UNA BELLEZA REGIONALISTA

El Baile de la Boda. (1903) Ricardo Segundo García. Madrid.

El Baile de la Boda. (1903) Ricardo Segundo García. Madrid.

La Diputación de Zamora acaba de adquirir el cuadro El Baile de la Boda, la cuarta y última réplica del mismo cuadro del gran pintor madrileño Ricardo Segundo García, y con este motivo se ha hecho la exposición “El Baile de la Boda”, en la Sala de Exposiciones de la Encarnación de la Diputación de Zamora. Esta exposición tiene como Comisaria a Beatriz Sánchez  Valdelvira, que ha hecho sin duda un grande y concienzudo trabajo para divulgar la obra de este egregio pintor, y sabe transmitir la atmósfera de regionalismo pictórico en que vivió la vanguardia a la que perteneció Ricardo Segundo.

     Pertenece este gran artista a la Generación del 27 y, por tanto, forma parte de los jóvenes intelectuales que recorrían para su inspiración y curiosidad indesmayable todos los pueblos más hondos de la España más profunda y racial. Y fue Sejas, en Aliste, el pueblo que atrapó por completo y para siempre el corazón del joven pintor madrileño. El arte auténtico siempre ha sido tan inocente como la naturaleza de una aldea arcádica. El Baile de la Boda, cuadro con cinco réplicas, será la obra cumbre de Ricardo Segundo, o como mínimo, la más emblemática de su pintura, la que mejor le define su intención estética como uno de los mejores pintores costumbristas españoles junto a Ignacio Zuloaga, del que fue gran amigo.

    Sejas y Margarita Pertejo, su amor vitalicio, fueron las dos grandes fuentes de su inspiración de magno artista. La España honda y vital, y su mujer fueron las dos musas de su entera producción. Sejas y Margarita, los dos amores de Ricardo Segundo. Se ha podido decir con mucha pertinencia que la mitad de nuestras normas estéticas procede de nuestros primeros tutores y la otra mitad, de nuestros amores.

    El regionalismo es, sin duda, uno de los más grandes apartados de la gran pintura española del siglo XX. De hecho, todos los grandes pintores españoles de este siglo han hecho regionalismo. Penagos, Gregorio Prieto, Alex Alemany, Tomás Alfaro Fournier, Fernando Álvarez de Sotomayor, Bejamín Palencia, Joaquín Sorolla, Antonio López, Antoni Tapies, Ramón Casas, Santiago Rusiñol, Fernando Briones, Rafael Botí, Eduardo Santoja, Joaquín Valverde, Timoteo Pérez Rubio, Julio Romero de Torres, Eduardo Naranjo o Maruja Mallo se sintieron atraídos por los lugares más inéditos de la España honda, por hacer espeleología social en las entrañas más ignotas de la patria. Hasta el propio Picasso encontró la paz en paisajes regionalistas después de la Gran Guerra. El regionalismo trajo la paz a los espíritus después de la Primera Guerra Mundial. Tras las vanguardias de certero profetismo, írritas Casandras, que vaticinaron el horror de la Gran Guerra, la pintura de paisaje regionalista calmó durante unos años la fiebre belicosa de Europa. Y en España este regionalismo artístico renovó el amor a la patria, dando a conocer su entraña desde la verdad del arte, y no desde la arqueología folclórica. Y aquí está el quid de la pintura de Ricardo Segundo. Quien la interpreta como una colección de meras imágenes documentalistas, que guardan una indumentaria arqueológica, unas atávicas reliquias de instrumentos musicales, un costumbrismo étnico y culinario, un sentimentalismo historicista, unas imágenes etnográficas de las laborales agrícolas, se equivocará de medio a medio. La mentira del arte verdadero conllevará la suprema verdad del hombre en el tiempo. Los cuadros de Ricardo Segundo no son fósiles arqueológicos, sino pedazos de verdad concebidos desde la razón del arte y un oficio señero. La veracidad del arte no se relaciona con la virtud moral, sino con las virtualidades del pensamiento reflexivo o intuitivo para expresar verdades que la naturaleza y el mundo social ocultan. El arte debe ser indiscreto.

    El krausismo y la IIª República indagaron – y se enamoraron de – sobre la España más profunda, sobre las comarcas más desconocidas y olvidadas, pero que, quizás por eso, eran los mayores custodios del alma nacional, en cuanto que veneros puros del espíritu del pueblo y de los sustratos más radicales de nuestra cultura. Sejas se encuentra en el corazón de Aliste, entre Alcañices, capital de la comarca, y la frontera portuguesa, la más antigua y la más larga de Europa. Topamos con Sejas en un hondo valle situado a la derecha de la carretera nacional que va a Braganza, como la Arcadia del Peloponeso alistano, una eclosión de verdor festoneada por cientos de robles, pues el roble es el árbol de Aliste por antonomasia. Es un pueblo en donde la cría del ganado vacuno para carne supone su principal actividad económica. Desgraciadamente la fácil rentabilidad ha hecho que penetren otras especies de vacas, ajenas a la tradición vacuna de Sejas, que tenía a la pequeña vaca mirandesa, de cabeza bellísima, como la imagen atávica. Además posee huertas preciosas que producen todo tipo de verduras y legumbres. Todos los lugares en Sejas son loci amoenissimi. Sus habitantes tienen casi todos los ojos azules, inmensamente azules, heráldicos, como los de mi hijo Martín; no son altos y sus mujeres tienen todas una sonrisa deliciosa, de sabor telúrico. Sólo los pueblos civilizados por la madre Roma saben sonreír; los demás carcajean bárbaramente. Con razón una pequeña película documental de la época, en la que colaboró el propio Ricardo Segundo, hecha para “Estampas de España”, llamaba a Sejas “arsenal para los artistas”. Sejas era ya entonces un barco varado fuera de la historia, y por ello estaba aún marcada por una idiosincrasia estética, que los etnógrafos la destripan como entomólogos sin entenderla, y los verdaderos artistas, como Ricardo Segundo, más penetrante que la Escuela de Cerámica, la inmortalizan en su verdad viva.

    Nos encontramos ante un gran lienzo con más de una veintena de figuras humanas meticulosamente representadas. Bailarines, niños, músicos, paisanos de distinta edad, todos con preciosos y multicolores vestidos de fiestas – hoy llamados con el marchamo académico de “regionales”- , llenos de buen gusto y belleza. La belleza y el buen gusto como acrisolada herencia de una tradición de siglos, de decenas de generaciones de sensibilidad sutil y respetuosa. Ya Diderot hablaba del buen gusto como el largo proceso de un refinamiento de tiempo histórico. La falsa y zafia originalidad ordinaria de modernidad rompió la transmisión de la belleza, y con ella el buen gusto, enemigo siempre de la propaganda que fabrica el horrísono gusto social. El arte de lo bello abre avenidas al conocimiento sentimental del mundo y del alma. Básicamente podríamos descomponer este cuadro en cuatro triángulos casi equiláteros que convergen en un centro, que está entre el suelo amarillo de la era, no hollado por el baile, y una jarra de barro levantada de forma aleluyática por el novio. El triángulo de la izquierda, según miramos el cuadro, representa tres músicos que tocan un tambor, una gaita zamorana y una especie de pandereta grande o pandero, especie de tympanum romano. Los pies de las tres figuras están encastrados en una línea recta que se proyecta en perspectiva a un punto de fuga que se remata en la torre de una iglesia. En el triángulo de arriba con el vértice en la parte central del cuadro vislumbramos un baile popular de unas cinco parejas con un hombre que mira curioso, fajado como todos, y que sostiene un curioso instrumento o artefacto, como el báculo de un corifeo. El triángulo de abajo muestra sentada en un sencillo banco a la pareja de novios. La novia, ataviada con una preciosa gabacha, mira al novio, que está de espaldas a nosotros, con alegre arrobo. Sostiene en su mano izquierda una flor que parece aspirar, sólo vemos la parte de delante de su cabellera oscura, el resto la oculta un pañuelo anaranjado, a juego con lo poco que vemos de su falda. Casi percibimos el suave apresto de su camisa blanca con las mangas bordadas en azul, probablemente como sus ojos. El novio lleva camisa y chaleco. El chaleco del novio lleva una extraña estampación en la espalda, que casi nos hace pensar en las abstracciones de la mitología celta. Al lado de los novios hay una sencilla mesa con mantel y sobre ella dos fuentes con restos de comida. La fuente más visible nos recuerda a la cerámica de la Hiniesta. Hay en la escena alegría y paz, sosiego eutrapélico, la felicidad de un gran comienzo. Finalmente, el triángulo de la derecha contiene dos figuras de una pareja de personas mayores sentadas en sillas con brazos. ¿Padres de los novios? Diríase que se siente la falta de una madre y de un padre. La mujer seca las lágrimas con un pañuelo, lágrimas del recuerdo, y tiene un vestido precioso, la camisa es como la de la novia. El hombre la mira con tristeza, lleva un extraño gorro triangular, como el de los pastores de la antigua Roma, y que también llevan el tamborilero y el gaitero, y unas botas altas que llegan hasta la rodilla rematadas con lazos amarillos. A su derecha una niña le ofrece solícita comida de una fuente. A la izquierda de la mujer hay otra niña sentada en el suelo jugando con un perrito que mueve alegre su cola. Esta niña está impecablemente vestida, con capota morada en la cabeza y una gabacha de tela finísima, tipo Camariñas. Diríase que es la Bice Portinari del cuadro. El artista ha querido sin duda rodear a la pareja de personas mayores de la niñez y la adolescencia. El alfa y la omega del tiempo de los hombres. Detrás de este grupo hay otras figuras de personas de pie con fuentes de comida que ofrecen a los invitados también de pie. El cuadro termina a la derecha en la floresta. Y arriba del cuadro un cielo de Mantegna. Magnífico cuadro de un tiempo maravilloso en el que el hombre y su aldea expresaban los grandes momentos de la vida con un protocolo de belleza de siglos, un tiempo ya perdido en cuanto que hoy vivimos una vida social sin ideales colectivos.