Walter Benjamin o la memoria de lo ausente (I)

Esta serie de publicaciones tienen como objetivo el análisis acerca de las tesis expuestas por Walter Benjamin (Berlín, 1892-Port Bou, 1940) en su obra Sobre el concepto de la historia (1940), donde se entrelazan cuestiones de orden epistémico (concepto de realidad y tiempo y crítica al kantianismo y al sujeto ilustrado) y político-religioso (materialismo histórico y mesianismo, atravesados por la noción de redención como justicia).

    El propósito de la presente monografía no es otro que subrayar la importancia de los aspectos gnoseológicos como fundamentos de la teoría histórico-política expuesta por Benjamin en sus Tesis, al tiempo que llevar a cabo un análisis crítico de sus interpretaciones en el contexto de la Teoría Crítica de la Modernidad, ese sueño colectivo del que es necesario despertar.

Walter Benjamin y la Escuela de Frankfurt

La denominación Escuela de Frankfurt es ciertamente impropia, pues en Frankfurt no se dio tanto una Escuela cuanto un instituto de investigación que agrupó a pensadores y sociólogos con una pluralidad temática de reflexiones[1]. Como denominadores comunes entre los miembros de la Escuela de Frankfurt cabe señalar su orientación marxista, un proyecto común al que Horkheimer denominó “filosofía social”, en el texto que a la postre fundaría la teoría crítica, y un destino común, a saber, que todos ellos emigraron o murieron luego de la toma del poder por parte de Hitler, en 1933. Por otro lado, lo que nos impide hablar de una Escuela strictu sensu es la disparidad de sus intereses y, en última instancia, la carencia de una continuidad generacional.

    El surgimiento de la Escuela de Frankfurt obedece a  la necesidad de establecer una reflexión global acerca de los procesos que derivan en la consolidación de la sociedad burguesa-capitalista y el significado que la teoría tiene a partir de tal situación. De este modo, fue puesta en marcha la idea de desarrollar un Instituto en el que los estudios interdisciplinares de carácter marxista y de sesgo científico consiguieran proporcionar una perspectiva adecuada de la sociedad. La filosofía política y la razón atraviesan la totalidad del decurso de la reflexión de los pensadores frankfurtianos. A partir de su crítica de la historia y de la cultura burguesa de la razón, que posteriormente evolucionará en una crítica de la razón, la Escuela de Frankfurt se propone, inserta en un contexto ilustrado, prevenir cualquier tipo de distorsión ideológica. Se trata de una época en la que la verdad y la objetividad del conocimiento son criticadas en pro de la autenticidad de la vivencia humana a la luz del legado de Nietzsche y Kierkegaard y que culmina con el existencialismo postulado por Heidegger. De este modo, la crítica de la Escuela se centra en la reducción formal de la libertad y la igualdad, partiendo de la base del materialismo histórico, así como el enfrentamiento a la cultura de masas.

    En el pensamiento benjaminiano, atravesado por la aspiración de una nueva comprensión acerca de la historia de la humanidad, romanticismo, mesianismo y marxismo confluyen para dar lugar a una reflexión filosófica de gran originalidad, puesta al servicio de un estilo sugerente y fragmentario, al modo de un montaje cinematográfico de imágenes que adquieren nexos de sentido en su discurso ensayístico, Benjamin llevará a cabo grandes aportaciones en el terreno de la filosofía de la historia y de la estética, siempre a la estela de un marcado carácter interdisciplinario que evidencia, por un lado, el rasgo asistemático de su pensamiento, opuesto a todo paradigma y, por otro, el gusto por las figuras marginales, tales como el flâneur, el detective o el dandy, sujetos inadaptados al estilo de vida moderna.

    Nos encontramos aquí con un autor que es en realidad un crítico revolucionario de la idea del progreso, un romántico seguidor del materialismo y un nostálgico del pasado que confía en la redención futura. Así, su Hauptwerk, sus tesis Sobre el concepto de la historia (Über den Begriff der Geschichte, 1940) han de comprenderse a la luz del decurso de su vida y obra. En efecto, estas obras constituyen su testamento intelectual, pues contienen pensamientos de los que dijo que los había “preservado durante veinte años, sí, preservado y disimulándolos hasta a mí mismo[2].

    La matriz de la filosofía de la historia de Benjamin aparece, pues, configurada por el romanticismo alemán, el mesianismo judío y el marxismo.

    El punto de partida de su reflexión no es otro que el romanticismo, forma cultural predominante en la Alemania finisecular del XIX y cuya Weltanschauung consiste en una crítica cultural de la civilización moderna o capitalista, en pro de valores precapitalistas o premodernos. De este modo, se critica la cuantificación y mecanización de la vida, la cosificación de las relaciones sociales, el weberiano desencantamiento del mundo (Entzauberung der Welt), etc. Benjamin postulará un romanticismo revolucionario que no sólo mira con nostalgia al pasado, sino que pretende proyectar también esta mirada hacia un porvenir utópico. Así, Benjamin explicitará en sus obras tempranas su vinculación con las ideas estéticas, teológicas y historiosóficas del romanticismo.

    Por otro lado, el mesianismo ocupa un lugar central en la concepción romántica del tiempo y la historia que Benjamin nos propone. En efecto, Benjamin enfrenta la concepción cualitativa del tiempo infinito (qualitative zeitliche Unendlichkeit), extraída del mesianismo romántico y para la cual la vida, además de ser un proceso de devenir, lo es también de consumación, al tiempo infinitamente vacío (leeren Unendlichkeit der Zeit), propio de la ideología moderna del progreso.

     Pero, ¿qué relación guardan la imagen utópica del reino mesiánico y la de la revolución? Entre la esfera del devenir histórico y el del Mesías, Benjamin establece un vínculo dialéctico en virtud del cual la dinámica de lo profano, i.e., la búsqueda de la felicidad a cargo de una humanidad libre, favorece el advenimiento del Mesías.

    Llegados a este punto, resta por establecer la relación entre este conjunto mesiánico, utópico y romántico, y el materialismo histórico. Será a partir de 1924, luego de descubrir el comunismo y leer la obra Historia y conciencia de clase de Lukács, cuando el marxismo nutrirá su concepción de la historia. Así, el engarce de todos estos elementos es el que otorgará a la reflexión filosófica benjaminiana un puesto entre la heterodoxia marxista[3] y hará de su obra un texto sumamente original y profundo.

    Finalmente, Benjamin desarrollará su visión de la historia, en especial, de los diversos textos del período 1936-1940, en los que cada vez se distancian más el pensamiento de izquierda alemán y europeo y las ilusiones del progreso hegemónicas.

 

 

[1] Cf. López de Lizaga, J.L. Walter Benjamin y los dos paradigmas de la teoría crítica. Revista de Filosofía (2005), Nº3, pags. 11-31.

[2] GS, I, 1226, citado de Witte, B. Walter benjamín:una biografía.Barcelona, Gedisa, 2005. (p.232).

[3] Así, frente al marxismo tradicional, que postulaba la revolución como punto omega necesario al que conducían el progreso económico y técnico, Benjamin interpreta la revolución en tanto interrupción de una evolución histórica que deriva en la catástrofe. Así, reivindica un pesimismo revolucionario al servicio de la emancipación de las clases oprimidas para hacer frente al optimismo sin conciencia propia de los partidos burgueses y la socialdemocracia y fundamentado en la ideología del progreso lineal. De este modo, Benjamín mantiene un pesimismo que es punto de convergencia entre surrealismo y comunismo, al que debemos, entre otras, la premonición de los desastres que era capaz de dar a luz a civilización industrial burguesa en crisis (Shoah).

Carlos Yebra