ÉTICA Y POLÍTICA I

   

“Sócrates y dos discípulos”. Domenico Fetti (1589-1623) Pintor barroco italiano Siglo XVII. Galería de los Uffizi, Florencia. Según Diógenes Laercio, Sócrates pedía a sus discípulos que se miraran en un espejo para realizar buenas acciones en la vida.

“Sócrates y dos discípulos”. Domenico Fetti (1589-1623) Pintor barroco italiano Siglo XVII. Galería de los Uffizi, Florencia. Según Diógenes Laercio, Sócrates pedía a sus discípulos que se miraran en un espejo para realizar buenas acciones en la vida.

 

         El fracaso sin paliativos del actual régimen político español, impropiamente calificado como una monarquía parlamentaria, pues no existe la característica representación personal del parlamentarismo liberal, sino la vicaria y espúrea  de los partidos políticos, es un hecho cada vez más evidente.

         La progresiva degradación política, social y económica, que tal régimen pseudo o cuasi democrático ha ido produciendo desde que entró en vigor la Constitución de 1978, salta a la vista.

         Podría concederse que este sistema político de transición, fue apropiado para superar la dictadura e iniciar el camino hacia la democracia. Mas hay dos hechos que hoy, pasados 40 años, parecen indudables: que la democracia en sentido fuerte finalmente no llegó y que este sistema no es apto para alcanzarla.

         La incapacidad crónica de los españoles para construir un Estado liberal semejante al de otras naciones europeas y, por ende, la de implantar un sistema verdaderamente representativo y democrático, amén de los errores en la concepción territorial del Estado, han puesto finalmente a nuestro país a los pies de los caballos del particularismo, la disgregación y el separatismo, haciendo prácticamente inviable la supervivencia de la nación política, y abocando al tiempo al Estado y a los contribuyentes a la ruina más completa.

         La monarquía y especialmente los partidos políticos, a pesar de sus enormes privilegios y ventajas, principalmente el de poseer el monopolio de la acción política, han sido incapaces de gobernar lealmente.

         Algún día se estudiará en las universidades de todo el mundo el fenómeno español bajo un epígrafe que podría ser el siguiente: «como destruir un Estado y disolver una gran nación sin mediar guerra o catástrofe natural alguna».

         Y junto a este gran fracaso político—que viene de muy lejos, eso es bien cierto—aparece una causa adyacente, cada vez más visible, aunque insuficientemente analizada: la inmoralidad, dato constante, que explica el torcido y detestable curso de los acontecimientos en el ámbito de la vida pública española.

         Se olvida a menudo que la relación entre gobernantes y gobernados consiste en un contrato moral, pues son aquellos, quienes actuando con la justicia y el decoro a que les obliga su rango dentro del Estado, están obligados moralmente a procurar o cuando menos a facilitar el bienestar y la prosperidad—si no la felicidad—de los ciudadanos bajo su gobierno; felicidad entendida, por lo menos en Occidente, como una vida con libertad política y civil, la mayor igualdad posible de oportunidades y ante la ley, derecho a la propiedad, libertad económica, y seguridad personal.

         La clase gobernante de un país digno está obligada, mediante una acción política eficaz, no solo a procurar dicho objetivo, sino además a tener un comportamiento éticamente ejemplar, puesto que la exhibición de conductas inmorales en la clase dirigente conduce a la desmoralización y corrupción de toda clase de ciudadanos.

         La idea de que la moral y la política deberían ir siempre de la mano es muy antigua. Se trata, naturalmente, de una moral práctica, aplicada a la vida social, proclamada por una autoridad legítima y fijada mediante la ley.

         Lo dijo Aristóteles: «la moral no puede ser eficaz sin ayuda de las leyes, ya que los discursos no son suficientes para reformar las costumbres.»

         Si la política española actual, merced a un sistema político corrompido y a la inmoralidad del presente régimen constitucional, se mueve de espaldas a  la ética más elemental, su reforma profunda parece una tarea imprescindible.