de 'filtros de subida' obligatorios y automáticos sobre todos los contenidos y mucho menos, de 'censura previa'”. Sin embargo, la obligación de hacer uso de técnicas efectivas de reconocimiento de contenidos para revisar, monitorear o “poner bajo control” los contenidos subidos a la red por los usuarios implica, necesariamente, el uso indiscriminado de sistemas automatizados que harán una criba sin contemplaciones.

En consecuencia, consultores como Borja Adsuara opinan que no es verdad que la Directiva quiera limitar la libertad de expresión, ya que “sólo habla de 'inhabilitar el acceso' o 'retirar' contenidos concretos, que han sido notificados por los titulares de los derechos y sobre los que éstos han aportado la información necesaria para identificarlos”. Sin embargo, letrados como Sánchez Almeida (www.bufetealmeida.com) consideran la Directiva como “un agravio comparativo en favor de los titulares de derechos de autor”. 

Quizá el más crítico con esta Directiva ha sido Enrique Dans (www.enriquedans.com), quien afirma en su blog que “la directiva en cuestión es una desgracia absoluta que atenta, o mejor, pretende atentar, contra la misma naturaleza de la red, imponiendo conceptos tan absolutamente marcianos para ella como los filtros de subida de contenidos o el pago por enlaces”. Además, reconoce que todo esto no es más que una lucha entre dos lobbys (el de medios/contenidos vs gigantes de internet) alimentada por “unos eurodiputados tan primarios e idiotas como para creer que, de alguna manera, están protegiendo a la industria europea frente a la estadounidense”. Y en consecuencia, auguraba un triste futuro debido a que la Directiva no es más que un “monstruo” que generará “veintiocho (o veintisiete) hijos, a cada cual más absurdo, y todos ellos destinados al ridículo y al fracaso”.

Como se puede deducir de lo visto hasta ahora, la Directiva aprobada el pasado mes de marzo de 2019 por el Parlamento europeo sobre “derechos de autor en el mercado único digital” no ha dejado indiferente a nadie, y parece haber arrojado más sombras que luces a un problema que viene de lejos. Esta es, ni más ni menos, que la aparente incompatibilidad entre los “derechos de autor” o “copyright” (que son una construcción jurídica) y los modelos de comportamiento de los consumidores en el ámbito digital en las modernas sociedades de la información.