Walter Benjamin o la memoria de lo ausente (III)

Reflexión sobre la Crítica Moderna de la Religión

Benjamin comienza sus Tesis sobre el concepto de la historia con una revisión acerca de la crítica moderna de la religión. Dicha reflexión le permitirá explicitar los dos elementos fundamentales sobre los que se apoya su constructo teórico, a saber: el materialismo histórico y la teología. De este modo, la  Tesis I versa acerca de la paradójica asociación entre el materialismo histórico y la teología: “Sabido es que debe de haber existido un autómata construido de tal suerte que era capaz de replicar a cada movimiento de un ajedrecista con una jugada contraria que le daba el triunfo en la partida. Un muñeco, trajeado a la turca y con una pipa de narguile en la boca, se sentaba ante el tablero, colocado sobre en una mesa espaciosa. Gracias a un sistema de espejos se creaba la ilusión de que la mesa era transparente por todos los costados. La verdad era que dentro se escondía, sentado, un enano jorobado que era un maestro del ajedrez y que guiaba con unos hilos la mano del muñeco. Una réplica de este artilugio cabe imaginarse en filosofía. Tendrá que ganar siempre el muñeco que llamamos <<materialismo histórico>>. Puede desafiar sin problemas a cualquiera siempre y cuando tome a su servicio a la teología que, como hoy sabemos, es enana y fea, y no está, por lo demás, como para dejarse ver por nadie”.[1]

En primer lugar, cabe subrayar la identificación entre el materialismo histórico y el autómata, así como entre el enano y la teología. Pero, ¿Quién designa como materialismo histórico a este muñeco? Sin duda a las principales voces del marxismo en la época benjaminiana, que es tanto como decir, los ideólogos de la Segunda y la Tercera Internacional.

La asignación benjaminiana de un carácter de autómata al materialismo histórico no hace sino señalar críticamente el mecanicismo de dicho materialismo, en virtud del cual el desarrollo de las fuerzas productivas, el progreso económico y las leyes de la historia desembocan indefectiblemente en la crisis del capitalismo y la consecuente victoria del proletariado (según el comunismo)  o las reformas que habrán de transformar progresivamente la sociedad (según la socialdemocracia). No obstante, el muñeco per se es incapaz de “ganar la partida” [2](precisará, además, del concurso de la teología), expresión con la que Benjamin parece referirse tanto a la correcta interpretación de la historia (que incluye la lucha contra la visión de la historia instaurada por los vencedores) y la victoria sobre el enemigo histórico, que en ese momento no es otro que el fascismo, en tanto régimen dominante en 1940.

En el análisis benjaminiano ambas interpretaciones acerca de la “victoria de la partida” están engarzadas en la vinculación entre teoría y práctica: la correcta interpretación de la historia es condición necesaria, mas no suficiente para la lucha frente al fascismo. Además, será necesario, como se ha dicho supra, la concurrencia de la teología: el enano oculto en la máquina. Aquí el enano representa lo espiritual (Geistlich) que rige a lo corporal (Körperlich), el materialismo histórico mecanicista. Precisamente esta concepción del enano giboso en tanto alma (Seele) o spiritus rector es un tema recurrente en la literatura romántica.  Sin embargo, en una época surcada por el racionalismo y el escepticismo dicha teología debe ocultarse en el interior del materialismo histórico.

Llegados a este punto es momento de precisar lo que signifique para Benjamin el concepto de teología.  A este respecto es menester advertir la relevancia de dos conceptos clave a los que remite la teología benjaminiana, a saber: rememoración (Eingedenken) y redención mesiánica (Erlösung). Ambas nociones serán fundamentales para la comprensión de lo que sea la historia para Benjamin.

Pues bien, ¿Cuál es la relación entre la teología y el materialismo histórico? Se trata, ante todo, de una relación paradójica, pues en la Tesis I puede apreciarse, por un lado, como el enano (la teología) es el espíritu que dirige al materialismo histórico en tanto instrumento, si bien al final de la tesis se afirma que el enano está finalmente “al servicio “del autómata (materialismo histórico). Una posible salida a este carácter paradójico de la relación entre teología y materialismo histórico podríamos hallarla en la hipótesis de que ambos se necesitan mutuamente para “ganar la partida”: hay entre la teología y el materialismo histórico una relación  dialéctica.

De este modo, la filosofía deja de ser ancilla theologiae para ponerse al servicio de la lucha de los oprimidos, activando espiritualmente al materialismo histórico. En definitiva, lo que Benjamin explicita en la primera de sus tesis no es sino la necesidad de rescatar al judaísmo y al marxismo en tanto fuentes de conocimiento y esto a pesar de las críticas que la propia religión había venido recibiendo tanto por parte de la Ilustración como del propio marxismo.

Asimismo, la interpretación heterodoxa que Benjamin desarrolla al respecto del materialismo histórico y la teología halla su razón de ser en las influencias de las que bebe nuestro autor. En primer lugar, su interpretación del materialismo histórico se debe a su lectura previa de autores como Karl Korsch o Georg Lukács. Del marxismo interesa captar el sentido práctico de su verdad, una verdad entendida en tanto justicia. Es así como el marxismo vincula el conocimiento al interés: el conocimiento verdadero será aquél que cumpla con el interés general, esto es, equivale a la negación de la injusticia.

No obstante, cabe advertir que el entrecomillamiento del “materialismo histórico” se debe a la interpretación heterodoxa llevada a cabo por Benjamin acerca del mismo. Así, el sujeto de la historia desde el que se parte para la comprensión de la realidad y su posibilidad de transformación ya no es, como sostenía Marx, el proletariado, sino antes bien, el lumpen, sin que esto suponga por parte de Benjamin el abandono de la reflexión acerca de la lucha de clases, pues este constituirá un leitmotiv en el decurso de su obra.

Por otro lado, su elección de la teología se debe a la capacidad propia de la religión de atender al conjunto de la experiencia humana. [3] El filósofo tiene como misión rastrear en el lenguaje las cicatrices de la historia, palabras que son sedimentos que la vida del hombre y del mundo ha depositado en el decurso de la historia. El filósofo recoge desperdicios en los que reconoce cierto valor teórico, en tanto momentos fundentes del análisis teórico. Además, la teología le permite a Benjamin abordar desde un punto de vista más natural temas por los que el discurso filosófico de la modernidad pasa de lado, por ejemplo, la muerte. Así, a través del análisis benjaminiano de la redención se muestra que aquello que fue olvidado por la razón ilustrada [4], ese olvido/muerte, en definitiva, la interpretación hermenéutica por parte de los vencedores acerca del pasado, no es sino un instrumento político de poder de los vivos sobre los muertos. De este modo, si el conocimiento aspira a ser verdadero habrá de tener en cuenta toda la realidad, tanto la manifiesta como la oculta, por lo que habrá necesariamente de ser redentor, reconociendo a las víctimas su legítimo derecho a la felicidad. Para ello, el filósofo habrá de trabajar una teoría de la memoria capaz de respetar la fuerza reivindicativa de los muertos. En este sentido, la mirada mesiánica posibilita la visión de la miseria del presente o del pasado en tanto sacrilegio sobre el derecho a la felicidad.

 

[1] Mate, Reyes. Medianoche en la historia: comentarios a las tesis de Walter Benjamin <<Sobre el concepto de la historia>>. Madrid, Trotta D.L., 2006. (p.49).

[2] La interpretación acerca de la vinculación postulada por Benjamín entre la teología y el materialismo histórico ha ocupado un lugar central en el debate filosófico a partir de la década de 1950. Así, siguiendo a Michael Löwy (Cf. Löwy, M. Op.cit., pp.41-54) podemos distinguir tres grandes escuelas de interpretación de esta tesis: la escuela materialista (Benjamin es un materialista consecuente cuyas interpretaciones teológicas deben ser entendidas en tanto metáforas. Esta es la posición que defiende Brecht en su Diario), la escuela teológica (Benjamin es, fundamentalmente, un pensador mesiánico que únicamente se sirve del materialismo histórico en tanto terminología. He aquí la postura defendida por su amigo G. Scholem) y la escuela de la contradicción (Benjamin fracasa en su intento de hacer compatibles el marxismo y la teología judía, pues son ciertamente incompatibles. Esta sería la postura defendida por J. Habermas y R.Tiedemann).  M. Löwy defiende una cuarta teoría, a saber: la que se refiere a la compatibilidad entre el marxismo y la teología.


[3] En efecto, Kant había postulado un conocimiento ideal sobre la base de las condiciones de la mente que hacen posible la experiencia sensible. Así, lo que se conocen del mundo son los fenómenos, no las esencias (la identida interior del objeto en sí). La ciencia está así separada de la metafísica. Así, al señalar como única forma de conocimiento objetivo posible el conocimiento de las apariencias de los objetos empíricos Kant subordina la experiencia ética y religiosa a la experiencia sensible.  Benjamin criticará este carácter reduccionista que le es concedido al dominio de la experiencia sensible en el contexto de la modernidad. Así, frente al triunfo de la razón instrumental y del carácter pragmático que habían vaciado de sentido a la experiencia, Benjamin postula una experiencia única de ese pasado que ilumina al tiempo presente de todo ese pasado.

[4] Marx llevará a cabo un análisis político de la religión según el cual la clave de la religión reside en la existencia política que le permite el Estado burgués, el cual, a pesar de haber nacido como negación del Estado confesional reproduce en realidad el mecanismo de la esencia religiosa. Marx añadirá a esta interpretación un punto de vista económico según el cual la religión, además de ser un sistema de creencias es también la parte fetichista de la mercancía capitalista. Por su parte, Benjamín abordará el tema de la religión en la razonabilidad desde una perspectiva crítica con la ilustración y el marxismo. En efecto, la primera constatación del fracaso del programa ilustrado corría a cargo de Max Weber: la Modernidad no ha expulsado el mito, de tal manera que tenemos, por un lado, el monomito (monoteísmo, macrorrelatos hisóricos; el monomito se identifica con el bien y la verdad y excluye lo ajeno) y, por otro, los mitos en plural (politeísmo de los valores; dicha pluralidad garantiza la división de poderes y, en consecuencia, al libertad). Esta instalación del polimitismo entroniza el tiempo continuo y rechaza el concepto de culpa: el hombre no es responsable del sufrimiento en el mundo. Sin embargo, para Benjamin el hombre no ha de renunciar a esa responsabilidad sino que, a través de la mirada mesiánica ha de interpretar la miseria del presente o del pasado como un atentado inaceptable al derecho a la felicidad.