Ídolos, que no líderes

“Leader” es un vocablo que, en la literatura francesa, se reseña por vez primera en 1822 de la mano de Chateubriand. Lógicamente hace referencia a la vida política inglesa y su acepción es la hoy comúnmente aceptada: el portavoz, la persona que encabeza uno de sus partidos políticos.

“Leader”, por tanto, cobra su pleno sentido con referencia a esa forma de organización política arraigada desde siglos en el Reino Unido: una “democracia imperfecta” en la que el debate es hecho sustantivo.

Y si bien el “premier” lo elige el parlamento, otros hechos sustantivos, como el de la representación y el de la independencia del poder judicial, ofrecen un aspecto que para nosotros lo quisiéramos. Yo al menos bien que los anhelo.

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Causa sonrojo, y enojo, poner negro sobre blanco una vez más que votar y elegir son hechos diferentes. Como lo son ser elegido en un distrito unipersonal y ser promovido por adhesión a una lista cerrada y bloqueada de partido; y, en fin, una democracia que lo sea y un trampantojo de votaciones periódicas.

Analizar lo sucedido en el alumbramiento del régimen que nos rige, la llamado transición del 77 (extraña evolución/metamorfosis que transmutó “brutal dictadura” en “ejemplar democracia”, como si de un nogal surgiera por mor del consenso de la arboleda limítrofe un hermoso cerezo), arroja los resultados que arroja. Por supuesto siempre y cuando se observen los hechos tal y como sucedieron, se separen hechos ciertos de propósitos o intenciones, y se interpreten estos con honestidad intelectual.

Ello sería fuente de una discusión científica, fecunda y dialéctica, ausente por desgracia. Por contra lo que predomina es un consenso de fábula en el que al trampantojo se le atribuye valor de 1ª ley.

Pero la realidad es la que es, consecuencia de aquello, y el debate político tiene un único elemento sustantivo de fondo: cómo se dirime el reparto de cuotas de poder. Porque ausente la Nación en el proceso de organización de su modo de convivencia, suplantada por la oligarquía de partidos enfangada en su expolio, desde el primer momento ese es el meollo de la cuestión; no hay más.

Y para tal menester no hacen falta “leaders”. Es más, sobran, están de más; si surgiera alguno perturbaría sobremanera el plácido sosiego en que se desenvuelve la vida en la ciénaga.

Lo que se precisa son irresponsables osados, sin pudor, remilgo, o reparo alguno, en protagonizar y añadir nuevas hojas a la Historia Universal de la Infamia. A ser posible próximos al analfabetismo funcional [dudo mucho de que el tal Sánchez sea capaz de resolver una ecuación de primer grado; ni digamos ya de segundo...]: ágrafos y cuasi-iletrados.

Que surjan personajes de catadura tal es lo propio. Nuestro ecosistema político toma la irresponsabilidad por elemento esencial. La “transacción/transición” consistió en hacer tabla rasa con franquistas, estalinistas/carrillistas y otros protagonistas de la Hª precedente: exención de responsabilidad. Exención que tuvo su continuidad “constitucional” en el 56.3: lo propio de una metamorfosis.

Personajes que por el hecho de encaramarse a la cúspide del poder partidario ni adquieren, ni adquirirán jamás, la condición de “leaders”. Es un hecho y una calidad absolutamente incompatible con las reglas de la mesa de juego: no puede darse liderazgo sin responsabilidad; ¡va de soi!

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¿Cómo calificar entonces a estos auténticos farsantes de ademanes osados, apariencia arrojada, gestos intrépidos... porque se saben absolutamente irresponsables en tanto en cuanto el 56.3 constitucional esté ahí (y no repito la invocación a D. Benito de que causa sonrojo...) y las leyes estén pensadas para punir a los robagallinas? Muy sencillo: ídolos.

En nuestro retablo la lucha política se ofrece al modo de las competiciones deportivas. Eso sí, infinitamente más sucia. En una competición deportiva hay unas reglas inamovibles que aceptan y respetan en principio los contendientes; un juez se encarga de su aplicación.

En la timba política los protagonistas, que tienen la consideración de ídolos, son juez y parte y cambian las reglas a su antojo. Todo ante la mirada indolente, irresponsable y pasiva de la Nación.

La exaltación del ídolo facilita adhesiones intensísimas, depósitos ilimitados de confianzas, y aplicación intrascendente de mecanismos de sustitución: a un ídolo proseguirá otro y así, sucesivamente. Una nueva esperanza blanca, un nuevo salvador al que se adherirán los crédulos de siempre para una vez más, y al poco, sufrir una nueva decepción. Y vuelta a empezar.

La función prosigue, el retablo perdura, a mayor gloria de comparsas, bufones, opinantes y tertulianos de la más aquilatada erudición, rigor y liberalismo. Así que ¡vengan días y caigan ollas!

Porque sin la complicidad absoluta de los soportes publicitarios comúnmente denominados “medios” (imposible puedan ser “enteros” al uso cervantino), el tinglado no proseguiría.

La crónica, que no información/formación de criterio recto, se refiere a las alineaciones de los equipos políticos, a cómo se accede al reparto de poder en ellos y en la fabulosa tarta de los PGE.

En ella el manto de armiño que cubre al rey es delicado brocado. Y ni existe la Nación, ni esta está sometida al expolio de aquellos, ni el sistema de votaciones periódicas deja de ser lo que es, un lamentable tranpantojo.

Magnífico consenso. El de la consagración de la irresponsabilidad como soporte, la piedra maestra del edificio de la convivencia. El que ha deparado la sustitución de la auténtica responsabilidad personal, la propia del representante electo en circunscripción unipersonal, por una responsabilidad difusa que no es sino la irresponsabilidad ante sus votantes, y universal, del partido/cenáculo de conspiradores/centro de reparto de destinos (D. Benito, una vez más).

Y la de la responsabilidad genuinamente ciudadana por la irresponsabilidad del culto idólatra al modo de la hinchada balompédica.

Y no se pregunten que cómo hemos llegado hasta aquí, porque la respuesta es muy sencilla: degenerando.