Maquiavelo y el poder constituyente III

III. Por una política de la diferencia: la multitud tumultuosa.

Al comienzo de este ensayo apuntábamos la intrascendencia del debate entre el Maquiavelo republicano y el Maquiavelo monárquico. En efecto, ni los “principados” ni las “repúblicas” deben ser entendidos en cuanto clases de ordenamientos jurídicos (los cuales son la monarquía -gobierno de uno-, la aristocracia -gobierno de los mejores-, la democracia -gobierno del pueblo- y el mixto) [1], sino que apuntan al modo en que son producidos u originados os ordenamientos en general, esto es, no se refieren cuanto a la composición del sujeto que expresa la ley cuanto a la posición interior o exterior (inmanente o trascendente) que el propio sujeto mantiene respecto a la materia de su ordenamiento. [2] Así pues, no es sino este posible doble origen de la ley el aspecto central que justifica las dos obras “políticas” de Maquiavelo: posición inmanente (el tumulto y la multitud dan origen a las formas de gobierno) versus posición trascendente (el príncipe como fundamento trascendente de la ley). Mientras que la ley es siempre ley para todos, puede ocurrir, sin embargo, que

  1.  Todos convengan una (posición inmanente) o bien,
  2.  una se anuncie a todos (posición trascendente).

Aun cuando Maquiavelo analiza pormenorizadamente cada una de estas dos vertientes, interesa aquí en exclusiva el análisis de la primera de ellas, esto es, el estudio de una ontología de corte republicano centrada en el poder constituyente, así como el análisis de sus posibilidades de realización. Pues bien, esta vía, a posteriori interrumpida, comienza con el propio inicio de los Discorsi, por lo que mi intención en este apartado, no es otra que mostrar de qué forma  la multitud tumultuosa comienza siendo postulada por Maquiavelo como origen de las formas del gobierno.

Así, en Discursos, I 4, Maquiavelo señala que el tumulto es causa del mejor modelo político. En efecto, Maquiavelo se opone a la tradicional condena de dichas revueltas populares afirmando que los tumultos no son sino causa primera de la libertad de Roma: “creo que los que condenan los tumultos entre los nobles y la plebe atacan la causa principal de lo que fue la libertad de Roma, se fijan más en los ruidos y gritos que nacían de esos tumultos que en los buenos efectos que produjeron”. [3] La clave reside, pues, en que los tales tienen buenos efectos, pues “no engendraron exilios ni violencias en perjuicio del bien común, sino leyes y órdenes en beneficio de la libertad pública”. [4] De este modo, el secretario florentino presenta los tumultos en cuanto origen de la república de Roma. Además, éstos tiene su origen en la desunión de dos humores distintos: el de los grandes y el del pueblo, de tal modo que la lucha de ambas clases engendra le buena ley y la pública libertad a las que se hacían referencia supra.[5]

En efecto, lo que se está planteando ya al comienzo de los Discorsi no es otra cosa que la lucha de clases (por utilizar la terminología marxista) en cuanto motor mismo de la república romana, en la que el carácter objetivo del poder se impuso a cualquier preferencia subjetiva de clase, de modo que la ley aparece como expresión estricta de las potencias en juego: lucha de clases, lucha por la ley, indiscernibilidad del ser (fuerza de los hechos) y el deber ser (formalidad del derecho). Es un escenario donde, como señala con lucidez Fernández Vítores, la ley estaba viva en cuanto expresión de la geografía del poder. [6] En efecto, es la razón de la diferencia la que justifica la defensa maquiaveliana de un tumulto con sentido político. [7]

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A continuación, el otrora canciller de los Nove Della milizia introduce, a través de la exposición del ordenamiento jurídico dictado en las repúblicas espartana y veneciana y el obtenido accidentalmente por los romanos, la problemática concerniente al lugar donde debe descansar el poder judicial: los grandes o el pueblo. Los lacedemonios en la antigüedad y los venecianos en la modernidad, sitúan dicha vigilancia de la libertad en manos de los nobles, en cuanto que los romanos de la antigüedad la confiaron a la plebe. Maquiavelo se decanta por el modelo romano en la medida en que sostiene que debe designarse como guardianes de algo a aquellos que poseen menos deseo de usurparla: “y, sin duda, observando los propósitos de los nobles y los plebeyos, veremos en aquellos un gran deseo de dominar, y en éstos tan sólo el deseo de no ser dominados, y por consiguiente mayor voluntad de vivir libres, teniendo menos poder que los grandes para usurpar la libertad”. [8] Además, Maquiavelo señala que los desposeídos pueden usurpar menos que aquellos que poseen, aspectos ambos sobre la base de los cuales es preferible depositar el poder judicial en el pueblo. Por otra parte, tanto éstos últimos como los grandes muestran ambición, mas es claro que en la medida en que los grandes son más ricos y más poderosos, éstos tienen mayor facilidad para alcanzar aquello que no es suyo. Adviértase, pues, en este punto, que la justificación maquiaveliana soslaya la principal diferencia entre el modelo espartano y el romano (a saber, el modo de producción de la ley, de golpe y por accidente, respectivamente) en cuanto argumento, apuntando en lugar de ello a una suerte de “naturaleza” de clase en cuanto instancia legitimadora de su tesis, esto es, de la conveniencia de adoptar el modelo de la antigua república romana. [9]

A continuación, Maquiavelo se plantea la cuestión acerca de la viabilidad de la institución de Roma de un gobierno que dilapidase por la vía rápida la enemistad entre el pueblo y el senado, cuestión que el estadista florentino no puede por menos que responder de forma negativa, en la medida en que suprimir de Roma la causa de los tumultos hubiera equivalido a suprimir su nacimiento mismo. De lo anterior puede colegirse la apuesta maquiaveliana por una república tumultuaria (Roma) y el consecuente rechazo de una autocracia de tipo burgués: “hay pues, que tolerar aquellas enemistades entre el pueblo y el senado, considerándolas como un inconveniente necesario para alcanzar la grandeza romana”. [9]

Hemos visto pues, hasta este punto, que Maquiavelo se ha limitado a señalar las claves que hicieron de Roma una república perfecta: ordenamiento mixto y ampliable, por medio de un procedimiento necesariamente conflictivo o tumultuoso, profundizando en la lucha de clases y el disenso entre senado y plebe. En este sentido, la ley se encuentra en correspondencia directa con el equilibrio de las fuerzas en conflicto, ley viva, se dijo, que posibilita el surgimiento de un pleno de potencialidades que afirman la república romana como paradigma político. Las leyes siempre serán buenas en la medida en que logren crear una necesidad que origine a su vez virtud o poder, en que coincidan con un poder real existente, ya sea el mismo ley del poder o ley para el poder.

Cuando menos se hace aquí diáfana la apuesta maquiaveliana por un “política de la diferencia”. En efecto, frente a la vía florentina de Savonarola basada en la exclusión y la muerte a partir de la supresión de las diferencias, Maquiavelo se inclina por una diferenta generadora de unidad, orden y ley, de tal manera que sitúa a la multitud tumultuosa en el origen de las formas de gobierno. Así pues, las reflexiones maquiaveliana de los Discorsi nos han permitido extraer rendimiento teóricos que nos permiten afirmar, con I. Alejo, que, en efecto, “los Discorsi han preludiado, ya, toda una genealogía del tumulto y la revuelta”. [10]

Notas

[1] Maquiavelo postula a este respecto una teoría cíclica de la historia, expuesta al comienzo de los Discursos y tomada del historiador griego Polibio, según la cual el azar origina las diversas formas de gobierno, el número de hombres crece y surge la necesidad de unirse en torno al más fuerte y de mayor coraje; por otro lado, surgen conflictos que los hombres solucionan mediante la creación de leyes; así surge la monarquía (esto supone el rechazo de la teoría contractual del origen de la sociedad y el gobierno). La monarquía degenera en tiranía y posteriormente los grandes se sublevan contra el rey, el pueblo les sigue y le derrocan, dando lugar a la aristocracia. Ésta degenera en gobierno popular y, por último el pueblo se subleva requiriendo un nuevo amo, con lo que se cierra el ciclo.  Finalmente, Maquiavelo niega esto para establecer su teoría definitiva: el ciclo infinito de los gobiernos es sustituido por un Estado que dura, que tiene una forma distinta que las que figuraban en el ciclo, dado que se trata de otro tipo de gobierno. Es así como Maquiavelo abre su “nueva vía” ( Althusser, L. Op.cit., pp.96-97).

[2] Cf. Fernández Vítores, R. Op.cit., pp. 43-45.

[3] Discursos I, IV (p.39).

[4] Ídem.

[5] Cf. Fernández Vítores. Op. cit., p.36.

[6] Cf. Ibíd., pp.32 y ss.

[7] Adviértase, la permanente comparación que Maquiavelo lleva a cabo entre Florencia (república “real”) y Roma (república modélica). Así, mientras las revueltas de la plebe romana desembocaron en  la creación de los tribunos de la plebe el “Tumulto de los Ciompi” de 1378 acabó con la restauración de 1382,( Cf. Íbid., p.34). En efecto, el 22 de julio de 1378 irrumpirán destrozando Florencia, acrecentando la fuerza de los sometidos, como dirá Maquiavelo. Sin embargo, los Ciompi entrarán pronto en conflicto con las artes menores, pues estos se imponen y aspiran a conservar su poder. Los Ciompi serán derrotados y, dado que las artes menores precisaban de dichas clases bajas para mantener el poder, éste será recuperado por los miembros de las artes mayores y la preburguesía, de modo que tres años después de la revuelta de los Ciompi, las magistraturas creadas a partir de sus demandas han sido suprimidas, esto es, el conflicto ha fracasado en su expresión efectiva. Por el contrario, exilios y ejecuciones harán consciente a Maquiavelo de que en ese  momento histórico no era posible en Florencia que el pueblo ejerciese su poder, al modo en que sí era posible en los tumultos de la república romana. De ahí que Maquiavelo, en consecuencia, se ve impelido por la propia necesidad histórica (necesidad que, no obstante, no es absoluta, sino subjetiva en cuanto concebida como tal únicamente por el propio Maquiavelo) a postular una potencia mediadora, a saber, el propio Príncipe.

[8] Discursos I, V. (p. 41).

[9] Discursos I, VII. (p.48).

[10] Alejo, I. ‘Si no calientan los infiernos…’, en Riff-Raff: revista de pensamiento y cultura. (2005), nº 27, pp.29-39.  (p. 33).