El legado ideológico de la primera guerra mundial

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El pasado 11 de Noviembre se celebraba el centenario del final de la Primera Guerra Mundial o, mejor dicho, del día del Armisticio, ya que oficialmente la guerra terminó con los tratados posteriores que se sucedieron hasta 1958, cuando Andorra firmó el último tratado de paz con Alemania. Anécdotas a parte, la llamada “Gran Guerra” cambió el mapa de Europa y dejó muchas heridas abiertas y conflictos sin resolver. El propio mariscal Foch, que ejercía el mando supremo de los ejércitos aliados, pronosticó que el tratado de Versalles no pondría un fin definitivo a la guerra, y que la paz solo duraría 20 años. No se equivocó.

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La primera guerra mundial fue absurda y carente de sentido, por lo rocambolesco de su desencadenamiento, por lo desproporcionado de su desarrollo y sobre todo por la falta total de objetivos políticos o militares. Esto creó un enorme problema a los dirigentes de los distintos bandos: Cómo justificar el enorme coste económico y en vidas de la guerra y cómo motivar a unos soldados que se preguntaban constantemente, ¿por qué luchamos? La guerra siempre había tenido objetivos reales y tangibles, pero en 1914 no los había. La necesidad de justificar tanto sufrimiento llevó a los contendientes a una construcción ideológica de supuestos valores elevados por los que se debía luchar o morir, frente a los valores de un enemigo que había que destruir.

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El bando aliado, compuesto principalmente por países liberales e influido por el ingenuo e idealista presidente norteamericano W. Wilson, encontró su justificación en que las ideas liberales de la democracia y la justicia debían defenderse frente al avance a unos imperios Alemán, Austro-Húngaro y Turco, que eran autocráticos, opresores y enemigos de la libertad. Este idealismo liberal llevó también a Wilson a la idea de que debía crearse una entidad supranacional, una asamblea de naciones, para garantizar esa democracia global. Al resultar ganador el bando aliado, estas ideas se aplicaron en occidente, incluyendo la “democratización” de Alemania, pero los aliados no las llevaron más allá de Europa, ni a sus propias colonias.

En el frente Oriental, más complejo, se extendieron principalmente las ideas de la identidad nacional o étnica, sobre todo la de las pequeñas naciones frente al imperio opresor, pero también frente el vecino o el enemigo interno. La del frente oriental fue una guerra entre germanos, eslavos, húngaros, judíos, búlgaros, armenios, turcos, árabes, etc. Pero no se trató éste de un nacionalismo integrador, como el que había dado lugar a la unificación alemana o italiana el siglo anterior, sino una idea de nacionalismo victimista que sólo se sostenía en la oposición y diferencia con el otro, el enemigo ancestral, o el imperio opresor.

Todos estos conflictos fueron alentados también desde fuera, ya que ambos bandos esperaban destruir a su enemigo a través de la revolución, armando, apoyando y organizando a grupos de descontentos, separatistas, o de ideas políticas extremistas. Una de esas maniobras, como el lector seguramente conocerá, llevó al Imperio Alemán a ayudar a Lenin a llegar a Petrogrado, con el objetivo de alentar una revolución bolchevique que debilitara al Imperio Ruso, como ya había hecho Japón en 1905. Pero la revolución triunfó, dando lugar a la URSS y a otro importantísimo legado ideológico de la guerra.

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Por supuesto, la guerra no creó estas ideologías liberales, nacionalistas y revolucionarias, ya existían antes de la guerra. Tampoco fueron estas ideologías las que la provocaron. Sin embargo, acabó convirtiéndose en la primera guerra por supuestos valores ideológicos. La construcción ideológica se hizo por la necesidad humana de racionalizar y la necesidad política de encontrar, primero una justificación a la guerra y una motivación para los soldados y, más tarde, darle sentido a ésta, a la destrucción causada, los millones de soldados y civiles muertos, y culpar de la guerra al enemigo. Esas ideas convertidas en ideología se incrustaron en la mentalidad del siglo XX y se quedaron para seguir influyendo la política mundial, y justificando la guerra, hasta el día hoy.