En defensa de la posverdad

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La Posverdad es “una mierda”

Según el Oxford English Dictionary, la posverdad (post-truth) hace referencia a la situación donde los hechos objetivos son menos determinantes que la apelación a la emoción o a las creencias personales en la estructuración de la opinión pública.

La Real Academia Española es más directa, valorativamente hablando: “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”; prácticamente dicha definición roza el enunciado de un tipo penal, intuyéndose elementos subjetivos del injusto. Menos de cinco años de existencia, y la Posverdad tiene más “mala reputación” que Georges Brassens.

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Podemos ver que la posverdad no ha sido muy bien recibida, no, pese al premio de “La palabra del año” que el Diccionario Oxford la concedió en el 2016 (negatividad en galardón parecida a cuando la revista TIME nombró persona del año a Khomeini en 1979). Son miles los libros, documentos, artículos… que alertan de los peligros de dicho acontecimiento relativista, nihilista,… poco menos que apocalíptico.

Y resulta confuso y cruel para la posverdad…, pues ésta viene a ofrecernos más de lo que creemos que se lleva, y nuevamente, matamos al “poseído por el demonio” que un diagnóstico científico apuntaría a una enfermedad mental, con su correspondiente tratamiento.

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Distinguimos varios planteamientos u oleadas sobre cómo entender la posverdad.

Unos la niegan por ser, simple y llanamente, una mentira “encubierta”, denunciando que se acuda al eufemismo “posverdad” para referirse a lo que siempre ha sido mentir, engañar. Así, Javier Gallego lo resumía perfectamente:

“No es nada nuevo, es lo que hacen constantemente la política, la propaganda, la publicidad y el mal llamado periodismo, apelar más a los sentimientos que a la verdad. Pero esto tenía ya un nombre: mentira y manipulación. Las campañas del Brexit y Donald Trump, basadas en falsedades, promesas incumplibles y llamadas al sentimiento patriótico, han servido a los expertos para describir esta época como ‘la era de la posverdad’. Se cae en lo que se denuncia. La palabra oculta la realidad tanto como quienes la pervierten”.

Otros, en contra del punto anterior, diferencian la posverdad de la mentira tradicional. Dirían que la mentira tradicional tiene en alta consideración a la verdad donde premian cualidades persuasivas, interpretativas, útiles, económicas… en ocultar o esconder su base. En la posverdad la verdad no importa nada, importa el “yo constructo”, y se opta por un “todo vale” metodológico con la finalidad de conseguir unos fines concretos desleales. En este sentido de “posverdad”, podemos citar a Arcadi Espada.

La desmonopolización de la Verdad

La posverdad no nos ofrece una suerte de yugo y vendas a la comunicación verdadera; al contrario, nos las quita, y la desorientación que adolecemos ahora no es más que demasiada claridad tras demasiado tiempo a oscuras.

Siguiendo la Teoría de la Mentira (TdM), toda relación social tiene tendencia al conflicto, ello débase, entre otros aspectos, a unas características de la información social exiguas en objetividad, rigidez, armonía o uniformidad; mas al contrario, los conjuntos de datos con los que trabajamos en nuestro día a día se vuelven triviales, contradictorios, pues la información es subjetiva, tácita, dispersa… son prolijas en “enredarse” (término éste utilizado a conciencia de la “teoría del actor-red” de B. Latour), en dispersarse, lo que las hace perder consistencia y, finalmente, quedar sujetas a un constante ensayo de prueba/error para testar su validez empírica.

La unificación de la información social en un sentido dado, sólo puede responder como: a) fruto de un asociacionismo o puesta en común de opiniones no dirigido por ninguna instancia social “supra” (orden espontáneo o descentralización de información), o b) a una intencionalidad, a una voluntad que sí dirija el sentido general (centralización); un ejemplo de lo primero sería la idea del respeto a la vida de un menor, asentada evolutivamente por unas razones u otras; y un ejemplo de lo segundo sería v.gr. la idea de “muerte al contrario” que tan extendidamente empapeló los muros de España durante la Guerra Civil de 1936-39, dirigido por las máximas autoridades políticas de entonces. Es importante plantearse una genealogía de la comunicación, pues de esa manera será más fructífero comprender cuándo nos deshacemos de nuestra libertad.

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Según Baudrillard, autor francés que preconizó la antesala de la actualidad posmoderna, el mundo transitaba en un imaginario hiperrealista donde los ciudadanos parecieran no menos que telespectadores de un espectáculo colosal de adivinar verdades y mentiras en acontecimientos televisados (casi virtuales) para Occidente, como la Guerra del Golfo. También podemos vincular en esta línea a S. Herman y N. Chomsky, salvando las distancias, con su teoría de los cinco filtros comunicativos, dado que acreditaron el fuerte flujo de intereses existentes entre las instancias gubernamentales y económicas con los medios de comunicación e información, filtrando el contenido a emitir, las barreras que incorporar, y el sentido que ofrecer al consumidor.

Durante las décadas de los 80 y 90, la información se procesaba por televisión, libros, prensa y radio; el alcance a tales medios era remoto y costoso, requirente de una inversión importante en capital y tiempo para su producción, difusión o emisión. Mientras tanto, los ciudadanos se arremolinaban por facciones ideológicas según las ideas que les resultaren verdaderas, dado que el desarrollo tecnológico de la época les impedía a aquéllos aproximarse a un contacto casi original (a diferencia de como sucede prácticamente en nuestros días) con los acontecimientos, con la información, con los hechos. La centralización de la producción, difusión y emisión informativa trasladaba así una realidad social donde la verdad “parecía” más asible, o digamos, se “asumía” (Aufhebung, como diría Hegel) más verdadero por ofrecerse armónico, rectilíneo o compacto, pero sin ninguna antítesis con el rango jerárquico válido de contradecirla, desprendiendo así al espectador de “a pie” de la facultad de investigar o fiscalizar, trastornándole como sujeto pasivo. Baudrillard así expulsaba bilis contra la sociedad de consumo o los media pues nada “verdadero” daban, solo una construcción de la realidad centralizada, cuasi-tiránica. Lo más aproximado a la rebeldía era generar relatos contrafaccionales, esto es, una suerte de literatura experimental donde se jugaba con “hechos alternativos” de acontecimientos ciertos o probables: p.ej. ¿qué pasaría después de un apocalipsis nuclear?

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Y de repente, llegas tú… la romántica “posverdad”. Se rompen los límites comunicativos, informativos y filtros de cualquier tipo; se saluda a una nueva era de la información. La televisión deja de ser acaparadora de las horas diarias de la gente, y se descentraliza en internet; cae el porcentaje de visionado televisivo, mantenido aún en cifras razonables por generaciones desfasadas por su cultura y edad (pensemos en una persona de 70 años), y despreciada por las generaciones “tecnológicas”. Cualquiera puede transmitir información a toda parte del mundo que pueda recibirlo, dado que la gratuidad logística ha flexibilizado y, por consiguiente, descentralizado la producción, difusión y emisión, otrora cerrada y costosa. A colación, los viejos estudios de grabación y producción televisivos y radiofónicos se devalúan en practicidad, y cualquier persona con una visión empresarial “x” puede, desde su casa, una cámara, un micrófono y un ordenador, llegar a captar más cantidad de clientes objetivos en un día, que atrás en el tiempo muchos periódicos de tirada nacional.

Al romperse la rigidez o armonía inicial de la centralización informativa característica del siglo pasado, se produce una descentralización donde el protagonismo comunicativo pasa a todos y a cada uno de nosotros. Y no ya solo “todos y cada uno de nosotros”, también se incluye a personas que no existen, sujetos inventados, y con ello me refiero a las “cuentas anónimas” y bots.

Sucede así un acontecimiento único hasta la fecha: con un dirigismo informativo débil y confuso (en tiempos pasados garantes de la Verdad recta), la sociedad prefiere la “mentira” a la “verdad”, o prefiere una noticia “medio cierta” si acompaña a su sesgo de confirmación; en los primeros años de dicha descentralización (2000 en adelante) el consumidor medio de internet no contrasta, no acude a las fuentes de la información que circula por las redes sociales; ello tal vez por la rémora o deuda con el sistema de proporción de noticias centralizadas que antes eran dadas y masticadas. Los científicos Sinan Aral, Soroush Vosoughi y Deb Roy, en un estudio acerca de la velocidad de difusión de las fake news en Internet, concluían que éstas se difundían más rápidamente que la verdad, con un 70% de probabilidad de ser replicada, y más notorio resultaba con las noticias políticas falsas que para noticias falsas sobre terrorismo, desastres naturales, ciencia, leyendas urbanas…

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Anuncio de Help catalonia. Save Europe, 2017.

Mentira y Posverdad

Como se señaló introductoriamente aquí, el ser humano es mentiroso como condición dado que no sólo voluntariamente asesta engaños, sino que su sistema nervioso central parece ofrecer un proceso inconsciente de toma de decisiones constructivista; el ser humano construye su realidad social con los presupuestos empíricos que motivacionalmente dirigirán inconscientemente su acción, afirmando pautas base o “verdades subjetivas” que mantendrán la coherencia del todo, percibiendo la realidad social con un incansable intento de “cuadrar” lo sensorial con el mapa conceptual mental ya hecho (véase R.N. Shepard). Toda idea, así, si procede de un ente mentiroso, resultará en la construcción de un escenario alternativo de supervivencia, y en dicha sistemática se buscará consistencia de datos y no contradicción; si bien, una “consistencia de datos” lo suficientemente necesaria para operar “a ojo”, sin grandes esfuerzos intelectuales, y una “no contradicción” para no volver trivial o conflictivo el tránsito del sujeto por sus relaciones sociales.

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De este modo, si define al ser humano “mentir” (mentiri/mendacium dicere) existirán altas probabilidades de dirigir la información que capte hacia sus puntos subjetivos en acuerdo, y al mismo tiempo, cuando quiera emitirla. En un escenario de centralización social informativa (una cadena de tv) no hay capacidad de réplica para el espectador más allá de cambiar de canal y buscar aquel que se adapte a él; en estos casos, la oferta informativa es limitada y muy definida. En cambio, en un escenario de descentralización (internet) no sólo hay capacidad de réplica, también de creación y competencia por parte del espectador. Como ha señalado Keman Malik:

in the past, governments, mainstream institutions and newspapers manipulated news and information. Today, anyone with a Facebook account can do so. Instead of the carefully curated fake news of old, there is now an anarchic outflow of lies. Just as elite institutions have lost their grip over the electorate, so their ability to act as gatekeepers to news, defining what is and is not true, has also eroded” (trad. “en el pasado, los gobiernos, las principales instituciones y los periódicos manipularon las noticias y la información. Hoy, cualquiera que tenga una cuenta de Facebook puede hacerlo también. En lugar de las noticias falsas cuidadosamente tratadas de antaño, ahora hay una salida anárquica de mentiras. Así como las instituciones de élite han perdido su control sobre el electorado, también su capacidad de actuar como guardianes de las noticias, definiendo lo que es y lo que no es verdad, también se ha erosionado”).

Con tanta información operando, cualquier consumidor de aquella dispone de un alto nivel de falibilidad o error en la construcción de los hechos, si no empuña un método de contraste válido y exhaustivo. Aquello además cualifica más al error, pues ante tanta información aprehensible y libertad, el Efecto Dunning-Kruger cobra más protagonismo, provocando que gente con menos conocimiento sobre una materia en concreto, pueda sentirse con mayor “verdad” que un experto, si además se le suman “followers”, “likes”, o “retweets”.  Claro que la “verdad” en el plano social se relativiza, porque al ser humano sólo le ha interesado siempre “su verdad”; el hecho de que ahora lo observemos diariamente es simplemente una muestra de honestidad. De este modo, la mejor metáfora para definir a la posverdad lo encontramos acudiendo a la aplicación face2face desarrollada por la Universidad de Stanford y DeepFake, elaborada por un usuario de Reddit. Face2Face permite modificar los gestos de una persona grabada, permitiendo hacerle desde sacar la lengua hasta poder vocalizar frases descabelladas. En la imagen (abajo), se ha alterado el gesto del Expresidente de los EEUU George Bush dándole una media sonrisa que en el video real no se produce.

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Deepfake es más perversa si cabe. Posiciona un rostro en un cuerpo totalmente diferente. Ha sido bastante sonado en las redes sociales, dado que se pusieron rostros de actrices famosas de Hollywood en cuerpos de actrices pornográficas, manteniendo relaciones sexuales.

La posverdad está ofreciendo ni más ni menos que la más clarividente de las realidades paraconsistentes: la estructura de la comunicación es la mentira; se la rechaza por su intencionado ostracismo histórico-social como a una suerte de sombra jungiana que nos cuesta aceptar. Pero la posverdad ha abierto la puerta a lo que somos, y sólo queda aprender a cómo aceptarnos (free won’t o libre no hacer) para hacer de la tendencia al conflicto de las relaciones sociales una tendencia a la baja con estas características “mentirosas” que se han encontrado siempre monopolizadas en las instituciones de poder, centralizadoras.

La posverdad no es el problema, sólo una manifestación más de un proceso dinámico social que abrió Internet proporcionando libertad a la expresión de nuestra personalidad y descentralización de información. Una libertad que no consiste así en decidir qué se va a hacer, sino, desde la consciencia, vetar procesos inconscientes de resolución de problemas que Benjamin Libet argumentó tiempo atrás señalando la orden previa de éstos a aquellos.

La posverdad, así considero, solo requiere que los seres humanos tengamos aún que aprender a saber utilizar nuestras facultades cognitivas en un escenario donde la descentralización informativa y la libre expresión de nuestra facultad más humana, la mentira, pueden dar miedo a cualquiera. La posverdad nos invita a pensar, a analizar con ojos escépticos, de científicos, de duda razonada, todos los datos que nos rodean, porque, si podemos autoengañarnos aceptando una fake new (simple y llanamente porque nos da la razón) también podemos autoengañarnos aceptando el fake de una institución de poder, pero que, por tener ese argumento de autoridad, “asumimos” más verdadero.