El humanismo el siglo XXI (III)

El genio de la libertad , por Augustin Dumont (1801-1884), la cabeza de la columna de julio en la Plaza de la Bastilla en París. Bronce dorado, 1833. Un proyecto de bronce de la misma obra también se exhibe en el Museo del Louvre.

El genio de la libertad , por Augustin Dumont (1801-1884), la cabeza de la columna de julio en la Plaza de la Bastilla en París. Bronce dorado, 1833. Un proyecto de bronce de la misma obra también se exhibe en el Museo del Louvre.

             

         Tanto en la república democrática de los antiguos griegos y romanos, como en la prescrita por Rousseau, basada en la democracia directa y sustentada sobre la participación y la ciudadanía activa, que legisla, ejecuta las leyes y otros actos de gobierno e imparte justicia colectivamente, como en la república representativa de los modernos, de Sieyes, de los federalistas americanos—de Kant, Constant y Tocqueville—, basada sobre el principio representativo de los regímenes liberales, la libertad política y el humanismo caminan cogidos de la mano.

         Es en las épocas durante las cuales desaparece la libertad política, cuando el hombre, apartado por los poderes existentes de vida la política, experimenta un vacío existencial que le hace cambiar el punto de vista. Huye de las instituciones sociales y se refugia en la vida privada, en la contemplación. Rechaza la vida activa y se vuelve sobre sí mismo. El verdadero humanismo desaparece y, entre los individuos excluidos de la vida pública, practicantes de una moral pasiva de resistencia frente al poder, renace una y otra vez el ideal de la autarquía, de la apatía.

         Esto ha ocurrido en diversas ocasiones a lo largo de la historia, ha sucedido durante el siglo XX y sigue ocurriendo hoy en día, en el siglo XXI.

            En la época en que vivimos, la mayoría de los individuos vuelcan su actividad y sus pasiones, de modo casi exclusivo, en la vida personal, en el trabajo, en los negocios privados—muchas veces embrutecedores y alienantes—, y ocupan su tiempo libre en un ocio, con frecuencia insulso o degradante, entrando en un círculo vicioso del que no pueden escapar y que vacía sus existencias.

            Hay que conceder, sin embargo, que el apego a la vida privada de hoy en día no solo es fruto de un empobrecimiento de la vida pública, sino de un enriquecimiento de la vida privada. Los ciudadanos pasivos que hoy prefieren las satisfacciones de la vida familiar y personal a los deberes de la política, no solo están en su derecho de hacerlo, sino que además no están necesariamente equivocados. El espacio para lo personal y lo privado en las sociedades modernas es enorme y todo el mundo tiene derecho a disfrutar de él.      

            La percepción genial del liberalismo, es decir, que la libertad económica—de trabajo, comercio, industria y profesión—es imprescindible para garantizar la libertad individual o metafísica—que constituye la intuición central de todo su sistema—, supone un importantísimo avance, tanto de la ciencia política como del sistema de poder emanado de dicha evidencia.

 

         John Locke (1632-1704) lo había subrayado con firmeza cien años antes de la plena vigencia del régimen liberal: la libertad «es que cada uno pueda disponer de su persona como mejor le parezca... de sus acciones, posesiones y propiedades según se lo permitan las leyes que lo gobiernan, evitando, así, estar sujeto a los caprichos arbitrarios de otro, y siguiendo su propia voluntad.» Es la libertad como independencia física y económica.

         En la obra de Benjamin Constant (1767-1830), esta idea moderna, comparada con la idea de libertad predominantemente política de los antiguos, esta idea de libertad individual, es llevada un poco más lejos al proclamar que «nuestra libertad debe componerse del goce pacífico y de la independencia privada [porque] el objeto de los modernos es la seguridad de sus goces privados; y ellos llaman libertad a las garantías concedidas por las instituciones a estos mismos goces.»

            Constant, aunque subraya fundamentalmente, la libertad personal, civil o privada, no evita la cuestión de la libertad pública o política, puesto que, imbuido ya de la visión y de la regla de la democracia, afirma enérgicamente que esta resulta, es indispensable.

Alexis de Tocqueville (1808-1859), jurista, político e historiador. Autor de "La democracia en América"

Alexis de Tocqueville (1808-1859), jurista, político e historiador. Autor de "La democracia en América"