Ley de hierro de la fiscalidad. Impuestos, Estado y Nación [1ª parte]

Ley de hierro de la fiscalidad: “La fiscalidad en España está concebida para recaudar de quienes no pueden evitarlo, no de quienes más pueden aportar. Es un recurso del Estado para someter a la Nación, ya que para las personas comunes mayores impuestos suponen menor libertad, mengua de la consideración de la condición de ciudadanos en favor de la de súbditos/vasallos/pasivos sujetos pasivos tributarios”

Y este es un hecho particularmente significativo en el tramo en el que, satisfechas las necesidades fundamentales, la disposición de recursos de los que hacer libre uso supone un cambio cualitativo de enorme calado en el campo de expectativas que se ofrece a las personas y, en suma, a la consideración de su condición

1.

Frédéric Bastiat dice en La Loi, 1850, que dos anhelos son inherentes a la persona: el 1º disfrutar del mayor bienestar material posible; el 2º hacerlo a cuenta del prójimo siempre que pueda: no parece que tales asertos puedan ponerse en cuestión.

Como tampoco que el poder político lo es en la medida en que se ejerce, en la medida en que se aplica, en la medida en que condiciona mediante la coerción los comportamientos de los más. Si no, no sería poder; de cajón.

Que la Nación, el grupo social asentado en un territorio bien delimitado y dotado de un código de convivencia mejor o peor formulado -estructura legal, aquí-, deba estar muy vigilante ante el Estado, el conjunto de instituciones de los que la Nación se dota para asegurar la práctica de esas pautas de convivencia y que la Nación perdure como tal, es otro axioma.

La política, en su manifestación como dinámica recta -ὀρθο- de la interacción entre Nación y Estado, es la lucha por la conquista y ejercicio del poder dentro de las reglas de juego establecidas por el sistema, por la estructura legal convenida.

Pues bien, establecidas estas premisas puede suceder que la Nación se haya dotado de una estructura legal adecuada o no. Que en la formulación de la misma haya participado responsablemente, o no, porque haya sido sustituida por una parte de sí misma, con usurpación de funciones y responsabilidades, para actuar en su beneficio particular.

Sucede entonces que la Nación, la sociedad civil, se ve arrollada por la sociedad política, el Estado, cuya auto-conservación, no la pervivencia de la Nación, pasa a ser su principal objeto material. Nada mejor para ello que la proliferación de órganos, aparatos y funciones. Este es el caso de nuestro actual sistema legal, el derivado del consenso del 77.

2.

La fiscalidad, la exacción de impuestos, la obtención de los recursos que permitan el funcionamiento de la maquinaria del Estado, es la manifestación paradigmática del ejercicio del poder, de la aplicación de la coerción sobre la Nación, y de la batalla cotidiana que se libra entre esta y aquel.

Un ejemplo. Supongamos que de mis ingresos totales brutos anuales -mi salario sin más- empleo un 45% en el pago de cualquier tipo de impuesto que me afecte. Supongamos un Estado dimensionado con criterios de una mayor austeridad y, en consecuencia, que manifieste una menor voracidad; más concretamente, que precise un 20% menos de recursos para seguir operando con absoluta normalidad. En tal caso mi aportación podría llegar a ser un 20% menor, un 36%. Dispondría de un 9% de mis recursos para emplearlos en lo que decidiera; tendría mayor libertad. Sería posible una realidad con más sociedad civil y menos sociedad política; una realidad de ciudadanos y no de súbditos, o pasivos sujetos pasivos tributarios.

La fiscalidad, pues, es un recurso del Estado para el sometimiento de la Nación.

Así que una reflexión siquiera somera sobre el hecho de la fiscalidad, arroja las siguientes conclusiones:

Primera. El modo en el que se estructura el Estado y su proyección en el concierto de las naciones, determina sus exigencias de financiación, el sistema fiscal de una Nación. Pero el Estado no se formula por sí y a sí mismo en sus orígenes. La formulación que se haga de él, y el campo de posibilidades es ilimitado, determina sus necesidades y las fuentes de las que obtener los recursos precisos.

La posición de la Nación ante el Estado determinará la voracidad de este, que no dejará de manifestarse incesantemente. Si la Nación esta postrada, no concurre, o, simplemente, está en quiebra, el Estado acrecerá aún a costa de dejar exangüe a la Nación que lo sostiene, empujándola al borde mismo de la extinción llegado el caso: si alguien cree que exactamente no es esa nuestra situación presente está en su derecho, como yo en el mío en sostener que eso es así.

Volvamos a La Loi, por si cupieran dudas: “Hay que proclamarlo: hay demasiados grandes hombres en el mundo; demasiados legisladores, organizadores, institutores de sociedades, guías de pueblos, padres de naciones, etc., etc. Demasiadas personas que se colocan por encima de la humanidad para gobernarla, demasiadas personas que hacen profesión de dedicarse a ella” “... Dicen que la sociedad dejada a su suerte corre fatalmente hacia los abismos porque sus instintos son perversos. Pretenden detenerla en esta pendiente e imprimirle una trayectoria mejor. Han recibido en consecuencia del cielo una inteligencia y unas virtudes que los colocan fuera y por encima de la humanidad; que muestren sus títulos. Quieren ser pastores, y que nosotros seamos rebaño. Esta organización presupone en ellos una superioridad natural, de la que tenemos derecho a pedir la demostración previa.”

Segunda. La libertad, considerada aquí como mera capacidad de elegir, de optar, se asienta en dos pilares: el soporte económico y el del saber acumulado, ambos estrechamente interrelacionados. Aplicada de manera recta, es decir, sobre la base de la disposición de un criterio intelectual y moral rectos, que permitan una elección correcta, su disponibilidad se halla en relación directa con la de los recursos económicos.

Sensu contrario, cualquier iniciativa que aboque a una merma de los recursos disponibles libremente por los individuos puede tipificarse como claramente liberticida.

 Se establece con ello un claro criterio de calificación de conductas e iniciativas, que permiten determinar como conductas claramente liberticidas aquellas que abocan a la merma de los recursos de los que poder disponer libremente [una reflexión oportuna acerca de las pulsiones liberticidas que nos acechan se ofrece en [1] .

3.

En su formulación teórica se atribuye al sistema fiscal-y se asume mayoritariamente-, una función correctiva de las desigualdades sociales, una función redistributiva de renta y riqueza, que no deja de ser un señuelo, un calla-bobos, el estafermo distractivo que aleja la mirada de lo esencial.

Es imposible conocer qué grado de disentimiento existe al respecto porque la uniformidad en lo esencial, y la ruidosa discrepancia en lo accidental, es la tónica que marca el debate público en los medios de comunicación, en los que la libertad de expresión se evidencia como la libertad de sus editores para extraviar a la Nación con discursos pueriles y cuando les venga en gana; cualquier discurso discrepante está radicalmente proscrito.

Por si cupiera duda acerca del fondo de la cuestión la proclama de Mika Brzezinski, presentadora de la cadena MSNBC, deja las cosas absolutamente claras: “el trabajo de los medios consiste en controlar exactamente lo que la gente piensa". Mika es hija de Zbigniew Brzezinski, ex asesor de Seguridad Nacional del presidente Jimmy Carter y consejero del presidente Lyndon Johnson. Ver [2]

El hecho impregna a sociedad española, de tradición mayoritaria católica, y desconozco qué tiene que ver con la denominada “Doctrina Social de la Iglesia”, con la que personas de pocos escrúpulos arropan sus discursos. Es preciso considerar que entre las dos grandes ramas del tronco cristiano común, catolicismo y protestantismo, se evidencia una notable y nada sutil diferencia: aquel alienta la igualdad aún a costa del sacrificio de parcelas de libertad, este la ampara aún a sabiendas de las profundas desigualdades que la realidad exhibe.

Independientemente de la eficiencia y el coste de su gestión, que no es descabellado suponerlos bastante baja y alto, respectivamente, convengamos que sería mucho mejor que cada uno de nosotros dispusiera a su albedrío de su cuota parte en lo aportado.

Abundemos en el fondo de la cuestión. Una lectura de la correspondencia de Alexis deTocqueville con Arthur de Gobineau aporta buena luz [“... un hito de la literatura epistolar del S XIX”, dijo de ella D. Luis Díez del Corral en su discurso de Ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Madrid, 1965].

Tocqueville argumenta en torno al cristianismo que denosta Gobineau y a la caridad. Esta virtud, tradicionalmente privada aunque en algún modo regulada durante el AR, pasó a ser con la Revolución una “virtud pública” -instituida, administrada, es decir, corrompida-. Caridad forzada que ahora se denomina solidaridad eufemísticamente.

”...El cristianismo me parece que hizo una revolución o, si lo prefiere mejor, un cambio muy considerable en las ideas relativas a los deberes y derechos, ideas que son, en definitiva, el objeto de cualquier ciencia moral.

... Pero la innovación más notable de los modernos en la moral creo que consiste en el enorme desarrollo y el nuevo aspecto dados en nuestros días a dos ideas que el cristianismo ya había destacado notablemente, a saber: que todos los hombres tienen el mismo derecho a los bienes de este mundo y el deber de auxiliar, de los que más tienen, a los que tienen menos.

... Esta primera innovación ha traído otra: el cristianismo había hecho de la beneficencia o, como él la había llamado, de la caridad, una virtud privada. Hacemos de ella cada vez más un deber social, una obligación política, una virtud pública. El gran número de personas a socorrer, la variedad de necesidades a las que nos sentimos obligados a asistir, la desaparición de grandes individualidades, a las que se podía acudir para lograrlo, han hecho volver todas las miradas hacia los gobiernos. Se le ha impuesto una obligación estricta de reparar algunas desigualdades, de acudir en ayuda de ciertas miserias, de prestar a todos los débiles, a todos los desdichados, un apoyo. Se ha establecido así una especie de moral social y política que los Antiguos sólo conocían muy imperfectamente y que es una combinación de las ideas políticas de la Antigüedad y los conceptos morales del cristianismo”

En su demarcación, la nobleza tenía ciertas obligaciones asistenciales para con los pobres, si bien el pauperismo, en ciertas épocas, alcanzó cotas de una crueldad inconcebible.

Caridad forzada, marcada por el estigma que ya apreció Etienne de la Boëtie, nada menos que tres siglos antes, en su “Discurso de la servidumbre voluntaria”:

“… Los tiranos [de Roma] se mostraban generosos con el cuarto de trigo, el sexto de vino y el sextercio, y movía a la piedad oír gritos de ¡Viva el Rey! Estos necios no se percataban de que no hacían sino recuperar una parte de lo suyo y que esa misma porción el tirano no se la hubiera podido dar si antes no se lo hubiera usurpado. Uno recogía hoy el sestercio, otro se saciaba en el festín público, bendiciendo a Tiberio y Nerón por su generosidad cuando, obligado el día de después a abandonar sus bienes a la codicia, sus hijos a la lujuria, su propia sangre a la crueldad de esos emperadores magníficos, callaba como una piedra y se agitaba lo mismo que un tocón. El populacho siempre ha sido igual: ante los placeres que honestamente no puede alcanzar, se muestra dispuesto y disoluto; ante las penas y quebrantos que honestamente puede sufrir, se muestra insensible.

Pues bien, sirva lo anterior para poner en solfa la validez de tal argumento, máxime cuando la Nación contempla impávida el enorme sumidero de recursos que para la hacienda pública supone la corrupción, que aquí campa a sus anchas, y a la que me refiero a continuación.

Referencias

[1] http://convozqueda.blogspot.com.es/2015/12/12-la-ecuacion-siniestra.html

[2] https://presentadora-msnbc-trabajo-medios-controlar-gente-pensar