DESTRUIR ESPAÑA DESDE DENTRO

“Duelo a garrotazos” o “La riña”. Francisco de Goya (1746-1828). Öleo sobre revoco, trasladado a lienzo. Museo del Prado. Madrid.

“Duelo a garrotazos” o “La riña”. Francisco de Goya (1746-1828). Öleo sobre revoco, trasladado a lienzo. Museo del Prado. Madrid.

                          

        La injusta incomprensión de España y lo español, especialmente dentro de nuestras fronteras, es uno de esos hechos tozudos que constituyen una constante histórica. Decimos injusta, porque si hay una nación—otrora imperial—que tuvo un proyecto civilizador universal de altos vuelos—social, política y moralmente—, esta es España. Y aun hoy en día, a pesar de la continuada traición de nuestra clase política, conjurada contra nuestro Estado nacional, España sigue siendo una gran potencia económica, cuya vida social es, posiblemente, la más humana, civilizada y cordial de todos los países europeos, con diferencia. Incluso quienes hablan sistemáticamente mal de España y la desprecian—maldita sea su sombra—, no la cambiarían por ningún otro país.

        La contumaz Leyenda Negra antiespañola, asumida estúpidamente por amplias capas de nuestra sociedad, y extendida principalmente entre la casta gobernante, opera como elemento disolvente y desmoralizador de la vida pública y privada. La pervivencia en nuestro idioma del ya secular y recalcitrante latiguillo, utilizado por primera vez por Larra, «en este país», para referirse a España, expresa a las mil maravillas ese perverso estado subjetivo de opinión.

        La historia de España durante los dos últimos siglos, puede ser interpretada como el proceso de construcción de una nación política, es decir el intento de crear un Estado constitucional, homologable con los que por esa misma época se crearon en el mundo occidental—como EEUU y Francia—, sobre el sustrato de una antigua nación histórica y los restos de un gran imperio.

        Sin duda alguna, el camino se había ido recorriendo con éxito, aun en medio de grandes dificultades, hasta el final del franquismo, mas a partir  la llamada Transición, con la Constitución de 1978 y la implantación del Estado Autonómico, el proceso se ha invertido.

        Craso error fue dotar a las Autonomías de instituciones estatales—gobiernos, parlamentos, policía, embajadas  y todo tipo de transferencias de servicios públicos—, hecho que ha permitido el fortalecimiento de las insolidarias y sediciosas oligarquías regionales bajo el desleal dominio de los partidos políticos, esos entes parásitos del Estado que se han convertido en la peor de las plagas que atenta contra la sufrida nación española.