LA APOTEOSIS DE RUBALCABA. Alfredo: Ruega por nosotros.

“El militar ateniense Alcibíades y Sócrates” (1776-1777) Marcello Bacciarelli (1731-1818) Barroco.

“El militar ateniense Alcibíades y Sócrates” (1776-1777) Marcello Bacciarelli (1731-1818) Barroco.

 

 

Occidente se ha educado durante siglos con las Vidas Paralelas de Plutarco, concretamente desde 1470, fecha en la que fueron traducidas al latín.

Plutarco fue analizó las virtudes griegas y romanas, desgranando la vida de  las personas que más sobresalían en ellas: La grandeza sencilla de Foción, la valentía y el sacrificio de Cicerón, la disciplina de Demóstenes, la inteligencia del Julio Cesar, la justicia de Arístides, la sabiduría de Solón, la prudencia de Fabio Máximo, las virtudes atenienses condensadas en el cerebro de Pericles, son solo algunos de los personajes que sirvieron de oriente, luz y guía a nuestros mayores y a sus hijos durante siglos.

Solo la influencia de Cicerón, que leía Medea de Eurípides cuando fue sorprendido por la espada asesina, fue tal, que el Papa Gregorio Magno estuvo tentado a destruir sus escritos, porque distraían al hombre de las Escrituras, al igual que ocurría con los grandes clásicos.

El humanista Erasmo de Rotterdam, decía que había escritos de paganos que no podían concebirse sin la inspiración divina: “Libre confieso que no puedo leer los escritos de Cicerón sobre la amistad o sobre la edad antigua, sin besar el libro”.  Emoción parecida, le provocaba la lectura de Platón sobre su maestro: “Me resulta difícil abstenerme de exclamar San Sócrates, ruega por mí”.

La influencia de los grandes hombres descritos por Plutarco, fue tal, que el papa Gregorio XIII ordenó elaborar un martirologio (matryr: testigo, logos: discurso)  que vio la luz en 1583. Esta obra tenía como fin dotar a los católicos de ejemplos a seguir de hombres que seguían la religión católica y contrarrestar de ese modo a los grandes hombres de una antigüedad profana.

En la mañana que fusilaron a Jose Antonio Primo de Rivera, permitieron que su hermano Miguel se despidiera de él diez minutos antes de recibir el plomo. Las últimas palabras de Miguel a su hermano fueron “Jose Antonio: ruega por nosotros”.

Decía Goméz Dávila que los hombres se conciben a imagen y semejanza de los dioses en los que creen. Yo añadiría que se conciben además capaces de realizar las hazañas de los héroes que sacraliza. Por este motivo, basta mirar a los héroes y los dioses de una cultura, para saber de la materia de la que están hechos sus miembros.

Alfredo Pérez Rubalcaba, por obra y gracia de los políticos y los medios de comunicación de masas, ha sido ascendido al olimpo de los héroes nacionales. Sus rivales políticos, inspirados por Rajoy, y sus enemigos, con su matador político Pedro Sánchez ejerciendo de maestro de ceremonias, han logrado ascender al difunto, al olimpo de los héroes contemporáneos, de los santos laicos, al martirologio de los hombres ejemplares.

Los méritos del finado según la unanimidad de los políticos españoles, repetidos cientos de veces por los medios de comunicación de masas, son dos relacionados con el Estado: Era “un hombre de estado” y su actividad política había estado vinculada al Estado y su “servicio”. Como muestra de la apoteosis de Rubalcaba, se decretó un luto oficial, como homenaje a estos grandes méritos.

Es cierto que Rubalcaba fue un hombre que puso al estado a su servicio y al de su partido, mientras el PSOE estuvo gobernando con Felipe González y con Zapatero. Se sirvió del Estado desde sus cloacas y desde las atalayas ministeriales. Lo que es más que dudoso es que esto sea motivo de una apoteosis, salvo que se trate de un sarcasmo o de una operación propagandística digna del mismísimo Goebbels.

Cabe preguntarse qué clase de pueblo puede admitir como héroe ejemplarizante, al estilo de Foción o Pompeyo, a alguien cuyo mérito haya sido instrumentalizar el Estado para medrar en él, esquivando todo control del pueblo, para mantener el poder de su partido. Solo hay una respuesta convincente: Solo puede tomar como ejemplo a un hombre así, aquél pueblo educado para admirar a quien logra servirse del Estado y para ello es preciso un sistema educativo, que prive a los ciudadanos de la facultad crítica en lo que a política se refiere.

Alfredo Pérez Rubalcaba fue el autor de la LOGSE, la que cambió la EGB, y el COU por los sistemas de la ESO y el bachiller actuales que han situado a España en una de las naciones con peor nivel educativo de los países desarrollados.

Las consecuencias de este cambio educativo, son de una magnitud tal, que solo varias generaciones pueden enderezar el entuerto causado por Alfredo, siempre que contemos con un esfuerzo descomunal e impagable de la comunidad educativa. Mientras tanto, España seguirá a la cola de educación y con ello de la productividad, de la crítica política, del índice de GINI (igualdad), y de la renta per cápita, pues estos factores se incrementan necesariamente, si y solo si, se dispone de un sistema educativo que se encuentre entre los mejores de la vanguardia de mundial.

Otra consecuencia de este sistema educativo, es que un pueblo educado con la LOGSE, es muy capaz, como se ha demostrado, de posibilitar la apoteosis y la ascensión al olimpo de los héroes, de cualquier servidor del sistema que esclaviza al pueblo que lo alaba, lo maleduca, lo exprime y lo maltrata. No hay mejor homenaje al lobo que el balido unánime del rebaño que le canta sus loas.  

En vista de la situación en la que ha quedado el pueblo español y pensando que Alfredo Pérez Rubalcaba esté ya bien instalado en el altar patrio, solo cabe exclamar con la mano en el corazón: “Alfredo: ruega por nosotros”.