Claves de la Transición V

V: Auge y Caída de la oposición antifranquista (II)

El PCE por su parte era el único gran partido de oposición a Franco y al régimen franquista, el que asumía con sangre, sudor y lágrimas la mayor parte del esfuerzo y del coste de la oposición antifranquista. Durante la dictadura se había constituido, con Carrillo a la cabeza, como un poderoso y disciplinado partido clandestino con buenos apoyos internacionales, aunque la realidad por otra parte es que todos los intentos de atraerse al ejército, o a la sociedad en general, habían fracasado a diferencia del caso portugués.

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En parte ello se debe a que España no era un país con fuertes tradiciones comunistas (menos aún gracias a la larga dictadura franquista) y de hecho la fuerza del PCE también radicaba en su postura antifranquista más que por ser comunista. Por eso tras su pacto con los franquistas pasó de ser una potente organización clandestina a ser un pequeño partido estatal, que no tardaría en quedar neutralizado políticamente. Curiosamente lo que bajo Franco no se consiguió en toda su vida se consiguió con Juan Carlos I en pocos años. (Ver[1])

Partiendo de un enfoque inicial radical, que pretendía derribar el régimen a través principalmente de grandes movimientos huelguísticos, terminó por pactar moderadamente con el enemigo desactivando las movilizaciones sociales. Como diría Carrillo años más tarde: “La oposición no tenía fuerza para derribar la Dictadura. De hecho, la mayor parte de todo lo que hemos considerado como oposición democrática nunca tuvo la voluntad de derribarla, sino de heredarla”.

Antes de que se consumara ese cambio de tendencia oficial hubo un último intento rupturista a través de la unión, el 26 de Marzo de 1976, de la Junta y la Plataforma dentro de la llamada Coordinación Democrática (llamada también Platajunta por la prensa). Esta plataforma civil reunió a la gran mayoría de las principales fuerzas antifranquistas, cuyas élites pasados unos meses acabarían por negociar las bases para moderarse y pactar una reforma con el Gobierno Suárez. (Ver[2])

Ya en sus primeras declaraciones moderaban su discurso limitándose a la crítica del Gobierno Arias y a “la realización de la ruptura o alternativa democrática mediante la apertura de un periodo constituyente”. Empezaron a desaparecer las críticas rupturistas contra la monarquía y contra los franquistas heterodoxos, siendo un gran punto de inflexión en los cambios que posibilitarían el mutuo acercamiento y entendimiento posterior.

Es a partir de marzo cuando la oposición terminó de perder la confianza en sí misma y reconfiguró visiblemente su estrategia, acercándose a la reforma que el monarca empezaba a encarnar. Con ese fin se acuñaría más tarde la expresión de “ruptura pactada” que Carrillo explicaría a sus militantes, viniéndoles a decir en pocas palabras que si no aceptaban el pacto podría haber una guerra civil o situaciones de extrema violencia.

En cuanto a esto último hay que añadir la importancia del llamado “ruido de sables”. El miedo a una gran violencia política ayudó a justificar la reforma, posible y segura, frente a una ruptura supuestamente peligrosa y llena de incertidumbres. En ese sentido del mismo modo el temor a una guerra civil o conflictos sangrientos, ya de por sí enorme entre las huelgas, las manifestaciones o el terrorismo, influyó también entre los sectores conservadores para aceptar la reforma de Juan Carlos como una vía a la superación realista de problemas e incertidumbres.

A pesar de lo expuesto la Platajunta en sus primeros momentos supuso una verdadera crisis para el Franquismo, paralizando los tanteos que se estaban haciendo con la oposición moderada para hacer la reforma. El acuerdo entre los organismos unitarios superando rivalidades había llevado a la creación de Coordinación Democrática, que luego la prensa bautizaría como Platajunta, como el gran organismo unitario de una oposición rupturista aún más unida, fuerte y amenazante frente a un Franquismo en crisis.

La reacción del Régimen no se hizo esperar, el entonces ministro Fraga tomó la decisión de encarcelar a los principales líderes de la Platajunta para intimidar con un golpe de fuerza que dejase claro que no se aceptarían maniobras rupturistas. Mientras tanto se reanudaron los tanteos a la oposición con éxito para que aceptaran esa integración que los rupturistas amenazaban con sabotear. A partir de marzo del 76, todavía con Arias en el Gobierno, la mayoría de los integrantes de la Platajunta empezaron paulatinamente a decantarse abiertamente hacia la reforma frente a la ruptura, tanto el PCE como el PSOE y el Consell se mostrarán  partidarios durante los últimos meses de Arias a pactar una reforma democrática. (Ver[3])

Entre los detenidos estaba García-Trevijano, quien estuvo 4 meses en la cárcel hasta la salida de Fraga del Ministerio de Gobernación. (Ver[4]) La Platajunta acusó esa ausencia entrando en una etapa apática, causada en buena parte por la falta de voluntad del PSOE y de PCE. Poco después de la reincorporación de García Trevijano a la acción se llevaría a cabo una difamación en su contra por parte del PSOE (Ver[5]), organizándose una amplia campaña mediática que le acusaba por casos de corrupción política y económica en Guinea Ecuatorial, la antigua colonia española a la que ayudó en su lucha por la independencia. (Ver[6])

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Los partidos ya no necesitaban a su antiguo coordinador y le apartaron de la política activa, siendo incapaz de recuperarse de la traicionera difamación del PSOE. (Ver[7]) Para antes de la llegada del invierno la Platajunta ya era cosa del pasado, las élites antifranquistas reformistas habían acordado acabar con los organismos unitarios de oposición, las acciones colectivas, las reclamaciones rupturistas e incluso con la causa republicana (con la que se habían venido identificando activamente en los inicios). Fue el principio del fin del movimiento antifranquista, como diría Felipe González ·”es la hora de los partidos”. (Ver[8])

En resumen el cuadro político a grandes rasgos se reducía a 4 tendencias que terminaron por concretarse en tres: continuistas, reformistas del régimen, reformistas de la oposición y rupturistas. Los heterodoxos de ambos bandos acabarían por entenderse gracias a la mediación del rey, que neutralizó junto con la derecha personificada en UCD y AP a los sectores continuistas a la par que principalmente Carrillo, como líder del PCE, contuvo a los rupturistas que pudieran surgir desde la izquierda. Aunque no eran barreras de contención perfectas si sirvieron de manera efectiva al proceso constituyente que supuso la Transición, dándole la suficiente estabilidad y legitimidad ideológica.

Es importante señalar que el simple hecho de que el gobierno tuviera que plegarse a negociar con la oposición clandestina era un signo evidente del hundimiento del Franquismo. El éxito de la estrategia de la Ruptura Democrática era cuestión de tiempo ya que la legitimidad del régimen de Juan Carlos, franquista en tanto que heredero directo, se desgastaba cada vez más ante un empuje rupturista que lejos de fracasar había mostrado ser muy eficaz.

Sin embargo al final la élite dirigente de la oposición, con el PSOE, el PCE y los principales grupos catalanes a la cabeza, decidieron no usar toda su fuerza, en parte por la creencia de no ser capaces de imponerse a la dictadura, y aceptaron pactar con el Gobierno de Suárez. (Ver[9])

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Ese cambio responde en buena medida a la exitosa consolidación de la monarquía de Juan Carlos en la primera etapa de la Transición, a medida que esos primeros meses iban pasando la oposición clandestina pierde la paciencia y se cree débil. Aquí entra también en juego la ignorancia política que imperaba entre la mayoría de los opositores, que afectó a la mayoría de las fuerzas políticas secundarias que temían quedarse marginadas. También al único partido de masas que existía bajo Franco: el PCE de Carrillo.

Javier Tusell destaca el efecto que tuvo  dicha consolidación para poder negociar con la oposición: “En definitiva, a la altura del regreso de los Estados Unidos, el Rey estaba en condiciones de hacer aquello que le resultaba imposible seis meses antes.” (Ver[10])

Las élites antifranquistas aceptaron la vía de la reforma a cambio de participar en ella, exponiéndolo ante sus bases como una victoria estratégica. El argumento era que ellos, en tanto que líderes de la causa democrática, eran garantía suficiente de la voluntad del Gobierno de realizar una verdadera transformación democrática del régimen. Esto se traduce en que al aportar ellos la legitimidad democrática a la reforma no había necesidad de abrir un proceso de libertad constituyente, bastaba un proceso constituyente que también estuviera dirigido por ellos.

NOTAS

  1. FÉLIZ TEZANOS, José; COTARELO, Ramón; DE BLAS, Andrés: La Transición
    Democrática
    ..., Pp. 543-581

  2. FÉLIZ TEZANOS, José; COTARELO, Ramón; DE BLAS, Andrés: La Transición
    Democrática
    ..., Pp. 557.

  3. POWELL, Charles: España en democracia 1975-2000…, Pp. 154-157.

  4. “Auto de procesamiento”, Informaciones (1 de abril de 1976).

  5. Los ataques del PSOE a García Trevijano son una difamación”. El País (2 de octubre de
    1976)

  6. García Trevijano habla de Guinea”, Arriba (20 de octubre de 1976)

  7. Esta campaña de difamación obedece exclusivamente a razones políticas”, Informaciones (20 de octubre de 1976).

  8. “El PSOE y la UGT explican su abandono de la reunión de Coordinación”, El País (25 de
    septiembre de 1976)

  9. “La oposición, ante la “ventanilla” de las asociaciones”, Informaciones (9 de octubre de 1976).

  10. TUSELL, Javier: La transición…p. 80.