EL NUEVO INTERNET EUROPEO (IV): FIN DE LA CITA

Luis Gordillo (1934) El Corazón y sus periferias de 2006.Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid en 2004.

Luis Gordillo (1934) El Corazón y sus periferias de 2006.Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid en 2004.

Recientemente, un conocido partido político era víctima de una serie de denuncias por supuestas infracciones relacionadas con la Propiedad Intelectual, y como consecuencia de ellas, la plataforma YouTube le cerraba su canal. El escándalo que se formó fue significativo, debido a la importancia que para este partido tiene el mencionado canal, siendo éste una de las herramientas fundamentales de su política de comunicación pública. Con respecto a este hecho, me gustaría hacer dos breves reflexiones: en primer lugar, alertar sobre el excesivo grado de dependencia que, como sociedad, estamos adquiriendo con respecto a las redes sociales, que pueden volverse contra nosotros en cualquier momento sin que podamos contrarrestar el poder de influencia que tienen sobre la opinión pública. En segundo lugar, y más relacionado con el contenido de esta serie de artículos, alertar también sobre la peligrosa deriva que los Derechos de Autor han ido adquiriendo, con el paso del tiempo, llegando a convertirse en un arma arrojadiza, como hemos podido ver en este caso.

Sin embargo, uno de los motivos por los que el contencioso entre YouTube y Vox tuvo especial repercusión mediática fue el de estar muy presente la reciente aprobación de la polémica Directiva europea sobre “derechos de autor en el mercado único digital”, que en el plazo de dos años debería haber sido implantada (nunca mejor dicho) en las respectivas legislaciones nacionales. Este extremo fue admitido por diversos comunicadores que se han hecho eco de este caso, aunque por lo general, sin entrar en el fondo de la cuestión, que es el de la Propiedad Intelectual como “excusa” o “argumento” para intervenir, y por lo tanto, limitar en cierta medida nuestro libre uso de internet.

En los anteriores artículos de esta serie se ha intentado arrojar luz sobre esta cuestión, tratando no sólo el modo torticero en que se justificaba la citada Directiva sino también la forma rocambolesca en la que ésta era aprobada. Esto sucedía en un proceso en el que un nutrido número de eurodiputados confesaron públicamente haber votado -por error- lo contrario de lo que querían, debido a cambios de última hora en el orden de las votaciones… unos cambios que al parecer no fueron debidamente explicados. Como consecuencia de estas irregularidades, se cerraron las puertas a la admisión de enmiendas, lo que impedía la retirada del texto de sus artículos más polémicos, antes de la aprobación. Por ese motivo, la votación final del proceso en la que se aprobaba –o no- la Directiva se convirtió en un “órdago a la mayor”… o dicho de otro modo, un “trágala” a “todo o nada”.

Ante unas irregularidades de este tipo, quizá usted se esté preguntando acerca de la validez de unas votaciones en estos términos y que, a lo mejor, lo más sensato hubiera sido repetirla, esta vez con todas las garantías democráticas y sin cambios de última hora. Pues sepa el lector que esto no es posible ya que según el reglamento de la UE “los eurodiputados pueden emitir correcciones a su voto en caso de errores, pero eso no cambia el resultado”. Y ya puestos, ¿por qué no dudar acerca de la credibilidad de la versión que nos habla de un error en las votaciones? ¿De verdad los eurodiputados son tan torpes que no saben ni apretar un botón… o se trata simplemente de una pantomima que lo único que pretende es esconder a la opinión pública una versión mucho más cruda de la realidad? 

 

En la serie de cuatro artículos que terminamos con el presente, se han tratado sus puntos más polémicos, aquellos en los que no quedan claras las intenciones del legislador, debido a un lenguaje ambiguo que muchas veces conduce a interpretaciones contradictorias. Son inquietantes la aparición, por primera vez en un texto legal, de expresiones que amparan (aunque no obligan literalmente) el uso de “técnicas efectivas de reconocimiento de contenidos”, que no es más que un eufemismo (uno más) que hace referencia a sistemas automatizados de control de contenidos. ¿Acaso controlando los contenidos de la red no nos están controlando, de un modo indirecto pero eficaz, a los ciudadanos?

Las consecuencias de todo esto son difícilmente predecibles, ya que ahora tenemos que esperar a que la Directiva cristalice en la legislación nacional, que podría suavizar –o no- el texto. En todo caso, parece evidente que la idea de proteger por ley “toda creación del intelecto humano”, ahora más que nunca, debería ser revisada en torno a unos criterios actuales. Parece también claro que el marco en el que conceptos como “obra artística”, fundamentados en un soporte físico, han quedado sobrepasados en el mundo tecnológico de la era digital.

Y parece obvio también que la idea romántica de autor/creador, que lucha en solitario en una batalla titánica en contra de un entorno hostil, sin dar concesiones al medio… unos artistas vistos como una suma de individualidades que luchan simplemente por existir… unos artistas cuya mayor exigencia es la de ser fieles a sí mismos y a sus propios impulsos creadores, fuente de toda originalidad… unos artista al servicio de un arte cuya misión es la redención, es decir, rescatar al ser humano de la fealdad del mundo moderno… Todas estas ideas, que son inherentes a la consolidación de la voz autoral, son mantenidas, de un modo interesado, y consideradas como si fueran vigentes (a pesar de su incongruencia con el mundo actual) porque sobre ellas se fundamenta una construcción jurídica. Y sobre esta construcción jurídica se sostiene una industria cultural, que no es otra cosa más que la extensión del poder hegemónico para proyectarse hacia los demás (y de paso perpetuarse), imponiendo urbi et orbe su supremacía cultural.