No votar en una falsa democracia es un acto patriótico

¿Qué es la nación española? ¿Qué es ser un patriota?

Llamo «nación» a la estructura social y cultural que, de generación en generación, se ha organizado de manera estable en un territorio, y se ha identificado como tal por sus propios integrantes y los ajenos a ella. Es una convención de los hombres, pero que no fue diseñada por ninguno.

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La nación es un producto de las circunstancias históricas. Una obra colectiva ciega que, con el correr de los siglos y por tradición convencional en un territorio, se ha ido definiendo e identificando a sí misma como un ente político, diferenciado de otros entes de la misma categoría específica (me refiero a otras naciones).

La intuición comprende esto más rápido que el raciocinio. Esta verdad se experimenta con intensidad al viajar al territorio de otra nación: algo nos dice que andamos en tierra extraña. Viviendo en el extranjero, a la hora de mostrar nuestra identidad ante los demás, es cuando más notamos el verdadero peso que la nación ejerce en nuestro ser.

Las personas hallan en su nación una buena parte de su identidad. Ello porque, como seres gregarios, la historia política y el clima social de cada lugar transmite su ancestral impronta en todo sujeto que crece en su seno. Así, la nación es un eco colectivo, unos esquemas mentales que han contribuido en buena medida a que seas la persona que eres hoy. La nación, donde naces, sencillamente te ha permitido existir. Aunque no te des cuenta, mucho de lo que sabes —y sientes—, lo aprendiste de Ella.

Es digna entonces de altísima reverencia; quien hable sobre Ella debe guardar una prudencia y una veneración propias del sabio que se enfrenta a lo que no conoce, respetuoso ante la Madre insondable que lo nutre.  

La nación ha sido muy mal comprendida. Hay quien la considera una ficción perjudicial, una excusa para volver a los hombres los unos contra los otros. A veces, se dice que la nación es un cruel invento de dominación, un pretexto para asfixiar la Libertad humana. Nada de eso es verdad.

La nación es, precisamente, la potencia libérrima de toda sociedad política. Del mismo modo que la materia es la sustancia natural de la física, la nación es la sustancia inherente de la política. Como espíritu materno, la nación es la materia de la sociedad política. Y del mismo modo que la materia puede ser empleada para un fin noble o uno perverso —sin que eso signifique que la materia sea perversa—, la nación puede ser manipulada para fines ignominiosos. En la historia reciente, la nación —al igual que el átomo— se ha manipulado por los Estados como un arma capaz de desencadenar los crímenes de mayor magnitud.

Poca gente sabe diferenciar entre la nación y el Estado. Estas cuestiones básicas no se enseñan ni en las escuelas ni en las Universidades, cuyos temarios están controlados por el Estado a fin de perpetuar la confusión en las masas dominadas.

Cada nación está compuesta, en su inmensa mayoría, por la gente corriente que crece bajo su influencia; el corazón nacional palpita en el pueblo gobernado. Claro que los gobernantes son parte de la nación, pero es la pequeña parte que domina al resto. De ahí que deba diferenciarse, nítidamente, la nación del Estado: la primera es el conjunto humano, la segunda es la organización jurídica de ese conjunto. Ver [1] . Para entendernos, el Estado son las fuerzas de seguridad, la administración pública, el poder judicial y las instituciones políticas. El Estado es la mano ejecutora, el Leviatán que puede ser cruel o benévolo, en función de la capacidad de la nación para controlarlo y equilibrar su implacable y venenoso poder.  

Así, el verdadero culpable detrás de los males que le suelen imputar a las naciones siempre fue el Estado. ¡Un astuto criminal que se hace pasar por ella! Cuando no hay separación de poderes ni representación, la clase política —entronizada en el Estado— engulle a la nación, se disfraza de la nación; sucede entonces la ruina para la mayoría y el liberticidio. Si la clase política somete a la nación, y no la nación a la clase política, los valores virtuosos (la libertad de la mayoría para materializar su voluntad, controlar el abuso, y gestionar los recursos en interés del colectivo) se invierten.

Por ejemplo: lo vimos cuando el Estado franquista se apropió de la grandiosa historia nacional, los símbolos nacionales, y, en suma, se disfrazó con el patriotismo español, como si los vencidos, la otra mitad, no fuesen españoles. Todavía sufrimos las consecuencias. Lo mismo vimos en la Alemania nacionalsocialista o en la Italia fascista: el Estado apropiándose de la nación, integrando a la nación, como si los Estados fuesen la nación… ¡y cometiendo crímenes en su nombre!

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Este disfraz totalitario y criminógeno persiste a día de hoy en el Estado español. El Régimen del 78, en tanto que fue diseñado y aplicado desde arriba Ver [2] (el Estado), hacia abajo (el pueblo gobernado), mantiene la mentira que identifica al Estado de partidos con nuestra nación. Como si la nación fuese la que hubiese constituido este Régimen, y como si su voluntad estuviese plasmada por los partidos mediante la institución representativa, cuando es justo al contrario: el Estado de partidos manipula al pueblo, lo expolia, y lo más grave, mercadea con la madre patria... Como algo que se pueda partir, y repartir, por los endiosados políticos del Régimen.  

Cuando se identifica a la nación española con el putrefacto Régimen del 78, es normal que algunos quieran dejar de ser españoles, o sientan vergüenza de su tierra. Por eso, aunque al poder político vigente no le interese, debemos diferenciar a la nación del Estado.

El Régimen del 78 es la causa de la fractura, el hastío y el hundimiento nacional porque estamos encadenados frente a los abusos y desmanes de la oligarquía de partidos. No podemos controlar ni revocar a la clase política, en tanto que no existe la democracia representativa, basada en la representación real (esto es, un contrato de mandato revocable, con un mandante y un mandatario perfectamente identificables por distritos pequeños de votantes). Aquí se llama representación a votar cada cuatro años a unas listas de partido, donde el diputado no puede ser controlado ni revocado por el que vota. ¿Es posible hablar de representación cuando el mandatario no conoce a su mandante, y éste no puede controlar ni revocar al mandatario? Es imposible. Vivimos en una absoluta mentira, contraria a las evidencias empíricas y constatables de la ciencia jurídica.

El Régimen del 78 nos engaña: nuestra relación con los partidos no es de representación, sino de sometimiento hacia ellos.

Los diputados están controlados por las cúpulas de los partidos y no por la nación: es decir, el pueblo español es siervo de los partidos del Estado. Si bien la falsa representación es una mentira tan sutil que la mayoría se la ha creído, el resto de prerrogativas que la clase política diseñó para sí misma son tan descaradas e indignantes que, a estas alturas, nadie las niega: los políticos eligen al Gobierno (¿para qué lo van a elegir los españoles en elecciones separadas?), componen a dedo al poder Judicial, dominan los medios de comunicación hegemónicos, y viven holgadamente como una verdadera clase superior. Todo ello financiado con el dinero que nos sustraen, tanto legalmente (mediante un sistema impositivo, clientelar y de despilfarro que los mantiene a ellos y a los suyos sin trabajar), como ilegalmente (con las corruptelas que cada día se van destapando y las que nunca se descubrirán… ¿cuántos millones se habrán llevado ya?).

Si eres un patriota, si amas la tierra de tus padres, no alimentes al sistema político que es la causa de la quiebra nacional. Si la clase superior nos somete desde el trono de las mentiras, y planea trocear nuestra amada nación, ¡todo el pueblo a las armas de la abstención! ¡A las trincheras de la honestidad! ¡Empuñemos los fusiles de la razón empírica! ¡Que los corruptos oigan las balas de los argumentos basados en la representación real por distritos de votantes y la separación de poderes en su origen! ¡A bombardearles con las exigencias de un periodo de Libertad Constituyente!

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La ruptura democrática (cívica y pacífica) supondrá el renacimiento de la nación española en los frescos y fecundos manantiales de la revolución. Las revoluciones fundan nuevas realidades: ¡sólo las revoluciones cambian de verdad las cosas! ¿Cuántos años llevamos escuchando las palabras reforma, regeneración o renovación de boca de los políticos? ¡Corred a votar a Podemos, a Ciudadanos o a Vox! Es la zanahoria delante del burro.

Todos los discursos de los partidos son discursos falsos. Porque todos nacen de una matriz falsa: el Régimen del 78. Si no les votamos nunca más, y tenemos claro cómo la nación puede ser liberada (mediante los métodos específicos de la democracia representativa y la separación de poderes), ¡haremos añicos los lazos de la servidumbre!

REFERENCIAS.

[1] Alf Ross define lo jurídico como aquella facultad humana respaldada por el poder de coacción de un Estado. Y éste se define por Max Weber —con inspiradora sencillez también— como aquella estructura que ejerce el monopolio legal de la violencia sobre un territorio.  

[2] No es ningún secreto que la reforma del franquismo fue pactada a puerta cerrada por camarillas de políticos, y presentada como «democracia» a un pueblo, desinformado y temeroso, que no tenía otra alternativa real que aceptar lo que le diesen. El Régimen del 78 no fue producto de la sociedad civil (los de abajo), sino de la sociedad estatal (los que ya estaban arriba). Naturalmente, el reparto de unos pocos con poder («café para todos») tiene como resultado un régimen oligárquico y blindado.