El humanismo el siglo XXI (II)

"La Cappella dei Reyes Magos" en el Palacio Medici Riccardi de Florencia, fue pintado en (1459-1461) por Benozzo di Lese di Sandro, llamado Benozzo Gozzoli (1420- 1497) fue un pintor cuatrocentista italiano. Pintura, Fresco. Procesión con Lorenzo de' Medici, Piero de Medici and Giovanni de Medici.

"La Cappella dei Reyes Magos" en el Palacio Medici Riccardi de Florencia, fue pintado en (1459-1461) por Benozzo di Lese di Sandro, llamado Benozzo Gozzoli (1420- 1497) fue un pintor cuatrocentista italiano. Pintura, Fresco. Procesión con Lorenzo de' Medici, Piero de Medici and Giovanni de Medici.

                                     

         Para el pensamiento liberal desde el siglo XVIII, el individuo-persona constituye un valor en sí mismo, independientemente de la sociedad o del Estado, y posee una esfera moral y jurídica «privada», liberadora y promotora de la autonomía personal y la autorrealización, que las leyes han de proteger sea cual sea el régimen de poder.

         Para la democracia moderna—y esto supone una superación del liberalismo y un retorno, en cierto modo, a la libertad política de los griegos, para ir más allá—la garantía última de la libertad personal solo puede venir, en último término, de la participación del individuo-persona en el gobierno de la nación, dentro de un régimen político cuyas instituciones protejan todo el sistema de libertades.

         Hoy sabemos que no puede haber libertades aisladas, sino que todas ellas forman un «sistema» perfectamente engranado. Desde la libertad de pensamiento o de conciencia—de las que derivan la libertad de creencias religiosas y de culto—, la libertad de palabra y opinión—y aquí quedan incluidas las libertades lingüística, de prensa y de enseñanza—, la libertad de acción individual—que engloba la inviolabilidad física, la libertad de residencia y traslado—, la libertad económica, la libertad de reunión y asociación, hasta llegar a la libertad política—libertad para participar en el gobierno de la nación, eligiendo y destituyendo a los gobernantes.

         Así pues, la libertad de los antiguos griegos les permitía servir políticamente a la ciudad, si bien obligatoriamente y gracias a una libertad económica basada en la esclavitud. dedicándose a ella en cuerpo y alma, pero  «sin sosiego», mientras que la libertad moderna o liberal consiste principalmente en la posibilidad de permanecer al margen de la política −«y que el Estado nos deje en paz»—para ocuparnos de nuestros propios asuntos. Mas la libertad democrática actual—a la que aspiramos— consiste en ocuparse de los asuntos de gobierno, al menos cada cierto tiempo, para garantizar, mediante el control del poder del Estado, que uno pueda, precisamente, desarrollar su vida privada «en paz» y, a la par, adquirir una nueva dignidad dentro del espacio público.

         El concepto secular de república, definido con precisión desde Aristóteles y Cicerón, está basado justamente en la idea del «zoon politikon», cuya libertad civil y política, así como propiedades en sentido amplio, han de ser preservadas, actuando todos los hombres libres, animados mediante la virtud cívica, como agentes políticos, con objeto de proteger y garantizar el bien común.

 

         La libertad política en la república consiste en la independencia de la voluntad arbitraria de otros hombres, y comporta el respeto a leyes realizadas directamente por los ciudadanos o en representación de ellos, por parte del gobierno y de los poderes públicos, así como la igualdad de derechos civiles y políticos de los ciudadanos, es decir, la igualdad de oportunidades en la vida pública.   

         Cicerón dio un paso más en la definición de la república. Para él, como para Aristóteles, la virtud consiste en la acción de unos ciudadanos virtuosos, mediante instituciones y bajo el imperio de las leyes: «Somos esclavos de las leyes para poder ser libres». Además, frente a la estrecha noción de igualdad de la polis, una igualdad que discrimina a los desiguales —esclavos, extranjeros, mujeres—, Cicerón proclama, en línea con el estoicismo, la igualdad universal, en dignidad, al menos, si no en condiciones sociales o políticas, de todos los seres humanos, que heredará el cristianismo de San Pablo.

         A partir de entonces, el republicanismo verá en la libertad política, en participación de todos los ciudadanos en la vida pública y política, la cúspide de la excelencia humana. La colectividad, lo común, lo público es el gran ideal de la vida humana, y los que se afanan en practicarlo son distinguidos con el aplauso, el prestigio, el elogio, la admiración.