El monopolio de la mentira (I)

El banquete de Platón (1873)que representa la llegada de Alcibíades. Anselm Feuerbach (1829–1880)

El banquete de Platón (1873)que representa la llegada de Alcibíades. Anselm Feuerbach (1829–1880)

¿Quién dijo que todas las mentiras tienen las patas muy cortas? Las hay campeonas de maratón.

Escribió Platón, allá por el 380 a.C.: “Si a alguien le es lícito faltar a la verdad será únicamente a los que gobiernan la ciudad”. Platón fue de los primeros en inaugurar la “teoría de la noble mentira”, considerando a ésta facultad como necesaria para el buen político. Su justificación era que, dado el carácter inútil (y por inútil se entienda “inocente”) de los gobernados, su poca amplitud de miras, su poca destreza en aceptar la verdad y el comportamiento acéfalo de las masas, el mantenimiento del orden social conllevaría una buena mentira en el momento apropiado, y habrían de ser los gobernantes, entendidos como gente prudente y sabia, quienes tendrían que disponer de su monopolio lícito, condenando el uso de la mentira a los demás.

    Cuando una persona dice algo que no creemos que sea así, decimos que “no tiene la razón” o que  “es mentira”; pero en cambio, si dice algo que nos gusta, “es verdad”, y le consideramos entonces como alguien “inteligente”

¿En qué medida hablamos de un monopolio político de la mentira?

En primer lugar, no debemos de ignorar lo evidente: todos mentimos.

¿Qué es mentir? Según la Teoría de la Mentira (TdM), grosso modo no es sólo engañar a otro o a nosotros mismos, que es tal y como siempre se asocia (Aulo Gelio lo denominaba mentiri); también es la facultad de nuestra mente para construir ideas, en base a la poca información que tiene, e inventar así una conexión pro acción desde aquellas pautas-base, en un plano inconsciente. Es decir, una suerte de acciones mentales que no controlamos y tienen su exteriorización con pleno convencimiento (p.ej. acciones automáticas, ilusiones visuales, heuristicos, creatividad, falsa memoria, etc.), a las que Gelio denominaba mendacium dicere, definiendo como errores de la mente, no filtrados por la conciencia digamos o non incidit in hominem. El ser humano sería un sujeto mentiroso, no por voluntad sino por condición (cambiando así la definición tradicional de la mentira). Y en las Ciencias Sociales, todo serían mentiras (en el sentido mencionado), solo localizando hechos objetivos en las Naturales.

 

Cuando una persona dice algo que no creemos que sea así, decimos que “no tiene la razón” o que  “es mentira”; pero en cambio, si dice algo que nos gusta, “es verdad”, y le consideramos entonces como alguien “inteligente”; en ambos casos ha sucedido lo mismo neurofisiológicamente, lo que nos otorga la idea de desprestigiar a la Verdad. Pruebas de resonancia magnética funcional [fMRI] (si bien dando margen de incertidumbre a sus limitaciones temporales en el comportamiento hemodinámico) practicadas en personas mientras engañaban, lo único que demostraban era que la energía y las partes cerebrales empleadas, eran mayores que en el estado normal donde se dice “una verdad” la cual única y exclusivamente es verdad para esa misma persona subjetivamente; implicaría pues ingenio, más recursos cognitivos, coherencia y utilidad práctica que describir lo que se ha interiorizado como “verdadero”.

San Agustín matizaba que “se puede decir un error sin mentir si quien lo enuncia piensa que es como lo dice (…), y se puede decir una verdad mintiendo si quien tal piensa que se dice una falsedad y la quiere hacer pasar por verdad”. San Agustín da importancia a la conciencia e intención, pero el paso que aquí damos para entender la mentira va más allá, dando importancia al inconsciente. La Verdad queda así como un elemento cualitativo sentimental, que otorga a una mentira un rango de confianza en orden a recuperar su uso en una circunstancia dada, y tratar de señalar los embustes ajenos queda como un instrumento de precaución para mantener la certeza emocional del sistema nervioso (pese a la dificultad de poder identificar los engaños más elaborados). El carácter “bueno” o “malo” de una mentira quedaría así sometido, lejos de aseveraciones moralistas estáticas y cuasi metafísicas, a su comprobación empírica, testeando su utilidad y completud en un largo proceso evolutivo social: la evolución semasiológica de un lenguaje, la institución de la propiedad, el Derecho… serían ejemplos de campos de batalla de interpretaciones personales en pugna por mantenerse como principio verdadero universal (o como lo llamaba Leoni, “reclamaciones”); y todas ellas mentiras, no en tanto engaño (que implica dolo, y que antes mencionábamos en boca de Gelio como mentiri) sino como construcción simbólica de la realidad social, y añadiría instintiva, en tanto unida al ámbito de la operatividad neuronal obediente del ADN y no de nuestra potestad (si bien con matices).