Crónica de un disidente bachiller

Estamos en mayo, ¿el mes de las flores a María? Será para un niño que reciba su Primera Comunión ¡Bendita inocencia! Para un muchacho que cursa Segundo de Bachillerato el mes de mayo es preludio del inicio de una nueva etapa en su vida académica. Padeces de estrés, de insomnio, de desesperación… o por el contrario de alivio, tranquilidad y éxito.

El escritor irlandés Bernard Shaw llegó a decir: “mi educación terminó cuando me llevaron a la escuela”. Hoy algunos Torquemadas al servicio de la corrección política se le echarían encima con algún tweet en forma de repulsa así como haciendo uso de la “libertad de insulto” disfrazada de “libertad de expresión”. Aún con todo, Shaw fue galardonado, ni más ni menos, que con el Premio Nobel de Literatura en 1925.

Ustedes pensarán que soy la contradicción con patas, y están en su derecho, pero les explicaré un poco mi vida. Mi padre lleva ejerciendo la docencia más de veinte años. Jamás pisé una guardería. Mis padres decidieron llevarme al colegio, desde que era una criaturita, donde he pasado los mejores momentos de mi vida, si bien es cierto que era un centro en el que no había meros profesores, había maestros. No obstante, cuando vas creciendo y en ti se gesta un sentimiento de rebeldía preadolescente empiezas a tomar una especie de falsa conciencia social. No sabes muy bien por la causa que luchas. Ese chaval era yo. Así fue mi etapa en la Secundaria. Al acabar cuarto de la ESO, empiezas a elegir un poco tu camino. -¡Que chollo! No volveré a tocar ni la química ni la física- Exclamaba victorioso.

¿Escuchan las carcajadas? Iluso de mí, pensaba que al ir a la rama de Ciencias Sociales, -lo que alguno llama letras- todo esto iba a ser jauja. ¡Mea Culpa! No fue así, pero empecé a reflexionar.

Tras la introducción que les he ofrecido, con relato autobiográfico incluido, me gustaría presentarles al rebaño de alumnos de Bachillerato. Cuando llegué al primer curso, me sentí como cuando te sientas en aquellas escalinatas del Times Square en Nueva York al caer la noche y lo único que ves son carteles de neón con pegadizos eslóganes. Al cruzar el umbral del cambio de pabellón tienes a un instructor, que dice ser tu tutor, imbuyéndote los siguientes mensajes: “la media de bachillerato vale más que la de Selectividad”, “estáis aquí porque queréis”, “sin el título de bachiller no serás ni frutero” y un largo etcétera. Esto casi es anecdótico en comparación a lo que sigue.

Mi disidencia está basada en el encasillamiento al que estamos sometidos bajo la condición de alumnos. El sistema de educación, es decir, el sistema de educastración determina que nuestra felicidad depende de unos resultados académicos. De una nota. De una décima. ¿Dónde está el aprendizaje? ¿Educación o Instrucción? ¿Ciudadanos o Súbditos? ¿Aprender o Aprobar?

Reivindico la figura del maestro. Aquella persona que te enseñaba, que te educaba en valores. Y que te veía como persona y no como alumno.

Soy una oveja negra. Lo sé. Pero busco el conocimiento y no la nota. Quiero ser una persona y no un número. En resumen, quiero ser Libre. Y deseo que mis semejantes también lo sean encontrando su propio camino.