El humanismo el siglo XXI (I)

Jesús entre los doctores (1506) Alberto Durero (1471-1528) Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid.

Jesús entre los doctores (1506) Alberto Durero (1471-1528) Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid.

                                      

         Si algo caracteriza a humanismo en cualquier época es el hecho de considerar al hombre individual como lo más importante, como el centro de la vida y del mundo. Quizá sea una exageración, pero es también uno magnífico ideal.       

            A veces se tiene la idea equivocada de que los humanistas son hombres introvertidos, dedicados únicamente a la reflexión y al estudio. Es cierto que «humanista», en su origen, indicaba el oficio de literato, de hombre de letras, mas tal oficio va mucho más allá del claustro universitario o del despacho, para entrar en la vida pública, en la «vida activa», al ocuparse de los problemas de la vida cotidiana, convirtiéndose  en el oficio de hombres de acción.

         No por casualidad, los humanistas más importantes fueron en muchos casos hombres de Estado, personas activas, acostumbrados a actuar libremente en la vida pública de su tiempo. El primer humanismo fue una exaltación de la vida civil y de los problemas y cuestiones ligados a ella, porque operaba en el seno de sociedades con libertad política.

         Hay un humanismo, representado por Petrarca (1304-1374), en el que predomina el espiritualismo intimista, que preconiza la vuelta a uno mismo, la búsqueda del conocimiento de la propia alma —la verdadera sabiduría—, a través de, las letras humanas, entendidas como instrumento de formación espiritual.

         Sin embargo, el humanismo pone en primer plano la noción de la primacía de la vida activa sobre la contemplativa, lo que constituye una de sus claves.

         Leonardo Bruni opuso al humanismo espiritualista de Petrarca un humanismo civil y políticamente comprometido, a imitación de los clásicos, que eran maestros de virtudes civiles.

         «Lo que vale más es el hombre que piensa y que actúa», el verdadero parámetro de los juicios morales es el hombre bueno y no una regla abstracta. «La verdadera nobleza es la que cada uno conquista con sus obras», «cada uno es artífice de su propia suerte», como decían los romanos. El vicio supremo es estar ocioso. Carece de sentido la contemplación sin la acción. Por ello, los estoicos, que decían: «la naturaleza constituyó al hombre en el mundo como especulador y realizador de cosas», son maestros del humanismo.

            El humanismo cívico moderno recupera la visión aristotélica del hombre como animal político y el compromiso con la colectividad, frente a la creencia medieval de que el fin último del hombre, su misión más elevada, es la contemplación.

 

         El ideal de vida contemplativa, propio de la Edad Media, fue sustituido, así, al inicio del Renacimiento por el ideal del «hombre completo», que no se recluye buscando su perfeccionamiento personal, sino que se entrega al servicio público.

         Aristóteles define al hombre como animal lógico, moral, social y político, cuya plenitud consiste en la participación política, actividad que le permite desarrollar todas sus potencialidades intelectuales, religiosas y morales, al desplegar sus virtudes esenciales —la amistad, la prudencia y la justicia—, en favor de la comunidad. El hombre, para él, es incapaz de realizarse al margen de la sociedad y de la vida política, y solo en su seno puede practicar la virtud y lograr la felicidad.

            Esta opinión de Aristóteles indicaba que para él la ciudad precedía real, lógica y moralmente al ciudadano, que lo era, precisamente, por estar al servicio de aquella y no al revés. Y si bien el ciudadano dentro de la polis podía votar, nombrar y sustituir magistrados, ocupar cargos como el de arconte y gozar de variados derechos políticos, como individuo particular estaba indefenso y sometido al poder de la colectividad.

         Y, aunque la edad de oro de la democracia ateniense puede contemplarse como un período de florecimiento del espíritu individual−−y los griegos disponían de hecho de un espacio privado dentro de la ciudad−, los ciudadanos no gozaban de derechos individuales ni de defensa jurídica. La libertad política que poseían no servía para garantizar su libertad personal que quedaba al arbitrio de la colectividad.