EL CONSENSO I

Van Gogh 1853-1890 Los comedores de patatas 1885 Museum de Amsterdam

Van Gogh 1853-1890 Los comedores de patatas 1885 Museum de Amsterdam

La condición social del ser humano va ligada, desde siempre, a la fabricación de mitos unificadores que caracterizan las diferentes sociedades que han ido surgiendo a lo largo de los siglos. Es posible que sea la necesidad lo que ha llevado a los hombres, desde la antigüedad, a constituir comunidades fuertemente cohesionadas, como si de un mecanismo de defensa o de supervivencia se tratase. Parece como si fuera una respuesta contra la adversidad, como para enfrentarse a un mundo hostil en el que acechan los peligros, en el que la propia vida de uno estuviera en juego permanentemente. 

En las sociedades primitivas, es probable que los mitos fueran aceptados con facilidad por todos los miembros de la comunidad, ya que no había contradicciones entre aquellos y los hechos históricos que los rodeaban. Sin embargo, en las sociedades modernas, esos hechos si que son una fuente de problemas a la hora de justificar aquellos mitos que, habitualmente, deforman la realidad histórica, dificultando así su aceptación, para ser cuestionados y finalmente rechazados.

Por ello, en la actualidad, a menudo son los políticos quienes asumen -en beneficio propio- ese papel unificador que, en ocasiones, les lleva a presentarse ante los ciudadanos como líderes mesiánicos, o como caciques con pelaje de "macho alfa de la manada". Para ello, convierten a la política en su propia fábrica de mitos, llegando a interpretarlos incluso en primera persona a base de escenificaciones, de la participación en rituales catárquicos en los que se ensalzan valores de carácter superior, o en ceremoniales en los que se evoca la tradición. 

En nuestro caso, la transición española se ha convertido, con el paso del tiempo, en mito fundacional de una nueva sociedad que quería dejar atrás los fantasmas de su pasado. Una nueva España que miraba por primera vez y en mucho tiempo al futuro con esperanza y optimismo, y que se inspiraba en los principios y valores que se le presuponen a una democracia porque, en definitiva, quería ser democrática. En toda esta algarabía, hay una palabra que se repite una y otra vez por encima de las demás, para llegar a convertirse en el paradigma de aquel país que quisimos ser y no supimos cómo: la palabra CONSENSO.