El monopolio de la mentira (II)

"San Agustín" (h.1645-1650) Philippe de Champaigne (1602–1674) pintor ornamental, pintor de la corte y maestro francés. Museo del condado de Los Ángeles.

"San Agustín" (h.1645-1650) Philippe de Champaigne (1602–1674) pintor ornamental, pintor de la corte y maestro francés. Museo del condado de Los Ángeles.

El monopolio de la mentira, al que aludíamos con Platón, genera problemas y su ostracismo sociológico (a la vez que, paradójicamente hipócrita) también. En un contexto de Estado y política, la supervivencia del político (y del Estado) dirigirá entonces los esfuerzos de mentir para su permanencia. Pues, la corrupción política surge por un privilegio en la mentira; ellos pueden engañar jurídicamente mientras nos proporcionen pautas que nos permitan autoengañarnos y vivir en una “burbuja” (como la “inmobiliaria”). No es raro que cuando ya sus mentiras no sean creíbles (o pierdan ese elemento fantasioso que nos hemos auto inyectado como espectadores de una sesión de Magia) y menos aún sus instrumentos, se empiece a pedir justicia por habernos engañado, aunque habría que añadir por habernos engañado “torpemente”, pues el cinismo democrático es preferible a la responsabilidad individual. Será entonces cuando se pidan nuevas mentiras que nos hagan crear otra ilusión (puramente emocional), y con suerte, edificar un nuevo autoengaño social bajo el renombre de “verdad”. Bajo este campo de batalla, la cuestión de la independencia de Cataluña o la España democrática miden sus fuerzas; cada uno con sus mitos, sus historias bastardas y sobreactuadas, monopolizando la mentira, no en tanto engaño (la corruptela es un hábito social), sino como Verdad, producto arrogante de la mentira, la mejor y más creíble de ellas, y si es impuesto con ius puniendi, más efectivo. Una característica propiamente humana, unida a nuestra facultad mentirosa, es valorar las consecuencias de nuestra conducta. Los sujetos con una menor capacidad de predicción de las consecuencias de sus actos o pautas condicionadas tienden a buscar una gratificación más inmediata y mentir con más facilidad; por tanto, si a la condición innata del cerebro de generar relatos selectivos y reconstruibles, se le suman legislaturas políticas cortas y necesidad de resultados tempranos para una reelección futura (pudiendo servirse de toda clase de artilugios legales), la corrupción y el engaño no se hace de esperar.

¿Hay que dejarse ser engañados por los políticos, porque a fin de cuentas, la corrupción es un factor de modernización y progreso económico, tal y como sostenía Huntington? Veamos esto.

Cualquier político miente. Bastante. Mucho. Pero no sólo en el sentido de engañarnos, sino incluso diciendo ellos cosas “falsas” pero creyendo que son verdaderas. Esto no es más que la evidencia plena de las características de la información con la cual trabajamos los seres humanos en nuestro día a día: una información dispersa, tácita, subjetiva, emocional… No podemos ir de hijos inmaculados de Dios y sempiternos puentes de la verdad cuando mentimos cada día, ya sea a terceros o a nosotros mismos, o consciente e inconscientemente, no aceptando hipócritamente para lo que queremos la evolución darwinista.

Trump, por ejemplo, miente, y eso le hace humano… demasiado humano, tanto que señala su gabinete incluso que no engaña, narra “hechos alternativos”. Durante su primer mes de mandato: 133 mentiras. Da igual, a nuestros efectos, que Trump supiese proferir mentiras tan dulces y buenas, que nos encubriese una aterradora verdad, o que lo haga torpemente; el hecho es que toda relación social tiene tendencia al conflicto, dada nuestra falibilidad en el procesamiento y toma de decisión cognitiva, y el fuerte arraigo emocional; y con un cerebro así, no se puede controlar un sistema con miles de variables conocidas… y desconocidas.

    Cualquier político, impone sobre todos nosotros su construcción de la realidad, pero sin nosotros, sin saber nada de nuestra personalidad o vida cotidiana, y parece que hay que aceptarlo “porque sí”

Un político trabaja con mentiras, ya sea para engañar, o porque verdaderamente se cree sus propios embustes; en cualquiera de los dos casos se impone legalmente sobre todos nosotros su construcción de la realidad, un “cómo tiene que ser”, pero sin tener todas las variables de la realidad social en su cabeza como para desprenderse del componente humano más clásico: la falibilidad y su propia subjetividad.

Queda entonces la conclusión reorientada a como sigue: Trump, Torra, Casado, Sánchez… cualquier político, impone sobre todos nosotros su construcción de la realidad, pero sin nosotros, sin saber nada de nuestra personalidad o vida cotidiana, y parece que hay que aceptarlo “porque sí” (cuando a cualquiera de nosotros, que una persona desconocida nos viniese a dar lecciones de cómo dirigir nuestra vida lo consideraríamos infundado, aparte de arrogante, no consintiendo dicha osadía). Ni nosotros nos conocemos lo suficiente a nosotros mismos, como para que un político haga de pitonisa y sepa dirigir nuestras vidas a golpe de Decreto, con los inconvenientes que siempre brinda legislar con preferencia temporal baja. Lo bueno que tiene el problema con Cataluña es que sirve de grandioso ejemplo sobre por qué los sistemas políticos actuales no valen para gobernar: porque detentan el monopolio de la mentira (unos y otros), y a la vez, la creencia de que pueden dirigir nuestras vidas con su cerebro “privilegiado”, o de los de sus cien asesores (lo que no deja de ser un autoengaño inflar las cifras de representación del gabinete). Una cana al aire por la noble mentira platónica.

Prestemos atención a la mentira; sin ella, no distinguiríamos una “verdad”, de esas que, como nos representaba Joan Fontcuberta en su obra artística Herbarium (un inventario de plantas inexistentes presentadas como reales) son presentadas como si estuviesen enfrascadas en la violenta certeza y realidad social, cuando en verdad es un detritus de particularidad, imaginación, gusto y “ganarse el pan” como buenamente puede cada uno. La mayor de las verdades es la mejor de las mentiras, y aceptar a la Verdad Social como una mentira de rango jerárquico ayuda a limitar los intrusismos insensatos de aquellos que buscan la dirección pública, con precisamente, “verdades”. Ayuda a ser honestos, y por extraño que parezca, acercarnos a la idea metafísica de la verdad negándola.