EL ISLAM Y OCCIDENTE. Conclusión.

El martirio de los diez mil cristianos (1508) Alberto Durero (1471-1528) Museo de la Historia del Arte de Viena. Austria.

El martirio de los diez mil cristianos (1508) Alberto Durero (1471-1528) Museo de la Historia del Arte de Viena. Austria.

DERECHOS HUMANOS E ISLAM

El problema de la inmigración y VII

 

La Declaración de Derechos Humanos de 1948, ha sido ratificada por 195 países, y es el sustrato común de la civilización occidental, es la cristalización de una cultura milenaria, que considera como aberración todo aquello que vaya contra esa declaración.

 

Cuenta Herodoto que tras su coronación, Darío Rey de los persas “… habló a los griegos que estaban presentes y les preguntó por cuánto dinero aceptarían comerse los cadáveres de sus padres. Ellos respondieron que no lo harían por nada del mundo. A continuación, Darío hizo llamar a unos indios llamados Ca’atias que se comen a sus muertos . . .  y les preguntó por cuánto dinero aceptarían incinerar los cadáveres de sus padres. Estos, a gritos, le pidieron que no dijera cosas impías. Son costumbres establecidas y creo que Píndaro acertaba al decir que la costumbre reina sobre todos.” (Herodoto, Historia, Libro III).

 

La convivencia entre dos culturas que se asientan sobre principios incompatibles es sencillamente imposible.  Si un miembro de la tribu de los  Ca’atias se hubiera comido el cadáver de su padre en la Atenas del siglo V a. C. lo hubieran ejecutado sin contemplaciones, pues si algo era sagrado era el respeto a los muertos; la tierra donde descansaban sus cenizas era nada menos que la patria.

 

Del mismo modo un ateniense que incinerara piadosamente a su padre en la tierra de los Ca’atias, hubiera sido ejecutado en el acto por éstos. A ojos de éstos esa acción era tan repugnante, como lo era a ojos de los atenienses y los nuestros, que unos hijos se comieran el cadáver de sus padres.

 

Las costumbres son la fuente del Derecho, y  hay que diferenciar Derecho de legislación: El Derecho emana directamente del pueblo, de sus creencias y de sus costumbres, es decir de su ethos. La legislación es dictada por quien posee el poder sobre ese pueblo.

 

Las costumbres nos indican qué es lo que consideramos bueno, que es lo que se ajusta a nuestra moral. Moral es un concepto prestado del latín mos, moris, que designa costumbre, manera de vivir. Esas costumbres practicadas durante siglos forjan el carácter de un pueblo, su ethos. Éste término en Homero significa guariada, el refugio desde el que nos enfrentamos a la vida, nos sentimos guarecidos por quienes comparten nuestro modo de sentir, de pensar y de obrar. Para Aristóteles el ethos es el carácter que nos distingue de otros; forjado por la práctica de nuestras costumbres, de nuestro modo de vivir. Se llama carácter al hierro, con el que, al rojo vivo, se marca a los animales y deja en ellos un carácter indeleble. Este ethos, (término del que se deriva ética), el modo de vivir, el carácter de una comunidad humana es defendido mediante el Derecho, con el uso de la fuerza ejercida desde el poder. Ninguna comunidad humana permite un ataque a su ethos.

 

El ethos de occidente impide ejecutar a pedradas a una adúltera, o arrojar a un homosexual desde un minarete o ahorcarle por el hecho de serlo. El derecho que se desprende de ese ethos, tras un proceso con todas las garantías, arrojaría a los culpables de esos crímenes a la cárcel, por asesinos. Pero según el ethos musulmán, los ejecutores de adúlteras y homosexuales son piadosísimos y esforzados devotos del Profeta Mahoma.

 

¿Qué ocurre cuando una comunidad cultural desprecia los pilares mismos de la civilización en la que se asienta? Esto ocurre con las comunidades desplazadas a Europa de los 45 países musulmanes que se niegan a suscribir la Declaración Universal de Derechos Humanos, porque chocan frontalmente contra sus principios,  según hemos analizado en esta serie.

 

Es un tema que se ha estudiado desde hace miles de años.  En el segundo capítulo del libro octavo de la Política de Aristóteles podemos leer:

 

“          La diversidad de origen puede producir también revoluciones hasta tanto que la mezcla de las razas sea completa; porque el Estado no puede formarse con cualquier gente, como no puede formarse en una circunstancia cualquiera. Las más veces estos cambios políticos han sido consecuencia de haber dado el derecho de ciudadanía a los extranjeros domiciliados desde mucho tiempo atrás o a los recién llegados.

Los aqueos se unieron a los trezenos para fundar Síbaris; pero habiéndose hecho éstos más numerosos, arrojaron a los otros, crimen que más tarde los sibaritas debieron expiar. Y éstos no fueron, por lo demás, mejor tratados por sus compañeros de colonia en Turio, puesto que se les arrojó porque pretendieron apoderarse de la mejor parte del territorio, como si les hubiese pertenecido en propiedad.

 En Bizancio, los colonos recién llegados se conjuraron secretamente para oprimir a los ciudadanos, pero fueron descubiertos y batidos y se les obligó a retirarse.

 Los antiseos, después de haber recibido en su seno a los desterrados de Quíos, tuvieron que libertarse de ellos dándoles una batalla.

Los zancleos fueron expulsados de su propia ciudad por los samios, que ellos habían acogido. Apolonia del Ponto Euxino, tuvo que sufrir las consecuencias de una sedición, por haber concedido a colonos extranjeros el derecho de ciudad.

 En Siracusa, la discordia civil no paró hasta el combate, porque después de derrocar la tiranía, se habían convertido en ciudadanos los extranjeros y los soldados mercenarios.

 En Amfipolis, la hospitalidad dada a los colonos de Calcis fue fatal para la mayoría de los ciudadanos, que fueron expulsados de su territorio.”

 

Ethos contrapuestos

Ethos contrapuestos

Como muestra la historia, cuando dos pueblos conviven en un mismo territorio y bajo un mismo estado, con ethos tan contrapuestos, que unos mismos hechos, para uno constituyen delitos abominables y para el otro, piadosa devoción, solo hay dos salidas: O uno de los dos pueblos renuncia a su ethos y se adapta a las costumbres del otro, o el que tenga más fuerza, eliminará o expulsará a su competidor. No hay término intermedio.

 

Un pueblo que desprecie los derechos humanos, tal y como fueron formulados en 1948, en el seno de un territorio que los defiende a ultranza, está propiciando una lucha, de la que solo puede haber un vencedor: el más fuerte.

 

Pero ¿qué pueblo será el más fuerte dentro de 50 o 100 años en los territorios de Europa? ¿Los pueblos que defendieron los derechos humanos o los pueblos que se asentaron en ese territorio y los despreciaron?

 

Nuestros nietos y bisnietos tendrán muchas cosas que decir a los políticos de esta generación y a aquellos que les llevaron al poder. Es de prever que la naturaleza se habrá apiadado de nosotros y ya no estaremos aquí para escucharlos.