LA REPRESENTACIÓN: IDEAS Y ESPECTÁCULO (III) El diputado de distrito en el horizonte histórico: los comienzos

“Alegoría del mal Gobierno” (1338-1339) Ambrogio Lorenzetti (1285-1348) Fresco pintura Prerrenacimiento en el Salon de los nueve (o sala del Consejo) en el Palazzo Pubblico. Siena.

“Alegoría del mal Gobierno” (1338-1339) Ambrogio Lorenzetti (1285-1348) Fresco pintura Prerrenacimiento en el Salon de los nueve (o sala del Consejo) en el Palazzo Pubblico. Siena.

En el artículo anterior indicamos la gran importancia histórica del diputado de distrito. Es la figura política indiscutible de la primera época de democracia liberal, tanto por su relevante función parlamentaria, legislativa y gubernativa, como por representar «personalmente» a los ciudadanos electores de una porción del territorio nacional y, al mismo tiempo, a los de toda la nación, así se entendía.

        En cierto modo esta doble representación, local y nacional, resultaba muy útil al estar referida al territorio, base o raíz del ordenamiento jurídico-político del Estado constitucional que se trataba de fortalecer en sus dos vertientes, local y nacional. Además, el individuo en esa época se hallaba ligado mucho más profundamente que ahora a su comunidad vecinal inmediata.

       La idea del Estado nacional va unida indisolublemente a la de centralización política. La nación es estatal, comprende un territorio y constituye un cuerpo institucional único o unificado. Las nuevas naciones estatales―o estados nacionales, tanto da, pues son las dos caras de una misma moneda―adquieren su fuerza política, o se refuerzan, mediante la creación de una organización política y administrativa centralizada; en definitiva, tratan de vertebrar un Estado fuerte, bien estructurado, protegido de sus enemigos exteriores e interiores por el ejército y las fuerzas de orden público. El diputado de distrito era una pieza importante de dicho engranaje.

        Como dicen María Sierra y colaboradores, en su libro Elegidos y elegibles (Marcial Pons, Historia. Madrid, 2010): «… todos los aspectos representables del individuo (su clase social, su profesión, sus intereses privados o públicos) estaban, en definitiva, recogidos y contenidos por su pertenencia a un determinado territorio, de modo que la vecindad o el paisanaje podían convertirse en una garantía de la similitud entre representante y representado y en una forma de expresión del interés compartido.

        Después de todo, la nación no dejaba de ser esencialmente una realidad geográfica y el territorio podía vanagloriarse de ser el depositario de un valor tan plausible como la propiedad, que enraizaba al individuo en el seno de su comunidad y lo impregnaba de las virtudes del “interés común”.»

        En suma―concluyen estos autores―, la representación política se concibió hasta finales del siglo XIX como una representación de «los lugares» más que de los «individuos».

        En este contexto, el diputado de distrito ideal era un propietario u hombre acaudalado, cabeza de familia, independiente económica y políticamente, patriota, desinteresado, provisto de unas virtudes morales e intelectuales elevadas. En suma: un ciudadano virtuoso y  esclarecido, es decir, superior intelectualmente, en posesión de grandes y variados conocimientos. En palabras de Felipe de Aner, diputado de las Cortes de Cádiz, los titulares de la representación, es decir, los diputados de distrito, debían de reunir tres cualidades fundamentales: «probidad, patriotismo e ilustración».

Los diputados solían ser en su mayoría hombres de leyes, licenciados en Derecho o abogados―al tiempo que propietarios, empresarios, funcionarios o periodistas―, de acuerdo con las importantes funciones, de orden jurídico, administrativo y político que habían de realizar en el nuevo estado nacional; cultos y con frecuencia buenos oradores, además de publicistas, escritores o historiadores.

No hace falta decir que sabían hablar, leer y escribir correctamente. Eso se daba por supuesto. Por lo general, eran notables o grandes personalidades públicas. Brillaban en el foro, en el Congreso, en los círculos sociales y en sus lugares de residencia. Hoy, esta institución se halla repleta de diputados anónimos e individuos callados y sin currículum. Las personalidades escasean y proliferan  las mediocridades.

        En el próximo artículo, abordaremos la figura del diputado de distrito en la segunda fase de la democracia liberal, a la que nos referiremos como «democracia de masas o de partidos».