Walter Benjamin o la memoria de lo ausente (IV)

Realidad, Tiempo y Sujeto. El Lumpen y la Crítica al Sujeto Ilustrado.

El armazón teórico de la propuesta filosófica benjaminiana está integrado por dos órdenes: el gnoseológico y el político y se articula, como hemos anticipado, sobre la base del concurso de un marxismo en relación con el materialismo histórico y el mesianismo.

Así, en lo que respecta a su teoría del conocimiento, Benjamin postula la existencia de una relación de carácter intrínseco entre este último y el tiempo, de modo tal que el conocimiento de los hechos o presencias se vincula al exclusivo conocimiento de una realidad fáctica regida por un <<tiempo continuo>>, noción frente a la cual Benjamin postulará la existencia de un <<tiempo pleno>> que, en cuanto tal, rescata las ausencias de la historia cobijándolas en lo que para nuestro autor constituye la segunda modulación de la realidad, a saber, la posibilidad, quedando así configurado el rostro bifronte de una realidad que no sólo acoge la presencia de la facticidad sino también la ausencia de lo posible.

De este modo, el pasado contiene lo actual, la Jetztzeit, el ahora que hace estallar el continuo de la historia, a través de la concepción de un tiempo pleno repleto de momentos “actuales” y subversivos. Así, Benjamin postula la cita del pasado como arma revolucionaria, en la que son importantes los conceptos de construcción y ahora.  El presente debe rescatar el ahora del pasado haciendo del origen la meta (Ursprung ist das Ziel, Karl Kraus)

Frente a la concepción historicista cuantitativa del tiempo histórico en tanto acumulación, Benjamin perfila su concepción cualitativa y discontinua del tiempo. Frente al tiempo homogéneo y vacío del progreso, Benjamin opone el tiempo de la memoria, un tiempo de la “rememoración orgánica” que posee llenos y vacíos (la rememoración no es sino la construcción de constelaciones que pongan en relación el presente y el pasado).Dichos momentos arrancados al continuum de la historia son mónadas, principios constructivos de la realidad presente, plenos de totalidad histórica, desvelamientos del absoluto en virtud del encuentro entre un cierto sujeto (el historiador) y un objeto histórico singular. Son estos momentos los que conforman la detención mesiánica del pasado. Así, la historia universal postulada por el historicismo es falsa, mera acumulación de datos, frente al principio constructivo que rige la historiografía materialista. De este modo, la reconstrucción a partir de fragmentos del pasado rompe la lógica del a historia. En definitiva, el objeto de la memoria no es ya un pasado inerte, sino una semilla, abierta a la potencialidad de sus posibilidades.

Benjamin postulará, pues, una realidad conocida por un sujeto que ya no será el sujeto ilustrado racional propio de la Modernidad, sino que se tratará de un sujeto no anestesiado que asume de manera consciente su experiencia de sufrimiento, al tiempo que lucha contra sus causas. Si bien este sujeto está atravesado por la corriente del materialismo histórico, no quiere esto decir que Benjamin esté pensando en la identificación de este sujeto histórico con el proletariado de la lucha de clases, aunque comparte con este último su actitud beligerante frente a la opresión. Es precisamente el lumpen, el sujeto benjaminiano que sufre, lucha y protesta aquel que puede acceder a un conocimiento privilegiado que escapa al alcance del opresor, pues posee la ventaja cognitiva de la experiencia aplicada al conocimiento de la realidad actual.

Por otra parte, las tesis benjaminianas explicitan la existencia de dos modelos de historiador, en correspondencia con las dos modulaciones de historiografía que acabamos de tratar. El primero de ellos es el historiador tradicional positivista, que entiende la historia como historia natural, mero cúmulo de datos. Frente a este modelo, Benjamin opone el del materialista histórico, que entiende la historia en tanto historia viva compuesta de imágenes dialécticas.

El historicista moderno, poseedor de una concepción positivista de la historia se caracteriza por el establecimiento de una relación de Einfühlung [empatía (también traducido como intropatía)] con los vencedores. El origen de dicha empatía descansa en la acedia, que es la melancolía en tanto renuncia al esfuerzo de captación del brillo fugaz de la imagen del pasado. En El origen del drama barroco alemán (1928) Benjamin explica la relación entre la acedia y la Einfühlung. De este modo, la acedia es un sentimiento de nostalgia que conlleva la omnipotencia de la fatalidad y desemboca en la sumisión respecto al status quo imperante, atraído por la solemnidad del cortejo de los poderosos (así, el cortesano barroco halla su equivalente en el historicista moderno).

Benjamin muestra su rechazo a esta concepción historicista y positivista de la historia, cristalizada en la sentencia de Ranke acerca del historiador: a saber, representar el pasado “tal como realmente fue”. Esto no hace sino ratificar la visión de los vencedores. Por contra, el surgimiento de la imagen auténtica del pasado tiene lugar en el instante de peligro para el sujeto histórico, el instante en el que brilla la imagen dialéctica del pasado [1]. El conocimiento es un recordar en el momento de peligro. En este momento el historiador debe probar la presencia de su ánimo (Geistegegenwart) para captar la oportunidad de la salvación (Rettung). Es la memoria, la conciencia de peligro. El peligro consiste tanto en la posibilidad de transformar el pasado cuanto en la de modificar al sujeto histórico actúa. Es necesario traer afuera la tradición para liberarla del conformismo y revitalizar así su dimensión subversiva respecto del orden establecido. En efecto, el concepto de tradición que se ha impuesto es un concepto  asociado al continuismo, a la inamovilidad. Sin embargo, subraya Benjamin, la imagen real de la tradición no es otra que la del discontinuum. Lo que hasta ahora se ha venido llamando tradicional no es otra cosa que la cristalización en ornamentación de todo aquello que en el pasado fue sustantivo. Nada más lejos de la tradición.

Además, el historiador revolucionario es consciente de que la victoria del enemigo amenaza también a los propios muertos mediante la posibilidad de establecer la insignificancia hermenéutica de los mismos, esto es, de relegarlos al olvido. El enemigo que no se ha desasido del triunfo y el propio pasado representa, para el historiador benjaminiano, un cúmulo de derrotas catastróficas. El peligro supremo, el enemigo actual al que en última instancia se refiere Walter Benjamin no es otro que el fascismo.

Adviértase el latir en el fondo de la reflexión benjaminiana de la lucha del “pensador perseguido” frente a la identificación entre lo histórico y lo fáctico. No es el éxito la medida de lo verdadero y lo falso ni la historia el tribunal de la verdad, sino que lo que sólo es mera posibilidad, ese pasado que el presente in potentia y no in actu, es también real. Lo posible, tan real como lo fáctico, ha sido relegado por el punto de vista de los vencedores por la reificación de la cultura oficial detentada por las clases dominantes. El otro lado del espejo es también parte del espejo, aunque en tanto reverso marginal debe ser rescatado del continuo de la historia, un continuo en el que la barbarie se oculta tras el ropaje de la cultura.

En efecto, frente a la actitud contemplativa que caracteriza al historiador tradicional, Benjamín subraya el carácter activo del materialista histórico. El objetivo del materialista histórico es el descubrimiento de la constelación crítica formada por un fragmento determinado del pasado con un momento concreto del presente. Es necesario analizar el pasado en tanto texto y tanto éste último como la realidad se mueven.  La imagen fugaz del pasado debe quedar grabada en el presente. A su vez, dicho presente se representa a través de imágenes dialécticas, que simbolizan la intervención salvadora [rettenden Einfall] de la humanidad y son el encuentro de un sujeto necesitante y un pasado solicitante. En efecto, mediante el carácter dialéctico de la imagen, Benjamin consigue la superación (Aufhebung) de las contradicciones entre pasado, presente, teoría y praxis. El materialista histórico asiste, pues, a una experiencia única con una imagen del pasado: “el ahora de la cognoscibilidad es el instante del despertar” [2]. Esta experiencia está compuesta por momentos vitales atravesados de marginalidad (muerte, dolor, injusticia, etc.). Pero también la experiencia es vivencia histórica

De este modo, el presente se inmoviliza (Stillstand) durante un instante. El materialista histórico rescata las energías explosivo-subversivas del pasado a través de Jetztzeit. El presente debe ser construido a partir del encuentro entre la razón y la realidad: “el buen historiador no sólo tiene que estar provisto de una buena técnica interpretativa del pasado sino también y previamente de una teoría del conocimiento que afecta a toda operación que tenga que ver con la búsqueda de la verdad”. [3]

En definitiva, contemplar la historia gegen den Strich no es sino hacerlo desde el punto de vista de los vencidos. El crítico materialista deberá ahora descubrir el potencial utópico que contienen las obras culturales tradicionales mediante la ruptura del armazón reificado de la cultura oficial.

Por otra parte, Benjamín explica en la tesis XV de sus Tesis sobre la historia cómo debe actuar el sujeto de la historia, un sujeto que debe manifestarse ante los demás y ante sí mismo en el momento de la acción. Las clases revolucionarias son conscientes de que, a través d su acción interrumpen el continuo de la historia. Esta conciencia se manifestaba en la Revolución Francesa mediante el establecimiento de un nuevo calendario. El primer día de este calendario incorpora, empero, todo el tiempo precedente, pues en él se compendia toda la tradición de los oprimidos. Así pues, los calendarios representan un tiempo cargado de heterogeneidad, memoria y actualidad. Por su parte, los días festivos son días de recordación o rememoración (Eingedenken) y expresan también esta conciencia histórica.

No obstante, la tesis XV prosigue con la crítica benjaminiana hacia la concepción homogénea del tiempo. En esta ocasión la temporalidad vacía es identificada con la de los relojes, que representan un tiempo mecánico siempre igual a sí mismo. De este modo, el tiempo del reloj impera en la sociedad industrial/capitalista. No obstante, para Benjamin el tiempo histórico es radicalmente distinto del de los relojes.

La concepción temporal de la propuesta benjaminiana halla su raigambre en la tradición mesiánica judía. En efecto, para los hebreos el tiempo no era vacío, abstracto, lineal sino, antes bien, indisociable de su contenido. En este sentido, la escena de los revolucionarios disparando a los relojes en la revolución de julio de 1830 representa la verdadera conciencia histórica, la que enfrenta el tiempo histórico de la revolución contra el tiempo mecánico del péndulo, gesto de que había acabado el tiempo del a opresión y comenzaba el de la liberación: “ (…) la première journée de combat passée, il advint qu’à l’obscurité tombante, la foule, en différents quartiers de la ville et en même temps, commença à s’en prendre aux horlogues. Un témoin dont la clair voyance pourrait être dûe au hasard des rimes, écrivit: << Qui le croirait. On dit qu’irrités contre l’heure/ De nouveaux Josués, au pied de chaque tour, / Tiraient sur les cadrans pour arrêter le jour>>”. En definitiva, “se trata a la vez de una interrupción mesiánica y revolucionaria del rumbo catastrófico del mundo”.

 

[1] La fotografía es la instantánea, célula básica del cine, que hace referencia al tiempo discontinuo: así, la estructura dialéctica de la película se basa en imágenes discontinuas que se disuelven en una secuencia continua. Gracias a la intervención de la máquina, se priva al instante de su carácter ilusorio: la fotografía permite albergar sueños de eternidad a través de la inmortalización del instante. Así, el cine culmina la figura más acabada el proceso dialéctico, una negación que se torna constructiva en el término “Aufhebung” (superación como abolición).Para Benjamin el cine representa toda la vanguardia de una cultura que el proletariado habrá de revitalizar y apropiarse de ella.
[2] Benjamin, Walter. Libro de los pasajes. Madrid, Akal D.L., 2005 (p.488).
[3] Löwy, M. Op.cit., p.255.
[4] Buen ejemplo de ello, como señala Michael Löwy (Íbidem, pp.144-145) es el calendario judío. Así, en el mismo, los días feriados están consagrados a la rememoración de acontecimientos redentores: la salida de Egipto (Pésaj), la rebelión de los Macabeos (Hanuká), el salvamento de los exiliados en Persia (Purim), etc.
[5] Mate, R. Op.cit., p.238
[6] Löwy, M. Op.cit., p.147.