EL CONSENSO II

Auto de fe en la plaza mayor de Madrid (1683), Francisco Rizi (1614-1685) es una de las grandes figuras de la pintura barroca. Museo del Prado, Madrid.

Auto de fe en la plaza mayor de Madrid (1683), Francisco Rizi (1614-1685) es una de las grandes figuras de la pintura barroca. Museo del Prado, Madrid.

¡Qué gran error! Qué gran mentira es identificar el consenso con la democracia, cuando la verdad es que los consensos son propios de los regímenes oligárquicos de poder. Y sin embargo, el "consenso político" -de origen medieval y católico- era y sigue siendo considerado por muchos como la quintaesencia de los sistemas democráticos de poder. Elevado a categoría moral, el consenso es literalmente antidemocrático, porque atenta contra el pensamiento libre, al obligar a la renuncia de sus principios ideológicos a las distintas partes implicadas. 

Y esto tiene un grave efecto empobrecedor, que arruina el sano debate ideológico fundamentado en la contraposición de unas ideas claras. Algo que es, por cierto, absolutamente necesario para que una sociedad desarrolle, por si misma, un pensamiento crítico. Y aun así, nos empeñamos en creer que se trata de un signo de madurez el llegar a acuerdos -a pactos- sin que haya ni vencedores ni vencidos, pues tal es el propósito de los consensos. 

Contribuye, por lo tanto, a que dejemos de pensar por nosotros mismos creyéndonos que, de este modo, favorecemos la toma de decisiones de forma pacífica y civilizada. Y la verdad es que la violencia siempre es provocada por la ausencia de mecanismos de resolución de conflictos, y no por la existencia de los mismos, ya que éstos son inevitables como consecuencia de la vida en sociedad. 

Cuando los líderes de los partidos políticos deciden algo por consenso, llegan a acuerdos o a pactos sin que la ciudadanía esté presente o representada en dicho momento. Se aseguran así los resultados de las votaciones en unas negociaciones previas carentes de transparencia que no tienen nada que ver con los verdaderos procesos democráticos. Los ciudadanos nos quedamos, en consecuencia, al margen de las deliberaciones que preceden las tomas de decisiones y, de esta manera, los partidos políticos se apropian de la iniciativa legislativa. 

En nuestra actual oligarquía de partidos políticos estatales, el pacto entre los diferentes partidos se convierte en una condición necesaria para participar del poder. Esto significa que, al pactar con sus "enemigos" políticos, éstos traicionarán -necesariamente- a sus votantes. Debido a nuestro sistema proporcional de voto, la toma de decisiones por consenso obliga a pactos tan artificiales que a veces rayan lo esperpéntico. Y participando del poder a base de pactos y traiciones, los partidos políticos terminan por dejar de lado aquellos principios que supuestamente representan, para convertirlos en un elemento puramente cosmético. 

¡Y aún hay más! Significa también la renuncia al programa electoral con el que se presentaron a las elecciones -o al menos a una buena parte de éste-: un programa que los mismos partidos políticos proponen a la ciudadanía sabiendo que no hay nada que les obligue a cumplirlo. Como es lógico, el ciudadano, al sentirse permanentemente traicionado, se ve cada vez más distanciado de la política en general y de los políticos en particular. Y así, la desconfianza se apodera de las relaciones entre los representantes y los representados, entre los votantes y los votados y entre la ciudadanía y el estado. Al desaparecer los diferentes polos ideológicos, la sociedad poco a poco se va quedando ideológicamente estereotipada como consecuencia del vacío provocado por la ausencia de un debate verdadero.

En un sistema democrático de poder, las decisiones no se toman por consenso, se toman por MAYORÍA. Y para no ser aplastadas sistemáticamente por esas mayorías, las minorías deben estar protegidas por unos mínimos garantizados en la constitución. En una democracia no hay sectores de la sociedad invisibles al poder, estando todos sus miembros presentes o representados en las deliberaciones, en las tomas de decisiones y en la ejecución de las mismas. Además, la democracia permite la participación sin renuncia previa de todos los ciudadanos en igualdad de condiciones. Para ello, nuestras ideas, nuestros principios y nuestros valores deben ser vistos no como un elemento disgregador, si no como parte esencial que caracteriza y enriquece a una sociedad moderna y plural.