La herejía del Brexit y el culto a la UE

Esta semana hemos visto como la UE rechazaba la propuesta del gobierno británico para una salida de mutuo acuerdo de la Unión Europea. Ni siquiera con todas las concesiones de la propuesta de Chequers, acordada en un trágala por el gabinete tory, lo cual causó una gran tormenta con la dimisión del principal negociador David Davis y del ministro de exteriores, el exalcalde de Londres Boris Johnson.

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Para los burócratas de Bruselas, crecidos ante las bajas en el bando contrario, no era ya suficiente ni siquiera este acuerdo deshonroso y calificado por la prensa como un acto de vasallaje, donde se renunciaba a una parte de la soberanía, y lo más importante, se traicionaba la voluntad expresada por la ciudadanía británica en referéndum. Un crimen que de haber salido adelante hubiera sido el fin de la carrera política de muchos tories, e incluso podría dar lugar a escisiones en uno de los partidos más viejos del mundo, tema que aún está sobre la mesa.

Y es que en el Reino Unido importa mucho la tradición, y el consentimiento en política es un principio muy antiguo, ya en la Carta Magna se definía claramente que ninguna tasa podía se impuesta por el rey sin el consentimiento explícito de sus súbditos, muy diferente a la tradición continental donde las tasas son impuestos.

La maquinaria de Bruselas está acostumbrada a lidiar con pequeños estados miembros díscolos como recientemente le ha tocado a Hungría, al cual se le ha aplicado el artículo 7, que no es más que una adaptación de la doctrina Brezhnev de soberanía limitada. Algo tristemente conocido en el bloque del este, donde tras décadas sobreviviendo bajo la bota soviética se encuentran ahora tutelados por los comisarios no electos de Bruselas y su ideología socialdemócrata de puertas abiertas a la inmigración descontrolada.

No en vano se ha formado el grupo de Visegrado con Polonia, Chequia, Eslovaquia y Hungría, países todos que se han incorporado tarde al club europeo y cuya ideología y disvalores, todavía no les han calado tanto como en el centro y sur de Europa. Este grupo del este son una voz que se opone a la imposición germana de cuotas para inmigrantes, cuotas ausentes en los tratados y que obedecen únicamente a la voluntad hegemónica de Merkel y Macron, quienes intentan imponer su fanática visión de una Europa en donde las cuatro libertades fundamentales de libre circulación de personas, capitales, mercancías y servicios son más importantes que la voluntad de un país.

Afirmaba Macron como gran pompa “Tenemos principios muy claros con respecto a la integridad del mercado único “.

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Como si estos acuerdos comerciales fueran una verdad revelada, una doctrina cuyos principios una vez establecidos no pueden ser jamás violados. Pero si nos paramos a pensar en el origen de estos dogmas de la fe europeísta nos tenemos que preguntar por el origen de esas sacrosantas libertades europeas, las cuales como todas las libertades son otorgadas por una autoridad nacional o internacional. Como el ámbito de dichas libertades es toda la UE entonces está claro que nacen de una autoridad supranacional que se impone a los estados nacionales, reduciendo su soberanía a mera suzeranía o vasallaje.

Estos sermones tan descarados como habituales últimamente, por parte de los que mueven los hilos de la tramoya de Bruselas y consideran herejes a todo aquel que no siga su doctrina, han espoleado al gobierno británico, cuyo acuerdo de Chequers no convencía ni dentro ni fuera de las islas, y ha provocado unas declaraciones de la primera ministra en las que defendía unívocamente la integridad del Reino Unido y el respeto absoluto al resultado del referéndum, lo cual nos aboca a un Brexit sin acuerdo ya que según Theresa May “Un mal acuerdo es peor que salir sin acuerdo”

No obstante, no podemos descartar un acuerdo de última hora, que salve del precipicio a los exportadores europeos ya que la voluntad punitiva de la Unión puede suponer tirarse piedras contra su propio tejado, especialmente en horas bajas para los partidos del establecimiento continental, que ven un tsunami de partidos, el ultimo los Demócratas Suecos, que traen de vuelta al debate político a los estados nacionales cuya soberanía e integridad deben ser los fundamentos de cualquier integración continental. Una autentica herejía, otra más, para la doctrina de Bruselas.