LA REPRESENTACIÓN: IDEAS Y ESPECTÁCULO (VI) El diputado en la democracia de masas

“La bóveda del Congreso de los Diputados de España” (1850) Pintura al fresco por Carlos Luis de Ribera y Fieve . Artista español nacido en Roma y pintor de cámara durante el reinado de Isabel II. Madrid.

“La bóveda del Congreso de los Diputados de España” (1850) Pintura al fresco por Carlos Luis de Ribera y Fieve . Artista español nacido en Roma y pintor de cámara durante el reinado de Isabel II. Madrid.

 

        En los artículos anteriores habíamos estudiado la institución representativa y la figura del diputado de distrito durante la primera fase de la democracia liberal, término consagrado para denominar a la democracia moderna, sobre todo en sus inicios, pero sin duda equívoco, pues aquellos gobiernos representativos fueron más liberales que democráticos y, desde luego, marcadamente oligárquicos o «aristocráticos».

        El diputado, ya lo dijimos, estaba estrechamente unido a la circunscripción donde era elegido y aspiraba a representar los intereses de los electores residentes en ella, aunque representara también, al menos simbólicamente—así se afirmaba—,  los «intereses generales» de todos los ciudadanos, al contribuir mediante la deliberación parlamentaria a la formación de la opinión pública y a la elaboración de las leyes. Se creía que  de igual modo que existía una soberanía nacional, había un interés general, un bien común o una voluntad general.

        En España, como en la mayoría de los países de régimen liberal, los representantes realizaban además tareas de gobierno, tanto locales, en el distrito, como nacionales, a través de los gobiernos parlamentarios. Parece evidente que la representación moderna se mezcla o se confunde con la acción ejecutiva del gobierno—con el poder político en suma. Los representantes elegidos para representar son también gobernantes, hecho políticamente novedoso y sin duda alguna cuestionable.

        Con el advenimiento del sufragio universal y la entronización de los partidos políticos, se inicia la segunda etapa del proceso democrático liberal, y aparece la democracia de masas. Para calificarla, se empieza a utilizar de forma creciente el término democracia representativa, que resulta también impreciso, pues la representación personal decae o desaparece, y la representación en manos de los partidos políticos se transforma en otra cosa bien diferente, aún más ambigua si cabe, despojando a aquella de sus virtualidades representativas al subordinarla por completo a la acción gubernativa.

        La figura del diputado de distrito, fue, quedando oscurecida, poco a poco, por la enorme sombra de los partidos políticos, incluso en los países que conservaron en parte aquel ordenamiento institucional primitivo; completamente opacada en las llamadas democracias de partidos de la segunda época, y muy especialmente en los llamados «Estados de partidos» surgidos tras la Segunda Guerra Mundial.

        Es entonces cuando el partido pasa a primer plano y empieza a hablarse de diputado como perteneciente al partido tal o al partido cual, rebajando su importancia individual.

Medallón central de la bóveda del Congreso de los Diputados nos muestra a Isabel II acompañada de El Cid, Cristóbal Colón, Saaavedra Fajardo, Campomanes, Jovellanos, Mariana Pineda, Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Juan de Herrera, Velázquez y Berruguete. Madrid.

Medallón central de la bóveda del Congreso de los Diputados nos muestra a Isabel II acompañada de El Cid, Cristóbal Colón, Saaavedra Fajardo, Campomanes, Jovellanos, Mariana Pineda, Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Juan de Herrera, Velázquez y Berruguete. Madrid.

        En teoría política, del concepto de representación personal se pasó al de representatividad o representación proporcionalista, entendida esta “como similitud entre los representantes y los representados, como reflejo de estos en aquellos”. Según ella, el mejor gobierno sería aquel que representara de manera fiel las diversas clases de ciudadanos, es decir, los diversos grupos sociales—no a los electores del distrito, a la circunscripción como tal  o a la nación misma—, y los partidos políticos serían los encargados de tal representación.

Había nacido un nuevo concepto de representación colectiva, por clases o grupos sociales que desvirtuaba la idea de representación personal y, con ella, la figura del diputado de distrito, relegándola a un segundo plano.