SEXO: Abuelos 9. Modernos 1. Fin del partido.

Eros

Eros

Una reciente estudio de “The Official Publication of the International Academy of Sex Research”  sobre el  comportamiento sexual, concluye que ha disminuido notablemente el número de relaciones sexuales.

Según ese estudio, la frecuencia de relaciones sexuales es nueve veces menor en la actualidad que a principios del siglo XX.

Curiosamente, la técnica aplicada a las relaciones sexuales ha facilitado los encuentros, mediante programas informáticos que son capaces de indicarte la distancia a la que se encuentra una posible pareja, su fotografía, sus preferencias y su predisposición a un encuentro de este tipo.  Así cazaban los borbones a los rebecos y no erraban el tiro.

A principios del siglo XX, las jornadas laborales eran más agotadoras, más largas, el número de hijos mayor, la posibilidad de encuentros sexuales extramaritales era muy remota,  la religión ocupaba un importante freno moral a la sexualidad. No obstante, por cada coito actual, había 9 entonces.

En Japón el gobierno paga el hotel a las parejas que quieren tener un encuentro sexual, porque están alarmados por la deriva asexual de la juventud. En Dinamarca existe una empresa que comercializa por mensajería un kit para las mujeres que quieren quedarse embarazadas sin la intervención humana. Las suecas, aquellas diosas rubias de los años 60, son sus principales clientes.

La pasión sexual, ha sido el arrebato más poderoso en todo el mundo animal, y naturalmente en género homo. El genio griego personificó esta pasión en Eros y Sófocles lo describió así:

“Eros, invencible en batallas, eros que te abalanzas sobre nuestros animales, que estás apostado en las delicadas mejillas de las doncellas. Frecuentas los caminos del mar y habitas en las agrestes moradas, y nadie, ni entre los inmortales ni entre los perecederos hombres, es capaz de rehuirte, y el que te posee, está fuera de ti.”  (Coro de Antígona).

Durante siglos hemos tenido que aprender a domeñar el pathos de la reproducción por respeto a la pareja y a nosotros mismos. Fue el caballo de batalla de la Iglesia, el pecado por antonomasia. Solo la Eva de la catedral de Autun se salvó de la censura erótica que trataba de evitar despertar a Eros. A los muchachos adolescentes que iban a confesar, hasta no hace mucho, no se les preguntaba cuál era su pecado, sino cuantas veces lo habían cometido.  La lucha contra la lujuria desde los confesionarios era encarnizada. El Sacramento de la Confesión era, ante todo, el altar dónde Eros campeaba victorioso, sin encontrar rival en el orden humano, ni en el divino.

Hay algo inquietante en estas noticias. El pathos del sexo es una herramienta de la naturaleza que sirve para conservera la especie. La peor noticia para el género homo, es que Natura le retiró esta pasión. La naturaleza lucha por el gen y desprecia al animal, al individuo, que ya ha procreado. Nuestra prolongada vejez es un accidente inesperado para la naturaleza. Pero si Natura ha decidido privar a nuestro género del pathos de la lujuria, es que nos ha condenado a muerte.

Cuando el impulso hacia la vida, hacia la procreación, se ve destruido, el impulso hacia nuestra destrucción resulta más fuerte y ésta no es una buena noticia para nuestros nietos.

No sabemos las causas de este fenómeno, pero hemos inventado muchas excusas además de la célebre jaqueca para explicarla: las series de tv, el trabajo, los niños… Como si la lujuria que tanto costó domeñar a S. Antonio y a todos los hombres que en el mundo han sido, contra la que no pudo ni el altar ni la picota, pudiera dominarse con un capítulo de “Aída”.

Como efecto secundario de éste fenómeno es que ya no es rentable el oficio más viejo del mundo, aquél que ha tratado a la mujer como objeto, como herramienta de lucro y que desde hace miles de años ha sido hipócritamente consentido a la vez que se denostaba a sus profesionales. 

Es curioso que Natura condene al gen de la humanidad al mismo tiempo que condena el oficio más antiguo de ella, como si el género homo solo pudiera prescindir de éste, para entonar su canto del cisne.  El oficio a quien cantó D. Jaime Sabines, y que dejo aquí como epitafio y homenaje a sus profesionales y a la bondad y a la belleza encarnada en este poeta, un ejemplar soberbio del género homo:

 “… No exiges ser amada, respetada, atendida, ni imitas a las esposas con los lloriqueos, las reconvenciones y los celos. No obligas a nadie a la despedida ni a la reconciliación; no chupas la sangre ni el tiempo; eres limpia de culpa; recibes en tu seno a los pecadores, escuchas las palabras y los sueños, sonríes y besas. Eres paciente, experta, atribulada, sabia, sin rencor.

 No engañas a nadie, eres honesta, íntegra, perfecta; anticipas tu precio, te enseñas; no discriminas a los viejos, a los criminales, a los tontos, a los de otro color; soportas las agresiones del orgullo, las asechanzas de los enfermos; alivias a los impotentes, estimulas a los tímidos, complaces a los hartos, encuentras la fórmula de los desencantados. Eres la confidente del borracho, el refugio del perseguido, el lecho del que no tiene reposo.

Has educado tu boca y tus manos, tus músculos y tu piel, tus vísceras y tu alma. Sabes vestir y desvestirte, acostarte, moverte. Eres precisa en el ritmo, exacta en el gemido, dócil a las maneras del amor”.  …

En el lugar en que oficias a la verdad y a la belleza de la vida, ya sea el burdel elegante, la casa discreta o el camastro de la pobreza, eres lo mismo que una lámpara y un vaso de agua y un pan.

Oh puta amiga, amante, amada, recodo de este día de siempre, te reconozco, te canonizo a un lado de los hipócritas y los perversos, te doy todo mi dinero, te corono con hojas de yerba y me dispongo a aprender de ti todo el tiempo.” 
(Fragmento de la obra “Canonicemos a las putas” de Jaime Sabines).

Eva de la catedral de Autum, reptando lascivamente, fue la representación de la mujer más erótica que ha existido desde el siglo V hasta el siglo XV. Fue esculpida hacia 1130.

Eva de la catedral de Autum, reptando lascivamente, fue la representación de la mujer más erótica que ha existido desde el siglo V hasta el siglo XV. Fue esculpida hacia 1130.