Lucharemos en las playas

En el instante más oscuro de una Gran Bretaña amenazada por el nazismo y por un cobarde gobierno que sólo respondía con una política de apaciguamiento, Churchill puso en pie a la nación con este vibrante discurso:

“ Lucharemos en las playas, lucharemos en las pistas de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas, nunca nos rendiremos, e incluso si, cosa que por el momento no creo que suceda, esta isla o una parte de ella fuera subyugada y estuviera hambrienta, entonces nuestro Imperio  más allá de los mares, armado y protegido por la flota británica, cargaría con el peso de la resistencia, hasta que , cuando sea la voluntad de Dios, el Nuevo Mundo, con todo su poder y fuerza, avance al rescate y a la liberación del Viejo”.

Hoy, Cataluña está en manos de los totalitarios. Ocupan las instituciones y las calles, señalan e intentan expulsar de la vida pública al constitucionalismo. Y lo grave es que hemos llegado hasta aquí, por lo mismo que denunciaba Churchill: la política de apaciguamiento, las cesiones ante el enemigo.

Los gobiernos de España, desde la Transición han pactado con los nacionalistas, a cambio de su apoyo parlamentario, dejar en sus manos la educación, los medios de comunicación y las fuerzas de Seguridad.

Hoy, tenemos una escuela que hace de la lengua una herramienta de construcción nacional y de la historia un relato falseado, unos medios de comunicación regados de subvenciones al servicio del poder nacionalista y un aparato de fuerza, los Mozos de Escuadra, que con honrosas excepcione actúan al servicio de la causa nacionalista.

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Pero la responsabilidad no sólo recae sobre PP y PSOE, ni siquiera sobre los nacionalistas, que, en definitiva, tienen como objetivo construir su nación. En este drama, existe un cooperador necesario, el PSC; ese partido que se dice socialista y que ha colado de contrabando la cohesión nacional en el vehículo de la cohesión social. Una traición en toda regla a su electorado natural. Que un socialista se defina como nacionalista es, de entrada, un oxímoron.  Y se presta a recordarles que el socialismo de la mano del nacionalismo ha costado millones de muertos el pasado siglo. El PSC es un partido catalanista como lo es el PDeCat o Esquerra Republicana. Todos tienen ese común denominador.

Pero, detengámonos un momento en la definición del catalanismo: para la RAE es “Amor o apego a lo catalán”. Por el contrario, el Institut d´Estudis Catalans, habla de “Devoción a las características y a los intereses nacionales catalanes”. Y también, “Movimiento político que defiende el reconocimiento de la personalidad política de Cataluña o de los Países Catalanes”. Y ésta es la definición ajustada a la realidad catalana: el catalanismo es una ideología política que promueve la separación.

El catalanismo es el huevo de la serpiente que se disfraza y muta en nacionalismo, pasa luego al soberanismo y, acaba en secesionismo. Ahora, ha comenzado la operación “Salvemos el catalanismo” en referencia al presuntamente moderado; el llamado catalanismo cultural, que presentan como una supuesta acepción del término que no pretende alterar el orden político, pero reivindicando la lengua catalana.

No hay que caer en esa trampa; la lengua es el traje de camuflaje de la reivindicación nacional. Que nadie se llame a engaño, el catalanismo es, ante todo, nacionalismo catalán, que según en qué momento, y según le convenga, pondrá el acento en lo poético, en lo artístico, en lo arquitectónico o en la mecánica cuántica si fuera posible y le fuera útil. El catalanismo siempre lleva en su seno la discordia y la ruptura de la paz civil. Puede parecer tranquilo, pero es un espejismo. Se prepara y rearma para el resurgimiento político.

Tras el discurso de Churchill, preguntado Lord Halifax, a la sazón Ministro de Asuntos Exteriores, por la clamorosa victoria de las tesis del Primer Ministro, contestó:

“Ha movilizado la lengua inglesa y la ha enviado al campo de batalla”.

El catalanismo, ha movilizado su lengua y la ha enviado al campo de batalla. Los españoles debemos movilizar la lengua común y enviarla, también, al campo de batalla. Está en juego España.