LA REPRESENTACIÓN: IDEAS Y ESPECTÁCULO (II) Entre bastidores

“Plaisirs du bal” (1717) Antoine Watteau (1864-1721) Dulwich Picture Gallery Londres.

“Plaisirs du bal” (1717) Antoine Watteau (1864-1721) Dulwich Picture Gallery Londres.

En el artículo precedente dedicado a este tema, expusimos la idea de que la representación política es una función, entendida en el doble sentido de instrumento y espectáculo, al servicio del buen gobierno o del gobierno a secas.

        Al hablar de la representación en la democracia sugeríamos que el verdadero poder no se halla en el escenario político, sino detrás de él, en el espacio velado donde operan las fuerzas oligárquicas que lo sostienen.

Si el término «democracia representativa», conceptualmente constituye un oxímoron, fácticamente es una imposibilidad. En realidad, la llamada democracia, en todas sus formas, es una especie de tramoya,  un dispositivo, más o menos perfeccionado e ingenioso, dispuesto para aparentar que «el pueblo», «la gente», «los ciudadanos», o simplemente «los electores»―usamos estos términos según sea el grado de abstracción que queramos emplear―gobiernan, por medio de sus representantes. De este modo se pretende atraer a aquellos espectadores al proscenio del drama político, lograr su consentimiento, y si es posible su aplauso. 

Este es el pintoresco artefacto democrático de nuestros días, propio del espejismo en el que se desenvuelve, al igual que la farándula, la política en general.

Como afirma el profesor Dalmacio Negro en su opúsculo La ley de hierro de la oligarquía (Madrid, 2015), “los gobiernos son siempre oligárquicos con independencia de las circunstancias, el talante, los deseos, las intenciones, la voluntad, las pasiones, los sentimientos y las ilusiones de los escritores políticos, de lo que digan los políticos autoengañándose o para engañar a los demás, y de lo que esperan o tal vez temen los gobernados, sean o no electores”.

Mucho más sincera y acertada que la mayoría de las interpretaciones de la democracia hoy circulantes, fue, a mi juicio, la de los fundadores de la democracia en los Estados Unidos, quienes a la forma de gobierno allí instaurada, llamaron gobierno representativo, oponiéndola a la democracia griega o asamblearia. Aquellos políticos liberales afirmaban expresamente que la forma de gobierno que estaban constituyendo era, material y formalmente oligárquica, aristocrática y republicana.

        Un gobierno compuesto por elegidos, es decir, por una élite de ciudadanos distinguidos, opuestos y superiores, por su elevada formación y capacidad, a la masa informe de ciudadanos sin cualificar, se ocuparía de manera solvente de dirigir el rumbo de la naciente república.

        El liberalismo nunca pretendió ocultar el carácter oligárquico de los gobiernos representativos, sino que, por el contrario, hizo gala de ello, otorgándole la legitimidad y el sello de lo selecto y lo aristocrático. Su sistema electoral fue por ello censitario, es decir, restringido a una minoría selecta de electores y elegibles, encargada de dirigir los nuevos estados.

El nacimiento de los estados nacionales trajo de la mano la democracia liberal y la figura del diputado de distrito. El diputado era fundamentalmente un legislador nacional, una figura de gran influencia política dentro del Estado, que a la vez gobernaba en el territorio del que procedía. Un poder a la vez nacional y local.

        En las democracias de la primera hornada, la política se escenifica, sobre todo, en los parlamentos y se ejerce en el distrito. Además, el parlamento, el poder legislativo, es la institución fundamental, de la que emana el gobierno, quizá con la excepción de los Estados Unidos de Norteamérica, donde el presidencialismo refuerza desde el primer momento al poder ejecutivo, es decir, el poder del gobierno, conforme a una visión más realista y práctica del poder político.

        Fue en una etapa posterior, al aparecer las masas en el escenario, junto con los partidos de clase y el sufragio universal, cuando comienza a utilizarse la expresión «democracia» para referirse al gobierno representativo, atribuyendo entonces al pueblo la titularidad del poder político―¡como si ello fuera posible!―, y a los partidos, los nuevos actores políticos, la facultad o prerrogativa de representarlo.

        Lo que había cambiado, en efecto, era el tipo de representación, es decir, el modo de selección o, por así decirlo, la naturaleza de los gobernantes, pero sin alterar sustancialmente la forma del gobierno, ni, por supuesto, el carácter oligárquico de la sociedad política. El gobierno ya no estaba en manos de gobernantes selectos, elegidos por sus méritos individuales, sino de hombres de partido, reclutados y sometidos a la dirección y disciplina de las nuevas organizaciones políticas, emanadas de la parte más activa e influyente de la sociedad, ahora dividida en clases, grupos y subgrupos.

        Palabras como democracia y pueblo se han venido empleando desde entonces con manifiesta imprecisión para ocultar la verdadera esencia del poder «democrático». A saber, que la dirección y el mando de cualquier sociedad democrática es ejercido por miembros pertenecientes a una o varias de las oligarquías en pugna que normalmente existen en ella, algunos de los cuales ocupan los cargos visibles de poder. Son los representantes, o sea, los actores políticos, quienes escenifican para todos la obra diseñada por una minoría.

        No hace falta insistir en la importancia que puede llegar a tener en este contexto, para bien o para mal, la calidad técnica, moral e interpretativa de dichos representantes.