EL CONSENSO III

"Going to Work" (1943) L.S. Lowry (1887-1976) Modernismo. Colección del Museo Imperial de la Guerra en Londres.

"Going to Work" (1943) L.S. Lowry (1887-1976) Modernismo. Colección del Museo Imperial de la Guerra en Londres.

El propio origen gramatical de la palabra "consenso" nos señala que estamos ante un cultismo cuyo propósito es poner de manifiesto aquellos aspectos de la realidad que nos resultan más atrayentes o aceptables, para ocultarnos así su verdadero significado,  pues tal es el poder de las palabras. El término consensus procede del latín, y hace referencia al "acuerdo que se alcanza por consentimiento entre los miembros de un grupo", lo que no implica necesariamente  la aceptación activa de cada uno de esos miembros,  sino más bien una no-negación por su parte. 

Se compone del prefijo con (compañía) y el verbo sentio sentire sensum (sentir), de donde obtenemos dos acepciones: los hermanos -consensuar- y -consentir-. Por lo tanto, que haya "consenso" en política significa, desde el punto de vista gramatical, que "estamos todos de acuerdo"  porque "pensamos todos lo mismo" ya que "todos sentimos lo mismo".  

Y es muy revelador comprobar cómo, al adentrarnos en el terreno de lo político, el espíritu de Rómulo y Remo se apodera de ambas gramáticas para desencadenar una tragedia de proporciones bíblicas, sobre la que se edificará el "Imperio de lo Políticamente Correcto". En ella, el vencedor de la contienda (consensuar) fagocita sin contemplaciones a su propio hermano (consentir), por ser este el portador de un imperdonable pecado capital: la incorrección política.

La verdad es que el "consenso político" es un barbarismo gramatical que esconde una transmutación prodigiosa, como la del gusano en mariposa, que nos lleva de "consensuar por sentir lo mismo" a "consentir porque ya no sientes nada" o porque ya prefieres "ni sentir" y mirar para otro lado. Pero la gramática no sólo nos esconde que donde hay consenso, hay también consentimiento; nos oculta también otro matiz importante: que el consenso es anónimo mientras que, en el consentimiento, nos encontramos con un consentido y un consentidor. 

Y lo interesante de toda esta historia rocambolesca es que el consentido (el estado) siempre es el mismo, así como el que consiente o consentidor (el ciudadano), porque jamás se cruzan los papeles. Y, por lógica, le corresponde siempre a quien consiente marcar unos límites al consentido. Por eso, si no se quiere hacer de éste un "niño malcriado" al que  haya que consentirle cada vez más y más para tenerlo contento, es obligación del consentidor -y una necesidad- el marcarle unos límites a ese consentido. Si no lo hace, si no establece unos mecanismos de control, el consentidor corre el riesgo de que, con el tiempo, aquel niño consentido llegue a convertirse en un tirano.

Iago Mejuto