Del premio Nobel para Lorca

En algunos municipios españoles, secundándose un Manifiesto que solicita el Nobel a título póstumo para nuestro Federico García Lorca, se han presentado mociones con el mismo fin desde Izquierda Unida y Podemos. Se trata de una operación política que tiene la finalidad de apropiarse del poeta granadino como patrimonio de la extrema izquierda, ahondar más la brecha entre las dos Españas, resucitándose una vez más nuestra Guerra Civil, y acosar a la actual monarquía con los “valores republicanos” que presuntamente encarnaba la figura de Federico.

    Ahora bien, la inmortalidad de Lorca está en el corazón de los lectores que se enciende cada vez que les roza su duende con su lírica singularísima y telúrica. El Premio Nobel ha dejado de ser desde hace mucho tiempo un referente de prestigio incontestable. Lorca no es propiedad de ninguna ideología o interés político; esto tendría un significado mezquino y recortaría las alas de oropéndola del propio Lorca. Las únicas banderas que desplegó verdaderamente su genio fueron la creación, la belleza y el arte, junto a su amor infinito al agua y su odio cerval al alcohol, representante del mal. Llama la atención lo poco políticamente plural que es la lista de quienes firman este manifiesto para que se le conceda el Premio Nobel de Literatura a título póstumo al gran Federico. Aparte de los líderes de Podemos y actores de la misma línea política, se encuentra la escritora Rosa Regás, que como Directora de la Biblioteca Nacional bajo Zapatero quiso, además de perder tesoros valiosísimos e insustituibles de bibliografía, arrancar de los jardines de la Biblioteca Nacional las estatuas de San Isidoro de Sevilla y del gran santanderino Marcelino Menéndez y Pelayo, por representar tales sabios un catolicismo apasionado. Ante la presión de la Academia de la Lengua y de todas las Facultades de Humanidades de Madrid y de otras provincias la eximia escritora tuvo que dimitir por sectarismo y las estatuas de los dos grandes sabios siguen ocupando el mismo lugar. Malos escuderos tiene nuestro adorado Federico para encumbrarlo. La muerte del autor de Poeta en Nueva York fue trágica, como todo asesinato, pero igual de trágica de la que tuvieron otros genios del otro bando como el pensador Ramiro de Maeztu o el comediógrafo Pedro Muñoz Seca. Y si quizás fue más trágica fue porque el duende de Lorca siempre nos atrapará como nadie. Pero todos eran grandes creadores que los arrogantes perros de la Guerra se llevaron entre sus sangrientas fauces. Por otro lado, esta moción – sin duda alguna bien intencionada en algunos casos – es chata cuando se pretende aunar la obra lorquiana con los políticamente correcto, al observar en sus heroínas palmarias víctimas del machismo, no interpretando al poeta en la profundidad humanista y de antropología atávica que tiene su obra, en donde los papeles masculinos y femeninos tienen roles propios muy subrayados en que muchas veces lo dominado no es lo femenino.  Leer sin anteojeras obras como Yerma, Bodas de Sangre, Doña Rosita la Soltera o la Zapatera Prodigiosa es suficiente como para entender que Lorca no está haciendo la demopedia barata de lo políticamente correcto de la actualidad. Los genios lo son sólo por el arte que producen, y no por otros motivos circunstanciales.

    Lorca es el prototipo de poeta, y para nada un prototipo político, aunque sí es cierto que fue votante, como tantos otros, de un determinado sector político, como el Frente Popular. Pero sus posiciones políticas no le impidieron a Lorca que dedicase el Gráfico de la Petenera a un falangista amigo como Eugenio Montes, e incluso Thamar y Ammón, el último poema del Romancero Gitano, a otro falangista y dirigente máximo de Falange, junto a José Antonio y Ramiro Ledesma, como Alfonso García-Valdecasas. Todo en la vida es más complejo que aquellos que se empeñan en simplificarla en los frentes irreconciliables del odio. El ideario político de Lorca nunca fue barrera para que éste llegase a ser amigo de los españoles más variopintos, como los hermanos Rosales. Y su vida es una verdadera muestra de que el corazón y la amistad están por encima de los idearios políticos. Del mismo modo que no exigía a nadie que se sometiera a sus ideas, también él rechazaba cualquier atadura, salvo la del corazón. La Oda al Santísimo Sacramento del Altar, maravilloso homenaje a Manuel de Falla, es la del poeta que se entrega a todos en un amor sin distingos artificiales, un amor de esencia de los humano en que todos, izquierdas/derechas, hombres/mujeres, niños/viejos comulgamos. Sirvámonos de un genio español como Lorca para entendernos todos, sin apropiárnoslo ninguno, porque él nos ama a  todos, hasta al ridículo teniente coronel de la Guardia Civil de la Escena de Cuarto de Banderas, cuya alma de tabaco y café con leche sale por la ventana, enamorada de un gitano. Nuestro Federico no necesita para nada el Premio Nobel ( tampoco se lo dieron a Rilke, el otro gran poeta del siglo XX, y de hecho a ningún gran poeta lírico europeo que haya permanecido, salvo Vicente Aleixandre ) , un Premio Nobel cuyo prestigio cada vez es menor, a diferencia de nuestro Premio Princesa de Asturias, cada vez más cotizado entre las Academias, Universidades y Editoriales del mundo. “Quiero dormir un rato,/ un rato, un minuto, un siglo;/ pero que todos sepan que no he muerto;/ que hay un establo de oro en mis labios;/ que soy el pequeño amigo del viento Oeste;/ que soy la sombra inmensa de mis lágrimas.” Las condiciones y situaciones antinaturales que imprime toda guerra enloquecieron a los españoles de los dos bandos, convirtiéndose en fieras y produciéndose atroces asesinatos. Lorca jamás estuvo comprometido públicamente con la propaganda del odio; por eso es muy triste que lo utilicen antilorquianamente los que sí lo están.