Lo inefable y el arte

Bien. ¡Superen eso!” 

Bernini

El día 1 de junio de 1310, el cuerpo vivo de una magnífica mujer, Margarita Porete, ardía en la Place de Grève de París. Junto a ella todos los ejemplares de su manuscrito que pudieron ser encontrados por el inquisidor. Era un libro sobre la experiencia mística que llevaba inscrita su sentencia de muerte. Se pensó que todas sus copias habían ardido con ella, pero seiscientos años después de aquél suplicio, en 1927, vio la luz su manuscrito impreso. Se titula “El espejo de las almas simples”. Trata de algo que no admite ser transmitido mediante palabras, algo inefable. Su experiencia mística que describe así:

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“Ciertamente eso lo sabe aquél al que Dios le dio entendimiento y ningún otro, pues las Escrituras no lo enseñan; ni sentido humano, ni el esfuerzo de las criaturas logra comprenderlo… la criatura es arrebatada por la plenitud del conocimiento y no queda nada en su entendimiento”.

Explicaba que el alma se vacía, se anonada, y se transforma en superficie limpia para reflejar y engendrar en ella lo divino. El camino sigue un curso establecido:  “Desde las virtudes se cae en el Amor y desde el Amor se cae en la Nada”.  En este estado el alma se convierte en un espejo: “Ahora el Alma es nula, pues ve su nada que la anula y la reduce a nada”. En ese espejo el alma no se ve, ni ve a Dios, sino que “Dios se ve en ella”. Describe la experiencia como un relámpago que rapta al alma durante un instante.

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La propia Santa Teresa de Ávila, dos siglos y medio después, intentó describir el arrobo del éxtasis en el prólogo de su “Libro de la vida”: un ángel con el rostro encendido, armado con un dardo de oro con la punta ardiendo, le atravesaba el corazón y hurgaba con él en sus entrañas, de tal manera, que al extraerlo se las llevaba consigo.

A pesar de su excelente pluma Santa Teresa, no pudo transmitir con palabras el arrobo que experimentaba. Bernini, en 1652, se propuso expresar en el mármol lo que es imposible expresar con palabras.

Llamó a la obra “La transverberación de Santa Teresa” porque expresó la reacción de un cuerpo atravesado por una pasión violenta e incontrolable. Cuando terminó, contemplando su obra dijo: “Bien. Superen eso”.

Había conseguido expresar lo inefable mezclando belleza, pasión, erotismo, arrobo y ternura.

En su libro “Las moradas” Teresa de Ávila hace una descripción del camino al éxtasis místico que recuerda a la exposición de Margarita Porete.

En oriente, trataron de expresar lo inefable con las herramientas propias de su cultura. Así reza el sutra del corazón:

“No hay forma, ni sensación, ni conocimiento, ni voluntad, ni conciencia; no hay ojo, ni oído, ni nariz, ni lengua, ni cuerpo, ni mente; no hay forma visible, ni sonido, ni olor, ni gusto, ni tacto, ni objetos en la mente; no hay elementos visuales hasta que no haya elementos mentales, ni elementos de la conciencia mental. No hay ignorancia, ni extinción de la ignorancia, ni envejecimiento, ni muerte, ni extinción del envejecimiento ni de la muerte; por tanto, no existe el sufrimiento, ni su causa, ni su cesación, ni camino, ni sabiduría, ni logro, ni ausencia de logro".

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Ibn el Arabi, el genial murciano sufí del siglo XIII (o almeriense que los grandes nacen, como Homero, en siete ciudades), criticó la creencia sufí del "fana el fanâ´i " o extinción de la extinción. No se puede extinguir lo que no existe, decía, y por tanto tampoco se puede extinguir la extinción. Su oración era ésta:

"No hay antes ni después; ni alto ni bajo; ni cerca ni lejos; ni cómo, ni qué; ni dónde, ni estado, ni sucesión de instantes, ni tiempo, ni espacio, ni ser".

En todas las culturas han existido personas extraordinarias, que han buscado el conocimiento en el vacío de la mente y en el desapego de las pasiones mundanas. Se produce entonces la extinción de la individualidad. El individuo deja de serlo, pierde su identidad, deja de existir, se extingue. Cuando lo logra, experimenta algo extraño y maravilloso: la conciencia del universo que se contempla a sí mismo.

Malevich, quiso ahondar en la experiencia mística.  Para él “El color es la tecla. El ojo es el martillo. El alma es el piano. El artista es la mano que, con una u otra tecla hace vibrar el espíritu del ser humano".

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El resultado de su concepción del color y de la mística, concibió esta obra, sin elementos visuales, sin forma, sin fondo, sin qué, ni cómo… según sus palabras, buscó ahondar en la infinitud de la nada, y trató de expresarlo con su arte. Prescinde de la belleza y concibe una pintura al óleo de la séptima morada, de las almas simples reflejadas en un espejo, de la oración del corazón. El artista hace vibrar al espíritu humano al son de un concierto de una sola nota: “Cuadro blanco, sobre fondo blanco” de 1918.  

Es preciso otro Bernini si se pretende superar la belleza de su transverberación. Pero si hemos de juzgar solo la expresión de lo inefable dejando a un lado la belleza: ¿Consiguió Malevich superar a Bernini?.