LA REPRESENTACIÓN: IDEAS Y ESPECTÁCULO (I) Introducción

“Comediantes franceses” (1720) Jean Antoine Watteau (1684-1721)

“Comediantes franceses” (1720) Jean Antoine Watteau (1684-1721)

                                

        Un aspecto poco conocido de la democracia representativa, que atañe tanto a la esencia como al ejercicio de esta forma de gobierno, consustancial al mundo contemporáneo, es su carácter dramático, es decir, su naturaleza teatral. A pesar de que el adjetivo «representativa» parece indicarlo, no solemos medir adecuadamente el alcance de su significado.

        El profesor Manuel Casado Contreras, en el prólogo al libro Sobre la democracia representativa de Enrique Cebrian Zazurca (Zaragoza, 2013), al comparar la tarea del actor con la del político, sugiere que los aspirantes a cargos de representación política se formen como actores utilizando para ello el célebre método Stanislavski, cuyas virtudes técnicas y éticas enfatiza.

        Esta original mirada sobre la institución representativa, introduce a mi parecer, si bien de modo paradójico, un elemento de realismo fundamental para entender de manera correcta la democracia moderna, y, quizá, la política en general.

        La política―la democracia también―, es una función representada por unos actores ante un público espectador. Todos fingen que lo que ocurre en el escenario es real, aunque la verdadera realidad no está allí, sino que se halla oculta y opera entre bastidores.

        Toda acción política realista debe reconocer esta verdad. Se evitarían de este modo no pocos malentendidos y frustraciones entre los ciudadanos,  y, además, los políticos se verían en la obligación de adquirir la formación apropiada para realizar de modo solvente―con éxito y satisfacción―su papel.

        En contra de lo que habitualmente se afirma, el político―el parlamentario, el gobernante, el partido mismo―, no representa directamente al ciudadano o al elector de la misma manera en que lo haría un apoderado―procurador o abogado―en el ámbito del Derecho privado.        En la esfera privada, es cierto, el representante, autorizado mediante un poder, realiza un acto jurídico concreto a nombre de la persona del representado, cuyos efectos recaen inmediata y exclusivamente sobre este último; decimos, por ello, que este tipo de representación es real o verdadero. Y así debe ser.

        En el ámbito político, por el contrario, el representante realiza actos en nombre de representados a quienes no conoce―ni puede conocer―, sin que medie tampoco un poder o mandato personal, expreso y concreto, de los mismos―algo completamente inviable por lo demás.

        Los representados al elegir colectivamente a los representantes―se dice―consienten la actuación de estos, aunque dicha actuación no recaiga después, directa e individualmente, sobre cada uno de ellos, sino que los afecta de modo colectivo, general y más bien abstracto. La representación política no es, pues, real y verdadera, es una ficción. Pero hay que añadir al punto: una ficción consentida; necesaria y útil para el buen gobierno democrático.

El ciudadano sabe que los representantes a los que vota, probablemente no defenderán fielmente sus intereses particulares, ni obedecerán instrucciones concretas; no cumplirán siquiera el programa electoral, poco conocido por el votante, dicho sea de paso.

        La mayoría de los ciudadanos, poco consciente y reflexiva, aunque intuitiva, desea simplemente que los gobernantes sean personas competentes en quienes se pueda confiar. El ciudadano normal no es un ingenuo que se haga ilusiones, no suele comulgar con ruedas de molino, ni cree en falsas promesas electorales. Quiere, eso sí, asistir a un buen espectáculo político, interpretado por personas responsables, bien formadas, elocuentes y fidedignas, capaces de afrontar con garantía los complicados problemas que afectan a su vida en el seno de la sociedad y del Estado modernos. Y espera sentirse orgulloso, o al menos satisfecho, de la persona que ha elegido para representarlo.

        El diputado de distrito o representante personal, figura inédita en la España constitucional de 1978, podría encarnar en un futuro próximo ese papel, imprescindible en una democracia atractiva y creíble. Serviría para equilibrar y complementar la decaída función representativa de los partidos, actuando paralelamente como control y freno del gobierno. De ello diremos algo más en otro artículo.