Claves de la Transición II

II. La cultura

En lo que respecta a la cultura es importante resaltar la importancia de la religión y de la Iglesia española en particular, ya que gracias a Franco tenía la hegemonía cultural en España. Desde los inicios para el Franquismo se había convertido en un pilar legitimador esencial para la organización de la sociedad, especialmente por ser España un país con una fuerte tradición católica y por la falta de legitimidad de origen democrática que se necesitaba compensar.

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En la Transición se ve como la Iglesia, tras el Concilio Vaticano II de 1962-1965, fue tomando distancias de forma crítica con el régimen, pasando a tener finalmente una actitud de oposición ante regímenes autoritarios y defendiendo valores democráticos y reformistas. La escalada de conflictos con la Iglesia fue aumentando durante estos con enfrentamientos con obispos, sacerdotes y asociaciones de creyentes que supusieron un golpe muy duro para el Régimen. Ver [1].

Esos profundos cambios culturales tienen más aspectos que giran en torno a ámbitos como el del arte, el turismo, las universidades, la prensa, los sindicatos, la clandestina…toda una suma de elementos que potenciaron un rechazo cada vez mayor al régimen dictatorial, sometidos a la servidumbre voluntaria al poder por interés o por el miedo último a la represión. Todo ello es en buena medida consecuencia de la modernización económica de los años 60 antes mencionada, la mayor riqueza facilitó una mejor instrucción cultural y la formación de una conciencia política más fuerte.

Acontecimientos como el Mayo Francés, la Primavera de Praga y especialmente la Revolución de los Claveles portuguesa también influyeron notablemente en esa concienciación. Los valores democráticos, identificados en buena medida como equivalentes a los antifascistas, y de entre ellos especialmente los rupturistas, se extendían cada vez más entre la población en liza frente a los autoritarios y reformistas que sostenían al Franquismo.

Prueba de ello son por ejemplo fenómenos como las incontables protestas de trabajadores con un gran malestar laboral durante los años 70, las numerosas protestas estudiantiles (cerrándose universidades en varias ocasiones) y el auge del terrorismo. Todo ello fue aumentando notablemente intensificando la inestabilidad, Ver [2], los tiempos habían cambiado y las dictaduras ya no se legitimaban con la misma facilidad. El rechazo crecía imparable a medida que el régimen cada vez era más incapaz de asumir el coste político de reprimirlo.

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Hay que tener en cuenta que la libertad política o las libertades individuales no fueron arrebatadas por crueldad del dictador, ello fue un requisito que éste necesitó para hacer imposible el control de su poder. La represión en este sentido tampoco responde a un régimen sádico sino a la necesidad de impedir el ejercicio de libertades como las de expresión, asociación o manifestación, para la dictadura el reto era controlar el pensamiento para asegurar la cuestión legitimista y la sumisión de los suficientes. Pero el Franquismo había acabado alcanzando un techo moral, ideológico y político en un contexto cada vez más adverso y exigente.

En el ámbito económico la crisis de petróleo supuso otro duro golpe para la prosperidad económica del país, otro de los grandes pilares del Franquismo debido a que España, tras los años 60, se había convertido en una de las principales potencias industriales, el nivel de paro era muy reducido y en general se vivía una bonanza económica favorable con el desarrollo de un creciente Estado del Bienestar.

Sin embargo el efecto negativo de la crisis acabó con el “milagro español”, siendo en principio contenido por el Estado por el temor a aplicar unas reformas económicas cuyo coste político era inasumible. Ello también es reflejo de los profundos cambios en los fundamentos legitimistas del poder político, los valores democráticos se van imponiendo a los autoritarios y además éstos se ven más desgastados aún por las crisis económicas, perdiendo el sustento que les da la legitimidad de ejercicio.

El problema que suponía el impacto económico, que ya estaba dándose en otros países europeos, trató de ser combatido con las reservas de divisas pero con el tiempo terminó por provocar mayores problemas sociales y económicos (como en el caso de las provincias vascas). Hasta la consolidación de los Pactos de la Moncloa, ya finalizándose la Transición, no se superaría ese escollo (especialmente gracias al apoyo del PCE que tenía un gran control sobre el movimiento obrero español). Ver [3].

Finalmente están las circunstancias impuestas desde el ámbito internacional por la Guerra Fría. La incertidumbre del futuro español en el juego geopolítico de las potencias preocupaba mucho especialmente debido a la Revolución de los Claveles en Portugal de 1974, previa a la muerte de Franco en 1975. Los gobiernos de Estados Unidos (con Kissinger como actor destacado) y la Europa occidental (principalmente Alemania, Francia y Reino Unido) ya consideraban perdido el peón Portugués en el tablero de la Guerra Fría y por ello precisamente intentaron con éxito que no pasara lo mismo en España. Ver [5].

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Hasta entonces habían apoyado lo suficiente al Franquismo siguiendo la doctrina pragmática de la Guerra Fría, que legitimaba tener por aliados a regímenes autoritarios flexibles. En el nuevo contexto lo que buscaban era un cambio que mantuviera fuera del poder al PCE (los estadounidenses sobrevaloraron la amenaza del PCE, ignorando el fracaso que tuvo tanteando a los militares, por el miedo a que ocurriera como en Portugal con Coutinho, el “Almirante Rojo”) y consiguiera modernizar el régimen y estabilizarlo.

Todo ello responde también a una nueva etapa de la Guerra Fría, con un clima cambios importantes en el contexto internacional. En adición a lo expuesto en el caso de la Comunidad Europea y los EEUU se era favorable a una progresiva integración española desde los años 60, y especialmente desde el 74 empiezan a promover activa e internacionalmente los derechos humanos y los valores democráticos.

Para las potencias pesaba mucho en concreto la necesidad un régimen político confiable de cara a la integración en la OTAN. El firme compromiso de Juan Carlos I de establecer un régimen democrático moderno al estilo occidental, dentro de la esfera de influencia de las potencias capitalistas con un PCE domesticado, hizo  que tanto él como sectores de la oposición, principalmente el PSOE, recibieran apoyos del exterior que buscaban como fin impedir esa llegada al poder de los comunistas.

La falta de una legitimidad de origen democrática se trataría de compensar con la legitimidad de ejercicio. Ver [5]. El panorama político era inestable y preocupante tanto hacia fuera como hacia dentro del régimen, el propio Juan Carlos I no hubiera llegado muy lejos sino fuera por la petición testamentaria de Franco, a los españoles en general y al Régimen y a los militares en especial, para que le fueran fieles en tanto que sucesor suyo y continuador de su legado.

Siguiendo la interpretación de Raymond Carr y J.P. Fusi no era “tan sólo una crisis de gobierno, sino de algo más profundo: una verdadera crisis de Régimen”. El Franquismo se encontraba claramente deslegitimado, con contradicciones como la de ser un Estado católico condenado por la Iglesia, donde las huelgas y protestas se daban incontablemente aunque estaban prohibidas y se condenaba el liberalismo pero se buscaba una legitimidad democrática. Ver [6].

Notas

  1. El fenómeno que más contribuyó a la deslegitimación del régimen de Franco durante los sesenta y setenta fue sin duda alguna la postura crecientemente distante, cuando no abiertamente crítica, adoptada por sectores cada vez más amplios de la Iglesia Católica”. POWELL, Charles: España en democracia 1975-2000. Las claves de la profunda transformación en España. Barcelona, Plaza & Janés, 2001. Pp. 68-77.
  2. Para una mejor comprensión ver “El retorno de la sociedad civil y la oposición al régimen franquista”, en POWELL, Charles: España en… Pp. 47-68.
  3. Ver “La transformación económica de España”, en POWELL, Charles: España en…, Pp. 22-28.
  4. Si, por ejemplo, comparamos lo sucedido en España con la transición portuguesa, no cabe la menor duda de que en este caso tuvo una relevancia mucho mayor la intervención occidental, en especial en un momento en que pareció posible que la revolución de los claveles evolucionara hacia unas formulas muy poco democráticas. Las Memorias de Brandt y de algunos dirigentes de la política exterior norteamericana lo prueban de una forma indudable”. En TUSELL, Javier. La transición a la democracia, España 1975-1982. Madrid, Espasa Calpe, 2007. Pp. 250.
  5. Los Estados Unidos principalmente “desean la democratización del sistema pero, fieles a su pragmatismo, sin demasiado afán, exigencias ni prisas”. Tras el Tratado de 1976 entre España y Estados Unidos Kissinger recomendaría que “No hagan caso a las exigencias de los europeos más que en aquello que realmente les convenga a ustedes; bastará probablemente para que entren en la Comunidad y luego en la Alianza Atlántica”. En POWELL, Charles: España en…, Pp. 150-151
  6. CARR, Raymond; FUSI, Juan Pablo: España, de la dictadura a la democracia. Barcelona, Planeta, 1979, P. 253.