Sobre el Estado de partidos: Origen, naturaleza y desarrollo histórico.

El Estado de Partidos, también conocido como partidocracia, se define por ser un tipo de régimen político cuyo origen se remonta a las primeras décadas del siglo XX, siendo históricamente la República de Weimar el primer ejemplo en aparecer en 1919 junto con la partidocracia italiana, surgida en el mismo año.

El estudio de ambos casos permite una mínima comprensión de qué es el Estado de partidos, así como del contexto histórico que desde su aparición hasta la actualidad ha venido sucediendo. No cabe en este artículo un estudio completo y en profundidad de la cuestión, pero sí la presentación, ampliable en futuros artículos, de una síntesis acerca de las cuestiones clave fundamentales para que el interesado en ello pueda abordarlo.

En primer lugar, la creación del concepto de Estado de Partidos se debe principalmente a Gerhard Leibholz, una de las grandes figuras de la jurisprudencia alemana que, tras la Segunda Guerra Mundial, presidió el Tribunal Constitucional de Bonn que alumbró la aún vigente constitución alemana. En este sentido es importante tener en cuenta su obra Los problemas estructurales de la democracia moderna, escrita en el año 1958.

En segundo lugar, el nacimiento del Estado de Partidos ocurrió como consecuencia de la crisis terminal de los regímenes parlamentarios de la Europa continental, profundamente desestabilizados y debilitados por la Primera Guerra Mundial. En relación con esto se puede entender la partidocracia como una reacción especialmente motivada por la amenaza de organizaciones de masas revolucionarias y marxistas, que frente a esa deriva decadente iban progresivamente tornándose más fuertes y violentas. Respecto a esto hay que tener presente la esencial participación marxista en el derrumbe que en 1917 había experimentado el Imperio Ruso, seguido poco después por la revolución marxista liderada por Lenin y los bolcheviques.  No era pues una amenaza infundada sino real y muy cercana.

En tercer lugar, hay que considerar dos principios: el de representación política y el de identificación política. El primero se concreta en el sistema electoral mayoritario, con cuya aplicación se construye el sistema de distritos coronado por el Congreso de los diputados. Es decir, es el mecanismo estructural que permite que haya diputaciones donde diputantes diputen diputados, la esencia que define al régimen parlamentario debido a que es el parlamento la entidad donde reside el poder político. Esto último es así porque es ese parlamento el que concentra el grueso del poder, principal y directamente el legislativo y el ejecutivo. El mejor ejemplo para el estudio del parlamentarismo radica en la Revolución Gloriosa de 1688 de Inglaterra, de la que finalmente resultaría el primer régimen parlamentario de la Historia.

El segundo se materializa en el sistema electoral proporcional o de listas, que consiste en que los votantes se identifican con los partidos que votan, dándoles fuerza y legitimidad, sin ningún tipo de elemento estructural de representación política. En palabras de Leibholz “La voluntad de la mayoría de los partidos debe identificarse por el pueblo con la “volonté générale”, con la voluntad de todos, para poder fundar la unidad de la totalidad nacional y con ello la del Estado”. Para este punto resulta de gran utilidad consultar los estudios de Serge Noiret sobre el nacimiento de la partidocracia italiana, en 1919, como resultado directo de la sustitución del sistema electoral mayoritario por el proporcional.

La interpretación de Leibholz recogida en el anterior párrafo, pura metafísica, refleja cómo el sistema proporcional produce una estructura política donde el poder se concentra monopolísticamente en las cúpulas de los partidos, al ser sólo ellos los facultados para presentar las listas de candidatos y de esa forma, como mínimo, poder controlar tanto el legislativo como el ejecutivo. Sobre esto es pertinente recordar a Leibholz cuando dice que “La constitución material del siglo XX ha conocido una transformación radical: como consecuencia del advenimiento de los grandes partidos de masas y de la introducción de sistema proporcional, los diputados han perdido su independencia y libertad, complementos indispensables de una auténtica capacidad de representación”.

Cabe añadir que Leibholz define y defiende el Estado de Partidos como un modelo de democracia directa sin elementos de representación política, siguiendo el ideal de Rousseau y no el de la democracia representativa nacida en la revolución norteamericana de 1776. Y por ello se explica en él la concepción de que sea un tipo de sistema político democrático a pesar de la ausencia de separación de poderes y de representación política, al ser vistos estos rasgos estructurales en la organización del poder político como una realidad obsoleta frente a la positiva innovación partidocrática.

En cuarto lugar, es importante explicar que esta innovación partidocrática iba dirigida principalmente hacia la domesticación de los partidos de masas, de forma que se integraran en el Estado y no se enfocaran en quebrantarlo. La fórmula consistía en su estatalización a través del sistema proporcional, pasando de ser partidos civiles a partidos estatales, y por eso se entiende que se comenzara a financiarlos con dinero del Estado además de otorgarles el monopolio del poder político. Ello funcionó extraordinariamente bien con la izquierda socialdemócrata, como se aprecia por ejemplo en el caso alemán con el SPD en la República de Weimar, pero pronto provocaría que la partidocracia, primero en Italia y luego en Alemania a los pocos años, pasara de ser de varios partidos a ser de partido único con Mussolini y Hitler.

Nuevamente citando a Leibholz se deduce ese contexto de miedo e inestabilidad política: “Se trata de frenar al máximo posible una evolución de la que no se puede decir con certeza por adelantado si resultará efectivamente capaz de guiar hasta el fin al Estado de forma democrática, o si por el contrario conducirá a una sacudida revolucionaria del ordenamiento jurídico con base en modalidades representativas pero antidemocráticas, o sino, a una progresiva disolución de la unidad estatal alcanzada con esfuerzo en los últimos siglos”.

En quinto y último lugar, tras la Segunda Guerra Mundial la partidocracia fue readaptada a los intereses de los Estados Unidos en la Guerra Fría contra el marxismo soviético y la URSS, siendo así que la partidocracia, ya fuera en el ámbito del Imperio Estadounidense con las “democracias parlamentarias” o en del Imperio Soviético con las “democracias populares”, se fue extendiendo por el resto del mundo debido a su mejor utilidad de cara a la administración de los Estados (y de los territorios regidos por dichos Estados) que interesaba mantener bajo control. Así fue como se sentaron las bases de la actual Unión Europea por ejemplo, y así fue en definitiva cómo se convirtió en el régimen político más extendido a día de hoy así como su llegada a España en 1978.

A modo de cierre, y vista la situación actual de las partidocracias europeas, es importar señalar que parece cada día más probable que el viejo orden asentado hace casi un siglo esté terminando de consumar su existencia. Y por ello es necesario prepararse si se aspira a estar a la altura de las circunstancias, a instruirse y organizarse para el éxito de una alternativa realmente democrática y producto de un criterio científico irrebatible y eficaz.

Javier Corada