Educación o desfachatez

Retrato del sistema de selección del profesorado actual

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Apuntaba Montesquieu en su celebérrima obra El espíritu de las leyes que todo estado moderno, para evitar caer en el despotismo, debía contar con una separación de poderes, en concreto tres: un poder legislativo, uno ejecutivo y otro judicial, tres entes de cuyo equilibrio e independencia dependería y garantizaría la vida en libertad de toda la población contenida en una nación, sin embargo, existe un cuarto poder, quizás más poderoso que los tres mencionados anteriormente, un poder que hasta la fecha ha sido subyugado y enclaustrado dentro de un sistema político, usándolo este como arma esencial en la configuración de la sociedad, ese cuarto poder es la educación.

El tema de la educación es demasiado inmenso y aborda infinidad de ramas, hoy en concreto me centraré en el sistema de selección del profesorado público, un procedimiento totalmente politizado, como lo es la educación en general dentro de este régimen oligopólico y elitista, que no se centra en la elección de los mejores y más capacitados profesionales para llevar a cabo la docencia, sino que prima, gracias a los sindicatos politizados también y principales culpables de este método selectivo junto con los gobiernos de las comunidades y el gobierno central, el tiempo de servicio u otros elementos variopintos de una naturaleza subjetiva más que cuestionable.

Ni que decir tiene que todo lo que voy a exponer a continuación no es más que fruto de la vivencia y el conocimiento en las propias carnes de un humilde servidor tras varios años sufriendo tan descabellada tortura propia de la mente más enferma, una mala broma que se salda a un gran precio, en primera instancia personal y en última social, ya que este quizás sea uno de los principales núcleos corruptores de la educación pública.

Ya en nuestra querida constitución vigente, en concreto en su artículo 23, se enuncia de una manera clara y tajante que todo acceso a un puesto de funcionario ha de regirse bajo los principios de igualdad, mérito y capacidad, pues bien, aquí se mezclan churras con merinas y resulta que lo primero en ser violado, ya que las oposiciones de educación no son solo oposiciones sino también concurso, es esa igualdad, creando así una más que notoria diferencia entre aspirantes con y sin tiempo de servicio. Pero a estas alturas a quién le extraña, la actual constitución, hecha a puerta cerrada por cuatro traidores, no es más que un simple adorno, un papel mojado al que recurren los políticos para presumir de nuestra exquisita y pulcra democracia.

Esta posición desigual de partida entre unos aspirantes y otros provoca que una persona con un mero 5 en su calificación, pero con 15 puntos en el concurso ya tenga la plaza asegurada, mientras que alguien con un notable o sobresaliente, pero sin puntos en el concurso se quede fuera. No importa si eres bueno en tu materia, si sabes o no, tampoco se puede valorar si realizarás bien o no tu trabajo, simplemente con entrar alguna vez a trabajar ya estarás en las próximas oposiciones cinco kilómetros por delante antes de que den el pistoletazo de salida, así es imposible perder, ¿verdad?

Esto como ya imaginaréis invalida completamente el sistema de acceso, moral y estructuralmente, será legal, pero es un completo fraude que favorece extremadamente a los interinos o personal con servicio y que deja totalmente vendidos a aquellos aspirantes, muchos excelentes, que no tienen la suerte de contar con el mismo.

De este problema son responsables directos los sindicatos de educación que son los que realmente tienen el poder de influencia sobre la administración, y los que no dejan de favorecer cada año más a los interinos, dejando en la estacada al resto de aspirantes, las personas que no están en las listas y que no poseen tiempo de servicio no existen, no son rentables, podríamos concretar.

¿Cómo podría solucionarse este hecho para garantizar una igualdad real en el sistema de selección? Excluyendo a los interinos del mismo.

Un interino, es una persona que ya aprobó las oposiciones en su día pero que por falta de plazas de trabajo no pudo obtener una, pero ya aprobó, por tanto, no necesita en ningún caso volver a aprobar lo que ya ha aprobado, sí, sé que suena ridículo, pero es que lo es, es completamente absurdo. De esta forma, bastaría simplemente con reservar un número determinado de plazas para aquellos interinos con mayor índice de puntos, desterrando definitivamente así esa fase de “concurso” que tira por tierra todo el sistema selectivo desde su inicio. Esta idea no es descabellada, puesto que al igual que se reservan plazas para maestros, que quieran ascender en el funcionariado a un rango superior, así como también para las personas con discapacidad, igualmente podrían reservarse un número para aquellos que ya aprobaron en su día las oposiciones y que ni tienen necesidad de aprobarlas más, ni tampoco de quebrar el principio de igualdad y dejar en la calle a los aspirantes libres tirando por tierra todos sus años de estudio y esfuerzo. Obviamente, uno de los factores que imposibilita este hecho es que a la administración no le conviene hacer fijo al personal docente ya que eso supondría un mayor gasto en educación, y claramente prefieren dedicarlo a otros asuntos que no nos competen hoy aquí.

Pues bien, aunque alguno ya creáis que todo lo citado anteriormente es grave, en realidad es solo el inicio, ahora es cuando empezaré a centrarme en la naturaleza de las pruebas en sí.

Para empezar, tanto la primera prueba escrita, la cual consta de dos exámenes, uno enfocado supuestamente a demostrar tus capacidades técnicas sobre la materia a desarrollar, y otro en las conceptuales, como la segunda de tipo oral, la cual posee otros dos exámenes más y va enfocada más al plano “educativo”, por llamarlo de alguna manera, están mal planteadas de raíz.

En mi caso, este año me he vuelto a presentar por la especialidad de “lengua castellana y literatura”, que no entraré aquí en la corrección de este título, y puedo asegurar que los requisitos exigidos y el contenido a desarrollar, dos comentarios de texto íntegros más un tema desarrollado con profundidad, no se adaptan al tiempo dado, cuatro horas y media, excesivo pero insuficiente e igualmente ocurre con la prueba oral.

¿Qué significa esto? Pues que, a modo de ejemplo, le piden al aspirante hacer la Capilla Sixtina en media hora, obviamente hasta el bueno de Miguel Ángel lo tendría complicado.

¿Cómo podría solventarse? Simplemente reduciendo el contenido de los mismos y adaptándolos al tiempo dado, descarto la idea de aumentar aún más este ya que el actual de por sí convierte a las pruebas, sobretodo la escrita, en una tortura física y mental a todos los niveles, porque sí, el opositor paga a la administración para ser torturado.

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Por otro lado, está el factor suerte, algo que no debería de existir dentro de un sistema de selección o al menos procurar un índice mínimo de influencia. La suerte incide en los sorteos de los temas para desarrollar, nadie en su sano juicio puede memorizar más de 70 temas a la perfección, en los miembros de cada tribunal, en la corrección y obviamente en la calificación, hecho totalmente subjetivo al que también me referiré.

¿Soluciones? Fácil, un examen tipo test de conocimientos generales de todo el temario junto a la prueba de carácter técnico, eso reduciría en buena medida el factor suerte, así como el subjetivismo empleado a la hora de calificar, también el tiempo de corrección que es muy limitado y serviría para ver con mayor claridad quiénes poseen de verdad conocimiento sobre la materia y quiénes no.

Como ya he mencionado, ligado al tema del factor suerte tenemos el de la subjetividad, unas oposiciones deberían de garantizar la mayor objetividad posible a la hora de calificar las pruebas, pero más lejos de la realidad esto no se cumple, todo se reduce en un mero formalismo que al final queda en nada. El tribunal, escudándose en unos criterios absurdos de calificación dados por la administración, que puntúan más aspectos estilísticos y superficiales que conceptuales, pone las notas según se le antoja, notas la mayoría sin sentido alguno, repletas de decimales invisibles a los ojos de cualquier mortal; pero ligado a todo esto, aún existe otro hecho aún más grave y que para mí, junto con todo lo anterior, invalida plenamente este sistema selectivo, se trata ni más ni menos que del oscurantismo u opacidad, llámenlo ustedes como mejor crean.

El sistema de oposiciones actual se rige por la siguiente ley natural, el opositor hace su examen, el tribunal califica su examen, el opositor jamás vuelve a ver su examen.

Las notas impuestas por el tribunal son mandato divino, irrevocables e incuestionables, además, el aspirante no puede en ningún momento exigir una revisión de su examen, una vez entregado este jamás lo vuelve a ver, no existen pruebas del crimen. Esto es gravísimo ya que el tribunal goza de un poder absoluto y de naturaleza plenamente subjetiva para suspender, aprobar, o poner la nota que más le convenga a una persona sin que nadie le rechiste, sin justificar absolutamente nada, si tienes un 4,9999 literalmente te jodes, y perdonad por la expresión, otro año será.

Y, por último, ya que no quiero extenderme más, quedaría por aludir la existencia casi endémica de un índice menor, pero existente, de casos de enchufismo y de nepotismo; sin ir más lejos, y a modo de experiencia reciente, este año en mi muy amado tribunal, el cual ha suspendido a diestro y a siniestro poniendo notas arbitrarias de todo tipo cargadas de infames decimales, ha habido una elegida la cual “oh, milagro divino” ha sido bendecida con 10 y 10 en su calificación de la prueba oral, sin contar con miembros del tribunal que eran conocidos o amigos de algunos aspirantes, casos que escuecen a los ojos del resto y que no se privan en disimular, porque el tribunal es dios y su palabra es ley, y si pasa algo se lavan las manos como Pilatos y a Matalascañas de vacaciones, bravo.

En definitiva, he intentado realizar un buen retrato de este sistema que incide de manera directa en la educación, que deja ser docente a cualquier tipo de persona y que goza por engalanar la desigualdad, la opacidad, la subjetividad, el nepotismo y la suerte; además he aportado alguna solución o enmienda que podría mejorarlo, sin embargo, sigo creyendo firmemente en la eliminación del mismo y en la implantación de un sistema de contratación estatal independiente que seleccione solo y exclusivamente a aquellos que de manera vocacional y debido a sus amplios conocimientos en la materia a enseñar demuestren que pueden desenvolver perfectamente ese trabajo, pero para ello primero necesitamos una verdadera democracia libre de partidos y representativa, con una clara separación de poderes, legislativo, ejecutivo, judicial y educativo, hasta entonces, si os preguntáis por qué la educación pública española está como está, aquí tenéis una de sus principales razones.