NO SE DEBE EMBARRAR NUNCA

Diógenes buscando a un hombre justo, de Jacob Jordaens (1642, Gemäldegalerie Alte Meister) Imagen Hans Peter Klut y Elke Estel-0.PNG

Los partidos políticos carecen obviamente de filtros morales a la hora de reclutar a sus afiliados, y a veces incluso entrañan requisitos objetivamente malos que exigen a sus afiliados para ser candidatos. Existen en todos los partidos políticos de España cuadros medio-altos, especie de jefes de peronal, que tiene el cometido infame e indecente de sacar de las candidaturas a aquellos que no son lo suficientemente capaces de embarrar o emporcar la arena o palestra de la política. Pero estos miserables, cuya existencia supone una necesidad del “aparatik”, como el Lucca Brassi de El Padrino, están muy equivocados; el pueblo español desaprueba los malos modales de chonis y verduleras, gañanes y chulo-piscinas, y las calumnias como arma política. Por el contrario, no hay cosa que más le guste al pueblo que la verdad, la buena educación, y el discurso, aunque ingenioso, simpático y hasta con un poco de picante, en el fondo comedido a la vez que valiente. Estos torvos funcionarios de los partidos, que eliminan de la carrera política a los hombres rectos por serlo, y por resistirse a hacer el mal, injuriar o emporcar, son los causantes muchas veces de que lo moralmente peor del Partido ascienda a los primeros puestos. Dicho de otro modo, el nivel de decencia moral del colectivo humano que forma los partidos políticos, será siempre inferior al nivel medio de la moralidad de nuestra sociedad, mientras el aparato siga exigiendo utilizar las armas de la mentira, la injuria y la ofensa gratuita contra el prójimo, sin importar el dolor moral que eso pueda causar. Y esto es altamente peligroso para una sociedad pilotada por los partidos políticos. Si hay más cabrones en los Partidos que fuera de ellos – hecho absolutamente demostrable – la sociedad verdaderamente está perdida. El único remedio es la vuelta a los valores que fundamentaba el humanismo clásico, que hoy es como decir que nuestra salvación está en la luna. Pero, en fin, uno, aunque raro, trata de ser decente, y no caer jamás en la servidumbre, y seguimos viendo en el renacimiento de los clásicos la salvación de la política europea, y fundamentalmente de la española, que la suele hacer la peor canalla.

    Estoy convencido de que la sociedad española “siempre a la larga” acaba premiando y castigando los niveles de honradez, integridad y moralidad que tienen los miembros de los partidos políticos en las elecciones. Quizás no con la rapidez deseada, pero siempre lo acaba haciendo. A cada cerdo le llega su San Martín. La sensibilidad moral de un pueblo también se expresa cada vez que hay que ir a votar. Da lo mismo Orense que Valdepeñas. No sólo los programas, por sesudos que sean, y la propaganda desaforada, siempre pensada para débiles mentales, explican los resultados electorales, sino también la calidad humana – o la falta de ella - de quienes se presentan. Y ya nos dice Plutarco que es imposible disimular los vicios cuando se hace política.

    Nunca hay que olvidar la verdad que más se olvida, que no es el programa político lo que el pueblo vota, ni siquiera un Partido – que sólo los afiliados tienen el deber de conciencia de votar – sino al hombre. Por eso el comediógrafo Menandro decía que “es el carácter del político el que persuade, y no su discurso”. En el fondo, el pueblo, los electores, como un Diógenes perseverante con su candil, sólo busca hombres verdaderos, hombres honrados, sólo le interesa el hombre, y sabe distinguir muy bien al miserable del honrado. Y el hombre al que el pueblo busca se revela ante él por lo que “singularmente” él dice, y la forma de decirlo, nuestras palabras dicen todo lo que somos y hemos sido y seremos, el hombre se expresa y define con las palabras propias que lo identifican. Por eso los clásicos sostenían que a un pueblo y a una ciudad hay que conducirles, sobre todo, por las orejas. Es el gobernante como hombre con unas cualidades propias el fin de cualquier cita electoral, y ése es el único sentido que tiene el concepto de “democracia representativa”, término acuñado casi a la vez por  el filósofo Jeremy Bentham y el “founding father” Alexander Hamilton.

   Más aún, la vida privada del político será siempre un asunto público para el pueblo, porque sus problemas privados muchas veces pueden llegar a ser la causa de los problemas públicos. Debe ser siempre humilde, atribuyendo a las virtudes del pueblo el éxito de sus acciones.

   No debe ser nunca el buen político quien produzca las tempestades, ni debe abandonar su puesto cuando ellas asalten la patria, la región o la ciudad, sino intentar ser siempre el ancla sagrada del orden y el bienestar. El hombre que se enriquece con los fondos públicos o la prevaricación es un ladrón de templos y tumbas, decían los romanos, y la frase tiene una profundidad patriótica. El buen político tratará siempre que reine entre aquellos compatriotas que viven juntos la concordia y la amistad, y hará todo lo posible por suprimir las disputas, las discordias y toda enemistad.

    Hace diez meses el Partido Popular, pilotado por Pablo Casado, con la ayuda fiel de Teo García Egea, ha iniciado un camino en que la virtud personal será el fulcro decisivo para llegar al poder. El camino estará lleno de grandes piedras y espinos que habrá que quitar y desbrozar, pero este rumbo es absolutamente necesario para el bien de España, la democracia representativa y la continuidad histórica del Partido Popular. Sólo una revolución moral en el interior del Partido podrá alejarlo del peligro que entraña una situación estacionaria, con su consiguiente inmovilidad, debilidad, inactividad, apatía e inercia. Sólo la autoridad moral es la verdadera autoridad, la que movilizará todos los espíritus de los hombres honrados y dignos para integrarse en el Partido que gobernará dentro de cuatro años España.